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Roberto Bolaño, la vida como poema

  • Alfaguara publica la Poesía reunida del escritor, que amplía considerablemente las páginas de La universidad desconocida, hace tiempo agotada
  • Su concepción visceral y ética de la labor del poeta llevó al autor chileno a alinearse en la disidencia frente a la cultura oficial y sus cortesanos

Publicada el 21/12/2018 a las 06:00 Actualizada el 21/12/2018 a las 11:42
Poesía reunida
Roberto Bolaño
Alfaguara
Madrid
2018

 
  Como fiel heredero de las vanguardias históricas, Roberto Bolaño compartió con ellas una visión romántica de la poesía. Creyó, al igual que el héroe italiano Mazzini, que la poesía es lo que de sagrado hay en la Tierra, y en particular, el amor a la patria y a la amada. Creyó, en suma, que el poema es el hombre, y actuó en consecuencia durante toda su vida. Esa concepción visceral y ética de la labor del poeta se extiende a sus poemas y también a sus prosas, y lo llevó a alinearse en la disidencia frente a la cultura oficial y sus cortesanos. Y a hacer del amor y de América los ejes sobre los que gravitan sus escritos. Tal y como lo anotó en uno de sus manifiestos, consideraba que la poesía es un viaje arriesgado hacia lo desconocido, un ejercicio de libertad y un combate por el porvenir. La amenaza de una derrota probable no podía ser obstáculo para ese impulso, ni tampoco el sabor salobre del fracaso y de la pérdida. Porque, como él mismo nos aseguró tempranamente, no se puede crear sin subvertir, ni subvertir sin ser apaleado, como lo fuera el gran referente de los gestos inútiles nacido de la mano de Cervantes. En definitiva, consideró que la poesía no puede ejercerse como un estatus social con sus debidos réditos, sino como una aventura radical. Se trataba de reinventar la vida, el arte y el amor, y también de asomarse a ese abismo que supone la amenaza del Mal. Recordó Bolaño con Borges que la literatura universal está surcada por cuatro grandes temas –el amor, el viaje, la muerte y el laberinto– y les añadió ese último: el de la habitación oscura que encierra lo turbio, lo sórdido y abisal como una fantasmagoría quemante, lo violento e infernal con su fealdad y sus llagas.

La poesía de Bolaño fue, en consecuencia, una propuesta icárea, publicada entre dificultades –de manera dispersa y marginal– hasta que su progresivo éxito como narrador le permitió dar a la luz Los perros románticos y Tres. La aparición póstuma de La Universidad Desconocida –una recopilación preparada por el propio autor en 1993, cuando se le diagnosticó una enfermedad mortal y decidió dar un giro a su vida a través de la prosa–, suponía una aportación importante para sus lectores, pero aún seguían fuera de su alcance muchas piezas. Ahora, con el añadido de unas ciento cincuenta páginas de material antes casi inhallable, el acercamiento a la poesía de Bolaño puede hacerse de forma cabal y plena. A la poesía en verso, se entiende, porque en su obra la poesía lo abarca todo. Cubre sus prosemas –inspirados en los baudelaireanos poemas en prosa–, y también la musicalidad y verticalidad de sus novelas. Y de algunas en especial, como Amuleto –que Ignacio Echevarría ha calificado como poema narrativo– o Nocturno de Chile, y también Amberes, su propuesta más arriesgada y enigmática.

En sus versos hallamos al Bolaño más íntimo, a aquel transterrado que quiso hacer de su poesía una doble carta de amor: a un continente, y a una amada. La primera la dedica a Latinoamérica y a su generación de jóvenes olvidados que combatieron por ideales ya idos, y que se dejaron tantas vidas en el empeño. Todo eso queda patente en la obra bolañesca, poblada de poetas que encarnan esa búsqueda de un sueño, y poblada igualmente de poetas muertos, resucitados y reencontrados en versos y en sueños, como en el espléndido Tres –considerado por Bolaño uno de sus dos mejores libros, y del que se incluye ahora la totalidad de sus poemas–, con su paseo por la literatura y su diálogo con los difuntos, a los que se escucha quevedianamente con los ojos. Veremos que en esa Sala de Lecturas del Infierno están además Perec y Ercilla, Puig y Macedonio Fernández, Efraín Huerta y Enrique Lihn, Kafka y Anacreonte, y también Baudelaire o Roque Dalton, con “el sueño de los valientes que murieron por una quimera de mierda”. Y es ahí donde se nos ofrece el quebranto interior, la conciencia de finitud: “Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño”. Cabe añadir que en ese universo de poetas, y junto con sus compañeros de generación y los de la Universidad Desconocida –esto es, aquellos que ejercen su magisterio fuera del detestado estatus, y más allá de la frontera entre la vida y la muerte–, están igualmente otros: los poetas oficiales, los que repiten códigos mesiánicos o mediáticos ya caducados hace tiempo –tablas viejas devueltas por el mar, diría Nicanor Parra–, parodiados y caricaturizados en Estrella distante. A su modo de ver, prostituyen los principios del ejercicio de la poesía y son como los mercaderes que hay que expulsar de ese templo sagrado.

De otra parte, y más allá de las distintas mujeres que pudieran ser importantes en su vida, Bolaño dedica una implícita e incesante carta de amor a un fantasma que cruza su poesía: el de Lisa Johnson, convertida en Laura en Los detectives salvajes –donde el personaje nos dice que todo el movimiento literario del realismo visceral era “una manera de decirme no me dejes, mira lo que soy capaz de hacer, quédate conmigo” por parte de un “pájaro idiota”–. En sus versos emerge una y otra vez, como una obsesión, esa presencia que duele pero que al tiempo da sentido a la vida y a la escritura: “A las 4 de la mañana viejas fotografías de Lisa/ entre las páginas de una novela de ciencia ficción./ Mi sistema nervioso se repliega como un ángel”. Su cabellera rojiza –con su “halo de luz naranja”–, sus ojos y labios o su piel nívea destellan por doquier, con frecuentes desdoblamientos que llegarán a su culmen en la sección Gente que se aleja, prefiguración y laboratorio de la novela Amberes. A esa pérdida se asimila la idea de hundimiento del poeta –“Untergehen” es el título de un poema–, “consumido por el amor a una mexicana loca”; los sentimientos de soledad, celos, nostalgia y melancolía son eco de esa ausencia que late como una herida abierta. La escritura actúa como un bálsamo que cauteriza ese dolor y enseña a olvidar cada gesto o fragmento de piel, y a dominar la rabia, aunque el recuerdo regresa obsesivo: “La muerte es un automóvil con dos o tres amigos lejanos/ (...) La muerte/ son los labios de R. B. y L. J. en el asiento posterior de un pesero”. El poeta se autoescarnece como un clown grotesco, y ella supone un zumbido constante –“El recuerdo de Lisa se descuelga otra vez/ por el agujero de la noche./ (...) su único y verdadero amor”–, siempre en la misma clave de colores rojos –o rubios–, verdes y blancos, que describen su fisonomía e integran todo un sistema simbólico: “Cae fiebre como nieve/ Nieve de ojos verdes”. Esa nieve habla de una piel y de un paisaje interior desolado, de un frío en el alma que también tendrá forma de novela-nieve, de iceberg o de Antártida, mientras la utopía será nombrada como “Atlántida”, esa isla legendaria condenada al naufragio. De hielo era también el infierno de la Divina Comedia de Dante, que el poeta italiano escribiera, al decir de Borges, para quedar ahí encerrado para siempre con su amor imposible, Beatriz. Lo mismo ocurrirá en Gente que se aleja –y su eco en Amberes–: con los referentes sobre amor y celos de Arlt El jorobadito– y Bioy CasaresLa invención de Morel–, Bolaño crea un relato cinematográfico y surrealizante que funciona como un tema con variaciones, con un triángulo amoroso formado por la amada imposible –la pelirroja–, el jorobadito –o poeta o vagabundo o demonio (el Gaspar de Aloysius Bertrand)– y el policía que desencadena la trama. Amberes, que Bolaño publica el año anterior a su muerte, se constituirá así en un testamento encriptado, y una máquina cinematográfica que proyecta sin cesar esa historia de amor perdido. No ha de olvidarse que el autor declaró, en su última entrevista, que se trataba de la única novela de la que no se avergonzaba. Tal vez, porque su medio centenar de fragmentos intercambiables hacen de ella la más poética. Y quizá fue ese el otro libro que él consideró entre sus dos favoritos, junto a Tres.

En definitiva, la Poesía reunida de Roberto Bolaño supone un espacio para sumergirse de lleno en el mundo de su autor, o ampliar lo que este ya incluyera en La Universidad Desconocida. Anagrama vestía sabiamente esa edición con un cuadro de Larry Rivers –que fusionaba imágenes previas de Marcel Duchamp y Gerhard Richter–, donde un desnudo femenino descendía por una escalera en medio del caos circundante, y que parece visualizar uno de los pasajes de Gente que se aleja: “No es el Paraíso, pero se le parece. La muchacha baja las escaleras lentamente”. El centenar y medio de páginas ahora añadidas vale la pena para conocer el mundo bolañesco, aunque habría sido mucho más útil y cómodo que cada pieza tuviera al pie su fecha y origen, y no al final del libro; sin esas informaciones a mano, la mezcla de poemas de la juventud veinteañera con los de madurez no permite calibrarlos debidamente. Asimismo, habría tenido sentido la inclusión del manifiesto “Déjenlo todo, nuevamente” (“nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida: una-sola-cosa”) junto con los otros que ahí sí se encuentran. No obstante, es muy de agradecer esta contribución al “universo Bolaño”, en sus dos etapas: la de juventud, con su delirio de alucinación y cotidianidad, y la de madurez, entregada a una serenidad dialogante y una narratividad que se desencadenan en la cadencia de sus prosas rotas.

La gran singularidad de Bolaño como novelista nace de su condición de hacedor de poesía, una tarea que cumplió febrilmente porque “solo la fiebre y la poesía provocan visiones. Solo el amor y la memoria”. Al igual que José Emilio Pacheco, evitó el escenario público de los recitales y ese “sarcófago” de las obras completas que sepulta al poeta nacional sediento de galardones. Entre sus últimos poemas, leemos: “La revolución se llama Atlántida/ y es feroz e infinita/ mas no sirve para nada/ A caminar, entonces, latinoamericanos/A caminar a caminar/ A buscar las pisadas extraviadas/ De los poetas perdidos/ En el fango inmóvil/ A perdernos en la nada/ O en la rosa de la nada/ Allí donde sólo se oyen las pisadas/ De Parra/ Y los sueños de generaciones/ Sacrificadas bajo la rueda/ Y no historiadas”.
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Selena Millares es poeta, narradora y profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid.
 

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1 Comentarios
  • Juan Ferrera Juan Ferrera 27/12/18 11:53

    Excelente artículo. Claro y documentado. Como debe ser. Gracias, Selena Millares!!

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