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Los diablos azules

Zona de sombras

  • Cara de pan cuenta la historia de dos seres marginados, autoexcluidos de una sociedad que no comparten y de la que se sienten independientes
  • El viejo y la niña protagonistas parecen estereotipos, aunque Mesa confiere a sus vidas y actuaciones matices de una extraordinaria delicadeza

Publicada el 07/12/2018 a las 06:00 Actualizada el 07/12/2018 a las 13:11
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Un mundo tan denso como dramático caracteriza a las historias que Sara Mesa (Madrid, 1976) entrega a sus lectores para contarnos el relato de una vida, la de sus protagonistas que se mueven en las zonas de sombra de una realidad donde se aprecia el valor de la intimidad, y aún más queda insinuado el territorio de lo misterioso.

La narradora madrileña ha dado sobradas muestras de su buen quehacer narrativo y ha publicado las novelas, El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011), Cuatro por cuatro (2013) y Cicatriz (2015), que propone un moderno y excelente relato de aprendizaje, la historia de dos jóvenes que establecen una particular correspondencia basada en un simple intercambio, un texto tan valiente como morboso. Ha editado también las colecciones de cuentos, La sobriedad del galápago (2008), No es fácil ser verde (2009) y Mala letra (2016), un alegato al miedo infantil, los secretos, el sentido de la culpa y, por añadidura, una considerable valoración de la muerte.

  Su última entrega, Cara de pan (2018), cuenta la historia de dos seres marginados, en cierta medida, autoexcluidos de una sociedad que no comparten, aunque se sienten independientes, con un firme deseo de conquistar un espacio propio en un mundo libre de las convenciones sociales; en realidad, es una historia simple, intrascendente, y en las primeras páginas se concentra el encuentro fortuito de una adolescente de casi 14 años y de un hombre bastante mayor, de algo más de 50. Por esta razón de edad, la autora los nombra con los simbólicos Casi y Viejo. El primer escenario, donde se irán encontrando sucesivamente, es un parque, y cuando temen ser descubiertos en su escondite y en sus continuos y sospechosos encuentros, el escenario se traslada a una cafetería, la segunda parte del relato, bastante más breve. En las primeras imágenes el lector percibe que esta relación de pareja se presta a equívocos, el encuentro provoca sospechas y los personajes ofrecen esa doble perspectiva: inocencia y madurez. El viejo y la niña parecen estereotipos, aunque Mesa confiere a sus vidas y actuaciones matices de una extraordinaria delicadeza y ha sido capaz de manejar el argumento con mucha habilidad, porque la historia está repleta de abundantes elusiones, y pese a su brevedad no resulta nada esquemática, aunque destila ingenuidad, humor, lirismo y una abundante dosis de patetismo.

Casi es una niña rebelde que no acude al instituto donde estudia, sufre un complejo físico, afirma tener “cara de pan”, engaña a sus padres y no se entiende con sus compañeros, solo la visita esporádica de un hermano mayor la reconcilia con el mundo; Viejo no trabaja, esconde un pasado oscuro, fue acusado de abuso, siempre va con el mismo traje, buenos zapatos, calcetines de hilo, y una mochila. Charlan sobre naderías, cosas intrascendentes y los dos parecen celosos de su intimidad, pero poco a poco van intimando. Viejo sorprende a Casi con su sabiduría sobre el mundo de los pájaros y le descubre su pasión y la profundidad emocional que siente por la música de Nina Simone. El énfasis en la cantante sirve como esa auténtica protesta contra la marginación que ambos esgrimen en sus actuaciones, y que de alguna manera les sirve a Casi y Viejo para unir voluntades frente al mundo.

Las escenas se suceden y ofrecen una visión paralela de la abundante conversación que mantienen ambos personajes, y de una forma sobria la narradora utiliza un estilo directo, como corresponde a esa fluidez conversacional con que habla Casi y le responde Viejo, todo envuelto en una absoluta naturalidad que deja ver alguna que otra malicia, porque la libertad a la que aspiran la niña y el hombre se muestra en un desgarrado deseo con tintes de felicidad y dramatismo. Sara Mesa, dueña absoluta de su mundo, añade aún incomunicación, una completa deslealtad humana,  ese concepto de irracionalidad que caracteriza a nuestros semejantes y todo cuanto tiene que ver con esa noción de familia.

*Pedro M. Domene es escritor.

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