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Los libros

¿Son humanos los besos de las Kardashian?

  • Hace mucho que Ferrer Lerín dejó de ser un escritor secreto. Solo cabe esperar que quienes lo jalean no le fabriquen ahora un prestigio desmedido
  • Besos humanos reúne 63 textos publicados entre 1962, cuando el autor tenía 20 años, y el 2017; a lo largo, por tanto, de más de cinco décadas

Publicada el 15/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 19/06/2018 a las 13:44
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Besos humanos
Francisco Ferrer Lerín

Selección y epílogo de Ignacio Echevarría
Anagrama

Barcelona
2018
  De nuestro autor podría decirse que forma parte de esa cofradía de escritores del NO que acabaron pasándose al SÍ. En el caso concreto de Ferrer Lerín, al SÍ, SÍ, SÍ.... Esperemos que este nuevo grupo tenga también su propio Vila-Matas. Mientras eso ocurre, centrémonos en el libro que hoy nos ocupa.


Se recogen en él 63 textos (la mayoría no son fragmentos sino textos completos, acabados) publicados entre 1962, cuando el autor tenía 20 años, y el 2017; a lo largo, por tanto, de más de cinco décadas. Proceden de sus libros anteriores, incluido Gingival (2012), su más claro precedente, que el recopilador ignora; de las entradas de su blog; de antologías de su propia obra (la citada o Mansa chatarra, 2014, al cuidado de José Luis Falcó), o ajenas, como la cada vez más reputada de Antonio Beneyto, que data de 1973, y de páginas web y colaboraciones en diarios y revistas, algunos tan prestigiosos como El País o Papeles de Son Armadans. Y a ese respecto, habría que haber consignado al menos que los textos procedentes del blog suelan aparecer con fotografías con las que guardan estrecha relación, que aquí se pierde siempre, lo que no ocurre en el volumen del 2012.

Buena parte son narraciones breves. En ellas reina la elipsis, como el excelente “Corvus Corax”; algunas son microrrelatos (“La casa”, “Configuración del trance”, “Un estilo” o “Un macho de cernícalo que nos salvó la vida”), aunque le pese a algún crítico atravesado, sin que falte tampoco una pieza de microteatro (“Reposición de una obra”), otra gnómica (“Fue feliz”), además de informes, crónicas, textos de tipo memorialístico, sean falsos o reales (“Experiencias cutáneas”), parábolas o reflexiones etimológicas, debidas a los hápax o no. Así ocurre, por ejemplo, en “Reconsideración del paisaje inmediato” o “El muladar”, ambos de tipo memorialístico o cercanos a la crónica, aunque sin componentes ficcionales. En el caso de “Rinola Cornejo y el estrangulador de Boston” tengo la impresión de hallarme ante los mimbres de un relato. Y a pesar de que varios de ellos procedan de sus libros de poesía, no creo que puedan enmarcarse en el terreno de la lírica.

Los relatos suelen estar narrados por un personaje innominado, aunque en “Partida de nacimiento” se identifique como Enrique, quien empieza su relación confesándonos que hoy ha tomado el aperitivo con el poeta Ferrer Lerín, si bien se trata de un Ferrer Lerín nacido diez años después que nuestro autor. Pero en otras ocasiones, entre el narrador y el autor no parece haber distancia alguna, o bien se desdobla en este o en aquel. En cambio, en “Ciento ochenta” el narrador se descubre muerto; y en “Malas sábanas” quien relata es una mujer. Recuérdese, al respecto, que en otro texto titulado “Mirón” se afirma lo siguiente: “El problema del narrador es hacer absolutamente comprensible su narración” (p. 41). Y eso es algo que casi siempre consigue Ferrer Lerín, aunque en “Lisa en el pozo” cueste entender el desenlace, y “Aparición/desaparición de un capitán Mascarade” resulte hermético.

Compone, en general, textos que se situán en los márgenes del realismo, con tendencia a lo anómalo, extravagante o grotesco, de esto último sería un buen ejemplo “Mariety y la armónica”; sin que falte el relato fantástico, que incluso podría tildarse de asqueroso, como en el caso de “Avellanas”. Por su parte, en “Mansa chatarra” no existe apenas hilazón alguna, acercándose el autor al lenguaje automático. Se trata, por tanto, de vidas extrañas (hay una pieza con esa denominación), cuya tendencia a lo extravagante se aprecia también en los nombres de sus protagonistas, que pueden llamarse Longeva (como si se tratara de un personaje de Luis Mateo Díez), el profesor Solapas, Nicolás de Sinsabor, Julián Mamarras, Josep Panotxa o Genoveva Paja, así como en los textos que forman parte de su bestiario, o monstruario, como podría ser “Partos prodigiosos”.

De sumo interés resulta “Jornada laboral de un poeta barcelonés”, una poética atípica en la que nos confiesa que “todo texto ha de tener un sustrato de experiencia personal de cierto riesgo” (p. 159), como se cumple en su caso. Pero, además, comenta que las características constantes de su obra son, barajando temas y nombres propios: cierta “estructuración cinematográfica, literatura galante española, antirregionalismo, antichabacanería, Saint-John Perse, brujería, Joyce, dadaísmo, piratas, Freud, erotismo, Gabriel Miró, Henry Miller, Una saison en enfer, Whitman, y también la fauna silvestre europea, el póquer, las ciudades corrompidas..., y, en general, todo lo que está suficientemente sedimentado” (p. 157).

Otro de los procedimientos a los que recurre a menudo podría tacharse de divagación onírica, tal y como lo encontramos en “La ausente”, donde trabaja con una versión heterodoxa de la clásica paradoja de Chuang Tzu; “La ciudad alejada”, que transcurre fuera del espacio y del tiempo, y “Gontran”, entre otros. En “Un mar de dudas“, texto que no se recoge en esta recopilación, afirma que desde la infancia “los sueños fueron la verdadera vida“. Y en relación con ellos, se ha sentido atraído por su estructura e insólita atmósfera, impulsando sus relatos hacia lo fantástico. Los llama casos, un concepto que estimo poco adecuado al emplearse en los estudios literarios con otro sentido. Los sueños son para él, en suma, un auténtico semillero de historias.

Además, Ferrer Lerín se muestra a menudo insatisfecho con los motivos de la tradición, buscando nuevas perspectivas o soluciones. Así, en “Ciento ochenta”, que tiene todos los componentes propios de los sueños, el narrador protagonista llega solo al fin del mundo en su coche,  aunque luego el vehículo parezca resbalar ladera abajo, con varias personas en su interior, que se despeñan, si bien algunos de los ocupantes, miembros del club de lectura del narrador, van saliendo risueños..., dándose cuenta de que, entre otros, falta él, que muy probablemente acaba de asistir a su propia muerte. En cambio, en “Plazos”, el narrador refiere cómo el protagonista no es que presencie su propio entierro, sino la colocación de la lápida en el nicho que él mismo había adquirido y cuidado con esmero tiempo atrás.

Pero si hay un motivo que se repite de forma obsesiva es la presencia de fantasías sexuales, a menudo descarnadas, brutales o escatológicas, en la que a veces conviven Eros y Tánatos, el placer, la violencia y la muerte. Habría que destacar también el final de “El fracaso” (pp. 11 y 12) y el remate del conjunto del libro, con un texto tan extraordinario como apropiado, “La vida”, en la que el narrador nos presenta la terrorífica visión de futuro de un tal Ferrer Lerín, “el viejo ornitólogo”, quien cree soñar su vejez, decrepitud, agonía y suicidio (p. 162). Este desenlace aparece anticipado en otro microrrelato, “Configuración del trance”, en el que el narrador llega a una ciudad provinciana que ha sido abandonada, como si la acción transcurriera en un cuadro de De Chirico, y una vez que pierde a su madre y a su jovencísima esposa se queda solo, situación que le parece la anticipación de la agonía, de la misma muerte. Pero si tuviera que escoger unas pocas piezas, a las ya comentadas le sumaría “Un macho de cernícalo que nos salvó la vida”. En este se relata con cierta displicencia un trágico accidente que mata a dos de los acompañantes del narrador, entre ellos a su esposa, mientras que él se queda parapléjico. Pero al fin y a la postre sabremos que no se consumó la verdadera desgracia, pues el grito de un cernícalo macho, precisa el narrador su género en dos ocasiones, distrajo al conductor retrasando su incorporación a la carretera en la que, de lo contrario, habrían sido arrollados. Así pues, una historia banal, más propia de una crónica de sucesos, produce una historia distinta debido al tono neutro desde el que narra y con solo invertir el orden de las dos frases que la componen.

Respecto al título del libro, donde parece hablar el autor, podría afirmarse que induce al lector curioso a preguntarse si existen otros besos que no sean los estrictamente humanos. ¿Se besan, acaso, los animales, las aves carroñeras o los bonovos, las plantas, quizá los alienígenas? ¿Pueden tacharse de humanos los besos de las Kardashian? Semejante cuestión debería propiciar una reflexión en el blog del autor. No es Ferrer Lerín un estilista, un virtuoso del idioma, sino más bien un prosista algo desaliñado –es la marca de la casa— que ha sabido adecuar el estilo a la temática e intención de sus textos, en los que nunca falta la ironía y un humor a menudo teñido de negro. Sea como fuere, lo cierto es que estos textos resultan, además, temáticamente inconfundibles, pues a menudo sobre el paisaje que habitan los lobos vemos sobrevolar urracas, buitres o cuervos. Asimismo, el protagonismo que adquieren la ornitología de campo y la bibliofilia, su pasión por las citas, aunque haya reconocido no ser un gran lector, lo situan en la estela de Borges, pero también en la de Cunqueiro y Perucho.

Como se señala con tino en el epílogo, alguno de estos textos está cerca de Ojos, círculos, búhos (1970) y Devoraciones (1976), recogidos en Fábulas (1981), de Luis Goytisolo, o de Amberes (2002), de Roberto Bolaño. E incluso la tercera parte de “La bete de Gévaudan”, un texto fechado en el 2002, aunque publicado en el 2011, no solo recuerda las listas de 2666 (2004), sino que concluye, en el mismo sentido: “Las víctimas fueron, en su mayoría, adolescentes de ambos sexos y mujeres jóvenes” (p. 58).

Hace mucho que Ferrrer Lerín dejó de ser un escritor secreto. Tras 33 años sin publicar, con la llegada del siglo XXI, desde que ve la luz Níquel (2005) y Ciudad propia (2006), una recopilación de su poesía anterior, no han dejado de aparecer a buen ritmo nuevos libros, recibiendo Fámulo (2009) el Premio de la Crítica, en su modalidad de poesía. No creo que sigan pesándole, por tanto, esas leyendas sobre sus aficiones y oficios, que él mismo ha ayudado a fomentar. Solo cabe esperar que quienes lo jalean no le fabriquen ahora un prestigio desmedido, tal y como ya empieza a atisbarse (“es uno de los narradores españoles más jóvenes del momento”, lo que dicho por un escritor y crítico argentino parece más bien una coz al resto de sus compatriotas escritores), sustituyendo unos lugares comunes por otros no menos tópicos.

Ferrer Lerín ha optado por un tipo de relato heterodoxo, minoritario, que no alcanza a tener una aceptación masiva, aunque la publicación de sus textos en Anagrama pueda contribuir a una difusión mayor de su obra. Recuérdese, sin embargo, que varios de sus libros aparecieron antes en Tusquets, sin que que lograra a mi parecer ese objetivo. Su peculiaridad y gracia, digamoslo así, se cifra en que se trata de un autor que cabe degustar en dosis homeopáticas, pero que en su conjunto tampoco decepciona.

A pesar de que él mismo haya comentado que, por fechas y amistades, se siente parte de ese grupo de escritores conocidos como los novísimos, Azúa, Gimferrer y Leopoldo María Panero fueron los que más trató, compuesta por jóvenes rupturistas que demonizaban la poesía social, encarnada para ellos en Celaya; no me parece que llegara a formar parte de ellos, si nos atenemos a los testimonios de sus protagonistas; el más reciente sería el libro de Molina Foix. Analizada hoy la historia, con la tópica pero no por ello menos cierta perspectiva que nos concede el paso del tiempo, quizás el que Castellet y sus asesores decidieran no incluirlo en la célebre antología, haya sido lo que al fin y a la postre terminara salvándolo como escritor.

*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura.
 
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