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Los libros

Testamento literario del exilio republicano

  • Carlos Blanco Aguinaga, más conocido como hispanista que como narrador, abordaba en esta novela las vivencias del exilio republicano a México
  • "Como de mis obsesiones vengo, no puedo sino ir a una de ellas, que es la de la cuestión de la 'vuelta' en la que pensaban todos los exiliados", decía en 1999

María Bueno Martínez
Publicada el 22/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 21/06/2018 a las 16:43
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Viajes de ida (Novela histórica)
Carlos Blanco Aguinaga

Edición de Joseba Buj Corrale y Mario Martín Gijón
Renacimiento

Sevilla
2018
  Alda Blanca, en las palabras preliminares a esta novela inédita de su padre, comenta cómo no ha podido leer sus novelas y  relatos, porque leyendo algunas páginas de la primera novela que escribió: “en ellas me encontré con una niña que hacía travesuras con su amiga Bronwei en una casa un tanto dilapidada en Columbus, Ohio. Al verme ahí descrita con el amor de padre y, más, con la nostalgia de la que había sido nuestra vida en la calle Duncan, me entró una extraña pero poderosa tristeza y le devolví el manuscrito. Nunca volví a leer sus relatos aunque siempre me los daba diciendo que ya  sabía que no los iba a leer pero quería que los tuviera” (pp. 7-8).


Algo parecido le escuché a Raúl Fernández Espinosa, hijo de Raúl Guerra Garrido, sobre las novelas de su padre. La asociación de estos dos escritores no es casual. Carlos  Blanco Aguinaga (Irún, Guipúzcoa, 1926- La Jolla, San Diego, California, 2013), en el mundo cultural español, es más conocido como hispanista y casi desconocido como novelista y poeta. Más allá de sus aportaciones sobre Unamuno, la juventud del 98, Pérez Galdós o Juan Rulfo y, en los últimos años, sus reflexiones sobre el exilio, sobre todo, su nombre está asociado, como coautor, a la Historia social de la literatura española (en lengua castellana), cuya primera edición se publicó en 1978. Y, aunque tuvo críticas muy duras tanto en los medios periodísticos como en los académicos, fue un éxito de ventas y pronto se preparó una segunda edición revisada y ampliada, para lo cual,  durante la primavera y el verano de 1979, consiguió un permiso de su Universidad para trasladarse a Madrid y dedicarse a esta labor, que en su caso, estaba centrada en la narrativa más reciente. Y entre estas novelas estaría el Premio Nadal de 1976, Lectura insólita de “El Capital”, de Raúl Guerra, que se publicaría en 1977, siendo el escritor irundarra uno de los primeros en ocuparse de la misma. Ninguno de los dos textos que yo conozco sobre la narrativa de Raúl Guerra Garrido están recogidos en la bibliografía.

Además del entrañable recuerdo, en el prólogo, a Iñaki Beti, que fue el primer estudioso en acercarse a la labor literaria de Blanco Aguinaga, podría decirse que hay un homenaje involuntario en el apartado de la bibliografía: aparece desdoblado en dos entradas. La primera de ella muy académica (apellido seguido de nombre) y la segunda un poco surrealista (nombre y primer apellido y el segundo apellido como nombre). Y, como sus amigos conocíamos su facilidad para cambiar los nombres en los textos,  estoy segura que le hubiera producido una gran sonrisa.

Para terminar en lo relativo a la edición, aunque en la nota a la misma, los editores expresan: “Hemos considerado conveniente explicar, en nota a pie de página, algunas referencias a personas y acontecimientos históricos del periodo en el que se desarrolla la novela, especialmente las alusiones a escritores del exilio republicano español, aunque hemos renunciado a una anotación exhaustiva para no entorpecer la lectura de la novela. Más aún cuando, en sus novelas editadas en vida, Carlos Blanco Aguinaga prefirió dejar a la pericia del lector dilucidar los referentes reales” (p. 43), echo en falta una, especialmente, y es que hay como un leitmotiv de su exilio en los fragmentos donde aparece Ramón Altares, es decir, el historiador Ramón Iglesia: “De lo que Altares no hablaba, de lo que solo hablaba con su mujer era del disgusto y la decepción que se había llevado al saber que el libro sobre Bernal que tenía casi terminado al empezar la Guerra, su libro, lo había publicado en España un sinvergüenza con el beneplácito de quien había sido su maestro, aquel hombre tan sabio y, al parecer, ecuánime y justo, que se había entregado a Franco y a los suyos. Casi lo de menos era el sinvergüenza; lo grave era el delito de su maestro, Menéndez Pidal, fea traición a todos los tan predicados valores de la honestidad intelectual” (p. 256). Incluso una de sus discípulas recordará este hecho (p. 382).

En 1999, su hija, María-Fernanda Iglesia Lesteiro, nos aclaraba de manera contundente la situación: “Por lo que se refiere a la España de Franco, el Instituto Fernández de Oviedo, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que se atribuyó la herencia de la Sección Hispanoamericana del Centro de Estudios Históricos, editó en 1940 el primer volumen de la edición crítica de la obra, que aparece dirigida por Carlos Pereyra, bajo la dependencia de Ciriaco Pérez Bustamante, quienes utilizaron los trabajos realizados hasta entonces por mi padre. Esta edición salió sin que en ella –siguiendo la política de silenciar la labor de los intelectuales transterrados— se mencionase el nombre de Ramón Iglesia (un republicano, al fin y al cabo, y comunista además, a quienes no se reconocía el derecho a la propiedad intelectual) lo que disgustó a éste profundamente, y le afectó durante toda su vida”. En la edición del segundo volumen, que por diversas causas no se publicó hasta 1982, se utilizó también su trabajo, pero se hizo constar en la portada.

Pero, la estancia madrileña de Blanco Aguinaga será importante también para su futuro como escritor, porque leyendo estas novelas tomará la decisión de escribir la suya, como nos relató en la segunda parte de sus memorias, De mal asiento (2010) y recuerda Alba Blanco en sus palabras preliminares. Aunque la ficción no era algo ajeno a su vida, ya que en su juventud publicó algunos relatos y poemas en la revista Presencia, una de las revistas de la llamada segunda generación del exilio –los que llegaron siendo adolescentes y niños—, de la que formó parte Carlos Blanco.

La novela está dividida en tres partes: la primera lleva como título “Los viajes (Mayo-junio de 1939)”; la segunda, “Tiempo de espera (Verano/otoño de 1939-Otoño/invierno de 1945)” y la tercera, “Últimas noticias”. Las dos primeras están contadas por un narrador masculino, que no se nos revela en ningún momento, y la última, por Paloma Alsúa, la más pequeña del grupo de exiliados que habitan la novela, pasado bastante tiempo del narrado en las otras partes, y cuyo papel es “intentar escribir de manera sencilla algunas cosas que sé o he oído de lo que fue el Futuro de algunos de los personajes cuyas historias se cuentan hasta un final tan abierto por el optimismo en el manuscrito que llegó hace algún tiempo en mis manos. Quiero decir hasta ese final en el que se dice que todos los refugiados creían que su venida a México no había sido sino la parte primera de un viaje de ida y vuelta” (p. 367). Y esta reflexión de Paloma Alsúa me lleva directamente al título. La primera parte del mismo “Viajes de ida”, nos define perfectamente este exilio tan duradero que imposibilitó en la mayoría de los casos el regreso. Pero, en el fondo, como expresaba el filósofo andaluz Adolfo Sánchez Vázquez, “el exiliado descubre con estupor primero, con dolor después, con cierta ironía más tarde, en el momento mismo en que objetivamente ha terminado su exilio, que el tiempo no ha pasado impunemente, y que tanto si vuelve como si no vuelve, jamás dejará de ser un exiliado”. En 1999, Blanco Aguinaga participó en el Congreso Sesenta años después. Las literaturas del exilio republicano de 1939, organizado por GEXEL, en Barcelona, con una intervención titulada “La cuestión de la vuelta en los poetas del exilio mexicano”, donde reflexiona: “Uno sigue dándole vueltas a la misma noria: las cuestiones generales que uno se sabe (o cree saberse) de memoria, las dos, tres cosas que a uno le importan (…) Y como de mis obsesiones vengo, no puedo sino ir a una de ellas, que es la de la cuestión de la 'vuelta' en la que pensaban todos los exiliados, radicalmente al principio y, con los años, cada vez con menos fuerza”. Es este proceso el que nos narrará en la novela.

Sánchez Vázquez fue uno de los pasajeros del Sinaia, el primero de los barcos que transportó exiliados a México. Esta travesía en el Sinaia es la que utiliza Blanco Aguinaga para simbolizar todos esos viajes en la primera parte de la novela. Y serán algunos de estos pasajeros a los que iremos viendo cómo se desenvuelven por la Ciudad de México en la segunda parte: Javier Beltrán Larramendi, Lola Ramos y Antonio Molina, Ramón Altares/ Ramón Iglesia y la familia Alsúa, son los personajes principales de la trama; pero también aparecen Pedro Martos/Pedro Garfías, Miguel Morales/ Emilio Prados y Pepe Albarracín/ José Bergamín y, con sus nombres reales: Juan Rejano, Indalecio Prieto, Eugenio Imaz o Pedro Armillas.

Nos encontramos ante una novela colectiva, donde una de las voces que a mí me parecen más relevantes es la del historiador Ramón Iglesia/ Ramón Altares, sobre todo cuando procede de las notas que tras una tarde de paseo por su nueva ciudad decide escribir: “en forma de diario en las que ha decidido contar (¿explorar?) sus impresiones de esta casi un año que llevan en México” (p. 177). Por ejemplo me gustaría resaltar el siguiente fragmento: “Claro que es verdad que uno siempre lleva consigo los prejuicios de su cultura, y que eso ciega, o puede cegar frente a los prejuicios de otras culturas, de otras maneras de ver la Historia. Sí, claro, eso es verdad. Pero… Pero por eso, Luisa, lo que yo necesitaría ahora es un mundo aséptico, una biblioteca sin Mundo alrededor” (p. 257). Pero bien sabía que eso era imposible. Carlos Blanco también lo tenía claro. Y en su texto de 1999 podemos leer: “Los poetas como los demás, estaban inmersos en la vida cotidiana que es el fondo de la Historia”.

En esta novela, el escritor vasco-mexicano, concede un protagonismo especial a la Historia, entre otro aspectos al elegir como personajes al historiador Ramón Iglesia o al antropólogo Pedro Armillas, aunque los datos sobre Armillas merecen matizaciones: por ejemplo, en sus apariciones a bordo del Sinaia, tenemos la sensación de que viaja solo, y sin embargo le acompañaba su mujer, la pintora Ángeles Gil o cuando escribe: “Y Armillas se tuvo que ir a los Estados Unidos, a una universidad de segunda o tercera categoría, donde se casó con una americana, la abuela de este muchacho” (p. 379), Armillas sí que estuvo casado con una norteamericana, pero sus dos hijos nacieron en su primer matrimonio, entre ellos, Ignacio Armillas, consultor en urbanismo y desarrollo, cuya labor ha realizado con programas promovidos por la ONU.

Y es que desde el subtítulo, “Novela histórica”, está reivindicando su visión marxista, por eso, vuelvo a uno de los fragmentos de su conferencia de 1999, donde encontramos la base de la misma y de toda su labor crítica: “importa entender que la confirmación de la visión coherente del mundo que tienen siempre los buenos poetas, están inevitablemente insertos, directa o indirectamente, los hechos de su vida cotidiana, sin un conocimiento de la cual el mundo del poeta no es completamente comprensible. Generalizando todavía más, me atrevo a decir algo que no está de moda porque nunca ha sido 'moda': que, como todo quehacer humano, la poesía, incluso la más aparente privada, está anclada en su tiempo histórico y en la dialéctica que se establece entre lo que llamamos 'creación' y las vivencias e ideologías socio-políticas de ese tiempo”.

Con esta base es más que acertada la cita que abre la novela  del historiador Tucídides: “Los hechos que relato son exactos, si no en las palabras, en el sentido, conforme a lo que he sabido de personas de fe y de crédito que se hallaron presentes y decían cosas más consonantes a la verdad”. En más de una ocasión he escuchado y leído al autor, decir que, para la segunda generación, fue un exilio heredado y sus historias también, por eso no nos extraña que la última parte esté narrada por la más pequeña de esta segunda generación porque, como le recuerda Lola: “Los que llegamos aquí de refugiados éramos como una tribu en la que todos sabían, o creían saber, de las vidas de los demás. 'Es, por tanto, cuestión por un lado de hacer memoria', añade. Y, por otro, de acudir a la memoria de los demás, que muchas habrá que sepan cosas de quienes se habla en este manuscrito (p. 363). 

Pero Paloma, además de la más joven, es también historiadora, por tanto tiene que asumir el papel de notaria de estos personajes, de una época, de un exilio: “Más o menos así se lo he dicho a Lola, pero me ha contestado que no me invente más dificultades de las inevitables, ya que no se trata de escribir el Mundo, sino de acabar de contar las historias que tenemos más a mano” (p. 365).

En 2006, en el Congreso Universidad y exilio: presencias y realidades 1936-1955, organizado por la Asociación Hamiaka Bide en San Sebastián, se le rindió un homenaje,  y nunca olvidaré las conversaciones con Carlos Blanco en las veladas nocturnas en el bar del Hotel Amara, donde se hablaba de política, literatura y, no podía faltar, de fútbol. Temas que están presentes también en esta novela. He afrontado su lectura con una gran carga emocional, por el recuerdo de Carlos Blanco y porque, sin duda, va a ser una de las últimas novelas escritas, si no la última,  por uno de nuestros exiliados –el año que viene se conmemorará el octogésimo aniversario de su inicio, aunque para muchos vascos empezó en 1936—.

Juan Rejano, en uno de sus poemas, escribió “Olvidar, / sólo cuando ya esté muerto”. Carlos Blanco Aguinaga, que era consciente de que iban falleciendo los miembros pertenecientes a su generación, con esta novela, que es su testamento literario del exilio republicano español, nos deja abierta la puerta para el recuerdo, por lo que debemos agradecer a los editores, Mario Martín Gijón y Joseba Buj Corrales, que, como destacan en el prólogo: “su escritura fue comenzada en abril de 1999 y terminada en febrero de 2008, lo cual da una idea de la importancia de esta novela para el escritor irundarra” (p. 20) su publicación. Importante para su autor y tan necesaria para nuestra historia literaria. Y, por último, debemos alegrarnos de que forme parte de una colección como la Biblioteca del exilio, de la Editorial Renacimiento, que está realizando una labor de recuperación de la obra de los exiliados impagable.

*María Bueno es crítica literaria.

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