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Los diablos azules

En menos de 500 palabras: 'Y así nos entendimos'

  • El tono de la correspondencia entre el pintor Ramón Gaya y María Zambrano es de absoluta empatía entre ambos, capaces de adivinarse mutuamente
  • A diferencia de las cartas intercambiadas entre el artista y otros amigos, en las que él tiene una posición de magisterio, es ahora la filósofa quien le anima

Publicada el 23/11/2018 a las 06:00 Actualizada el 23/11/2018 a las 11:41
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Y así nos entendimos (correspondencia 1949-1990)
María Zambrano y Ramón Gaya

Edición a cargo de Isabel Verdejo y Pedro Chacón
Epílogo de Laura Mariateresa Durante

Pre-Textos
Valencia

2018
  Dos años después de la publicación de las Cartas a sus amigos del pintor y escritor Ramón Gaya (Murcia, 1910 – Valencia, 2005), no parece redundante la publicación de este otro “libro tapiz” que amplía el apartado de las dirigidas por el pintor a la pensadora María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991) con la inclusión de las cartas de esta, así como otros testimonios que certifican la profunda relación intelectual y personal entre ambos.

No fue una correspondencia copiosa ni frecuente: apenas medio centenar de cartas en las cuatro décadas que median entre la primera, de 1949, y el tarjetón con aires de despedida que la filósofa dirige al pintor a finales de 1990. Y es significativo que fuera Zambrano la encargada de clausurar el intercambio epistolar que ella misma abrió 40 años antes al escribir a Gaya, entonces en La Habana, con motivo de la muerte del pintor Cristóbal Hall, entrañable amigo del murciano. En esa carta y en la respuesta de Gaya, inédita hasta hoy, queda establecido el tono que había de tener esta correspondencia en el futuro: de absoluta empatía entre ambos interlocutores, capaces de adivinarse mutuamente incluso los más recónditos matices del dolor; pero también de exquisita discreción, de entendimiento a veces sin palabras, así como de indudable afinidad de pensamiento y sensibilidades.

En este aspecto, hay que decir que estas cartas se diferencian netamente de las que Gaya dirige a otros amigos: si en las que escribe al musicólogo Salvador Moreno o al poeta Tomás Segovia, por ejemplo, queda clara la involuntaria posición de magisterio que el pintor ejerce sobre ambos, en el caso de las que cruza con Zambrano puede decirse que la situación se invierte: es ahora la filósofa quien anima tempranamente al pintor a “revisar un poco [sus] cosas, escribir otras y publicar las recogidas”, con motivo del deslumbramiento que le produce la lectura del artículo de Gaya “El silencio del arte”; y también la que, amén de otros testimonios de admiración y reconocimiento, abre estos espacios de comunicación a la broma o al relato de sus cuitas domésticas, con las que el pintor terminará familiarizándose en los años en los que vive cerca de la filósofa y de su hermana Araceli en Roma. Sin detrimento de la admiración mutua, en cambio, el pintor expresará en su Diario su característica reserva hacia el elemento sofístico –“una cierta gitanería”, dice– que adivinaba en los resabios orteguianos de su interlocutora, de los que con el tiempo ella misma renegaría; mientras la pensadora, por su parte, reprochaba cariñosamente a Gaya sus ataques a Zurbarán o a Leonardo en aras de la formulación de una más alta idea de la pintura que tenía en Velázquez su máximo exponente.

Amistosas discrepancias, en cualquier caso, que en ningún momento empañaron lo que hoy percibimos como una privilegiada relación entre afines. “Y así nos entendimos”, remató Zambrano en el mencionado tarjetón último. Sin saberlo, estaba poniendo título al futuro relato de una gran amistad.

*José Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros son Arabesco (poesía, Pre-Textos) y Trilogía de la Transición (novela, Dalya), ambos de 2018.

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