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Liebre por gato

El sordo

  • En la nueva entrega de la sección dedicada al microrrelato recogemos dos textos del escritor Ginés S. Cutillas
  • El valenciano es autor de dos libros de narraciones breves y de un estudio dedicado al género, Lo bueno, si breve, etc. Decálogo práctico del microrrelato

Publicada el 14/12/2018 a las 06:00 Actualizada el 13/12/2018 a las 19:05
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El escritor Ginés S. Cutillas.

El escritor Ginés S. Cutillas.

La sección de microrrelatos inéditos Liebre por gato está coordinada por Fernando Valls y Gemma Pellicer. En esta nueva entrega recoge dos textos del escritor Ginés S. Cutillas.
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El sordo

Subí las maletas al tren para que mi mujer tuviera tiempo de despedirse de su familia. Cuando por fin entró en el reservado, se sentó enfrente de mí e hizo ver que no me conocía. Lo entendí como uno más de sus juegos y no tuve ningún reparo en seguirle la corriente con la esperanza de que aquello tuviera alguna resolución de tipo sexual.


No se dirigió a mí hasta transcurrida casi una hora de viaje para preguntarme si sabía en qué sentido de la marcha se encontraba el bar. Le indiqué que hacia la locomotora y me ofrecí a acompañarla, invitación que aceptó gustosamente. Una vez sentados cara a cara, le pregunté por su vida, a qué se dedicaba, si tenía hijos… Ninguna respuesta me sorprendió, a excepción de la negativa cuando le pregunté si estaba casada. Lo tomé como parte de la diversión. Al fin y al cabo, de eso se trataba, ¿no?


Del café pasamos al vino, y al cabo de un rato se le desató la lengua. Pocas veces le había visto tan cómoda conmigo. Me contó cosas que no sabía, qué quería ser, lo que quería estudiar, cómo entendía la vida, su deseo de ser madre… Esta fase del juego, para mi gusto, se alargó demasiado. Yo estaba loco por que llegara la acción cuanto antes, ansioso porque cada vez faltaba menos para nuestro destino.

Su monólogo —a estas alturas no podía llamarse conversación— se alargó hasta que regresamos al privado. Viendo que la estación estaba cerca no pude resistirme más y, cortándole la palabra, la besé. Inmersa en su papel de extraña, comenzó a gritar como una loca, lo que me excitó aún más; hasta que alertado por tanto jaleo, se presentó el revisor agarrándome por el cuello. Dejé de sonreír cuando le preguntó si me conocía y apartó la cara.

Me bajaron del tren a la fuerza. No pude hacer otra cosa que verla alejarse pegada al cristal mientras el silbato del tren ocultaba ahora mis gritos. Nunca supe en qué parada se bajó ella.

 
Las proyecciones

Mi sombra entró en casa unas milésimas de segundo después de mí. Esa primera diferencia fue muy sutil, apenas perceptible. No tanto como la del día siguiente, cuando yo me encontraba desayunando en la cocina y ella seguía en el baño enfrente del espejo, juraría que buscándose los rasgos del rostro.

Ante tal diferencia de horarios comenzamos a llevar vidas separadas, pues no podía justificar mis continuos retrasos en la oficina. Hasta que una tarde, cuando ya se había marchado casi todo el mundo y comenzaban a encenderse los primeros flexos, los pocos que quedaban se dieron cuenta de que era el único que no proyectaba la silueta. Me justifiqué con algún extraño argumento científico de que el material de mi ropa no reflejaba la luz y, aunque en un primer momento parecieron aceptar la explicación, al día siguiente era la comidilla de todo el edificio. Los focos se encendían a mi paso para arrancar la risa de los presentes.

Mi jefe me reunió para preguntarme que eran esos alborotos que iba produciendo por los despachos. Lo conduje hasta la ventana y le demostré que no había ninguna sombra al lado de la suya. El despido fue fulminante, por razones de seguridad, alegó, nada de xenofobia ni racismo, quiso dejar claro.

Conseguí trabajo en otra empresa. Desde entonces reproduzco con total exactitud cada acción que realiza mi sombra y, aunque hay ocasiones, al final de la jornada, en que me arrastra de mala gana con ella a tomar cervezas con las demás proyecciones de mis compañeros, he de reconocer que me va mejor que antes: este año me han subido el sueldo ya dos veces.


* Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) es autor de dos libros de microrrelatos: Un koala en el armario (2010) y Vosotros, los muertos (2016), publicados en la editorial granadina Cuadernos del Vigía, así como de un estudio dedicado al género: Lo bueno, si breve, etc. Decálogo práctico del microrrelato (Editorial Base, 2016). En la actualidad, es profesor de la Escuela de Escritores de Madrid y miembro del equipo de redacción de la revista Quimera.
 
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