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Los diablos azules

Daniel Ruiz: "En lo periférico es donde se produce la verdadera fricción con la vida"

  • Tras La gran ola, Premio Tusquets en 2016, el autor sevillano recoge en Maleza tres novelas cortas que reflejan la evolución de su realismo crítico
  • "Los escritores somos una especie de dinosaurios románticos", asegura el novelista, que descarta la "capacidad de intervención social" del autor militante

Publicada el 11/01/2019 a las 06:00 Actualizada el 10/01/2019 a las 21:20
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El escritor Daniel Ruiz.

El escritor Daniel Ruiz.

EP
Daniel Ruiz (Sevilla, 1976) publicó en 2018 su sexto libro narrativo, Maleza (Tusquets), que recoge en un solo volumen tres historias, dos de ellas editadas con anterioridad, más una tercera inédita que da título al conjunto. Lo primero que se nota en la progresión estilística de los tres relatos es un dominio creciente en el pulso narrativo desde la primera, escrita a comienzos de la carrera literaria de Daniel Ruiz, hasta la que cierra el volumen, un auténtico disparo en la sien del lector, con una intensidad que no para de crecer y crecer hasta dejarlo sin aliento en un final con aromas de tragedia griega. De la misma manera que el estilo de Daniel Ruiz se va puliendo un poco más a cada relato, con los años se nota también un desplazamiento de sus intereses temáticos, desde un realismo más o menos ortodoxo hacia la búsqueda de nuevos espacios para contar historias mucho más poderosas, protagonizadas por personajes que rara vez se encuentran en la literatura española, y donde se dejan ver influencias de los universos narrativos del cine y de las series de televisión más crudas.

Quizá la gran aportación de Daniel Ruiz al panorama literario español sea la apertura de la escuela en la que se inserta, el realismo crítico, rompiéndole con fuerza los corsés al documentalismo social y renovando los ámbitos de interés temático para construir historias que nos hablan de nuestro presente más rabioso (la rabia está por todas partes, no solo en Maleza, sino también en el resto de la obra novelesca del autor). Su novelística es dura, inclemente, satírica, incorpora universos tratados por la novela negra, el punk, el rap, la rumba made in Los Chichos o incluso por el best seller psycho, aunque sin olvidar la gran tradición del realismo literario español, desde la picaresca hasta los maestros de la Generación del 50. Pero también es compasiva, casi tierna, aunque con una ternura que se parece más a una media sonrisa de complicidad que a un arrebato de sentimentalismo, que, a todas luces, queda fuera de las posibilidades que en sus ficciones condicionan la vida de sus personajes. Sin complejos, con un estilo seco, preciso, fibroso, sin florituras, Daniel Ruiz está dándole la vuelta al realismo literario español y si en sus obras hay mucho arte es porque en ellas chorrea la vida mientras se desangra. 

Pregunta. Maleza es un volumen que recoge tres novelas cortas de diferentes periodos de tu narrativa, por orden cronológico: "Perrera", "Carnaza" y "Maleza", que da título al volumen. ¿Hay alguna ligazón entre ellas? ¿Has intentado mantener el mismo tono o ambientes similares, por ejemplo?

Respuesta.  La primera es de hace como quince años, la segunda es de hace seis o siete y la tercera es de ahora. Se da la circunstancia de que cuando publiqué la primera, la editorial que la sacó cerró casi inmediatamente y, en consecuencia, la difusión que tuvo fue muy limitada: salió en edición digital y con una tirada casi testimonial. Después del trabajo que había hecho, la editorial, Dum Spiro, quiso sacarla la como fuera, a pesar de que la pareja que la dirigía se había quedado sin dinero, con toda la buena intención, hicieron lo que pudieron para no quedar mal. La edición fue muy rudimentaria y, para colmo, parece ser que la distribuidora no los trató bien y el libro ha estado circulando por ahí hasta hace poco y sin ningún tipo de control de los editores; en fin, digamos que mi novela acabó con la editorial… A mí se me quedó la espinita clavada, porque yo creo que es una historia que tiene bastante potencia, que tiene pegada, pero que no tuvo suerte en su primera salida.

Después, con el tiempo, a los cinco o seis años, quise recuperar un poco el tono de "Perrera" con otra novela corta y escribí la que originariamente se llamaba ya "Carnaza", aunque luego cambió de nombre temporalmente, porque la presenté a un premio, lo ganó y el presidente del jurado, Luis Leante, me sugirió que le pusiera otro título, "Carnaza" le parecía demasiado "expresivo", en el mal sentido, y pensó que quizá estaría bien llamarla simplemente "La mano". Así lo hice y con ese título salió editada por el servicio de publicaciones del Ayuntamiento de Villa de Oria. Bien, pues ahora resulta que, justamente en el año que yo lo gané, también se acabó el premio, porque cambió el signo político del gobierno local, que era del PSOE, y la nueva corporación se lo cargó, después de diez ediciones, me parece. Aquella fue una publicación no venal, casi no tenía distribución, era únicamente institucional y la cosa se me quedó ahí, con mal sabor de boca.


  Como eran dos novelas que tenían cierta correspondencia, cierto diálogo, como si se hablaran entre ellas, y, como te digo, me supo mal, siempre tuve esa espina clavada de recuperarlas de alguna manera. El año pasado, a raíz del premio a mi novela La gran ola, comentando el asunto con mi editor actual, se planteó la posibilidad de volver a publicar algunas de mis novelas anteriores y le propuse rescatar esas dos, pero como me pareció que quedarían un poco raras solo las dos juntas en un volumen, le propuse también trabajar en una tercera que cerrara el libro con un formato de tríptico, un poco con esos denominadores comunes que serían, por un lado, la parte estilística y por otro, que las tres historias estuvieran localizadas en un paisaje concreto, que en este caso era un paisaje de extrarradio, a través de la invención de un barrio que en las novelas se llama Balseras. Tienen en común, pues, determinada voluntad de construcción parecida, en le sentido de que son historias con capítulos muy cortos, con una condensación expresiva muy fuerte, cuyas tramas suceden en muy pocos días, con personajes que están al límite en sus existencias y ese ambiente de barrio periférico.

Al terminar la última, "Maleza", vi que el tríptico tenía cuerpo, que funcionaban bien como relatos independientes, pero también como tres relatos reunidos juntos en un solo volumen, y nos lanzamos. El modelo que yo tenía en la cabeza era el de Hubert Selby Jr., Última salida para Brooklyn, que hace un poco eso, varias historias que tienen un espacio común, o Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, ambas tienen en común el mismo sustrato de historias que nacen provocadas por un determinado paisaje urbano. De manera que, de este volumen, Maleza, se puede decir que son tres historias independientes con nexos entre ellas compuestas en diferentes momentos o que es una única novela en forma de tríptico que se ha ido desarrollando a lo largo de quince años de escritura, porque nunca abandoné la idea de acumularlas en un solo volumen. Y al final estoy contento del resultado, porque tenía ganas de componer una estructura de historias muy expresivas, sin renunciar a la unidad estilística, que era de lo que se trataba ni la idea de historias que nacen del barrio periférico.

P. En efecto, las tres son magníficos relatos en crudo de la vida en la periferia, sin duda, pero tengo que decirte que la última, "Maleza", me parece absolutamente impresionante, como si, además de lo que comentas, hubiese un crescendo de la intensidad narrativa que llega a noquearte por completo en el tercer asalto. El dominio del ritmo en "Maleza" es para quitarse el sombrero, a mí me recuerda cierta idea de brutalismo estético punk. Por otra parte, los personajes también se ordenan sobre la idea de marginación: dos de ellos saben que son seres marginales, condenados, en cierta manera, pero otro no, el protagonista de "Carnaza", y no sé si es que pretendías reflejar la evolución de los barrios obreros del extrarradio de las grandes ciudades hacia el lumpen y la marginación, que se produjo a finales de la década de los setenta y durante los ochenta (y que me parece que ambos hemos vivido en carne propia), ese hecho de que vivir en un barrio periférico si no siempre es exactamente peligroso, sí que, en cambio, es siempre inquietante. Aquí están los tres personajes tipo de esos barrios nuestros, el lumpen de "Perrera", el comercial estresado y autoexplotado por su sueño de convertirse en lo que nunca será, el nuevo lobo de Wall Street, de "Carnaza", y el loco, punto extremo de a exclusión social, que articula la tercera historia, "Maleza". Todo ello, además, enhebrado por esa voz narrativa aparentemente fría, pero que esconde una mirada compasiva sobre estos tres personajes machacados por la vida.

R. No había pensado eso de la mirada compasiva, pero la verdad es que sí, que está ahí, lo estoy pensando y creo que efectivamente sí, hay un planteamiento compasivo hacia los personajes de las tres historias en este caso, porque, aunque a ti te caiga mal, en el personaje del comercial también está al límite, no puede más. Al final los tres protagonistas son pobres diablos y sí, se les mira con compasión, pero si me pongo a pensar, creo que esa mirada está en todo lo que he escrito, más allá de que sean personajes que arrastren más o menos miseria o que sean tipos más o menos odiosos, creo que sí, que hay una premeditada reflexión en torno al margen, como espacio de riesgo por el que deambulan los personajes de estas historias, porque el ámbito de lo marginal o lo periférico me interesa muchísimo y creo que en ningún otro perfil de personas como los que habitan en la marginalidad o en la periferia se pueden identificar de manera tan fuerte esos caracteres de lucha por la supervivencia, tan rudos, incluso  tan animales, porque son personas, además, todas con mucho componente primario, y yo creo que eso es propio de personas que están en el alambre, en la frontera, porque al final una periferia o un suburbio no dejan de ser más que eso, una frontera que linda con otra realidad, alejada de lo céntrico, de lo equilibrado. En lo periférico o en lo marginal es donde se produce la verdadera fricción con la vida, que no se produce en el centro, porque allí, digamos, está la comunidad, está todo encapsulado y no hay problemas; donde se produce la lucha es siempre en la parte de los márgenes, por eso mis personajes, al habitar estos espacios, sufren intensamente esa aspereza de la fricción, como dos piedras que están constantemente chascándose y que producen chispazos, porque allí es donde habita el fuego. Aquí desde luego, tanto el grupo de chavales de "Perrera", como el comercial de "Carnaza", como en el caso del tonto de "Maleza", son personajes tratados para que al final el lector sienta por ellos una compasión que debería nacer del hecho de comprender que, de una manera u otra, son pobres diablos y, en realidad, víctimas.

Yo siempre me he considerado una persona de periferia, porque, de hecho, he vivido allí gran parte de mi vida y, es curioso, pero cuando voy a otra ciudad, lo que me interesa conocer es principalmente su periferia, me interesa más que lo céntrico, porque con esto de la gentrificación, como ocurre en Sevilla, por ejemplo, los centros se han ido vaciando cada vez más de vida, sustituida por una ficción de cartón piedra, donde nada parece verdaderamente real o donde todo es sustituible. Por ejemplo, la calle Larios de Málaga es sustituible por la calle Tetuán de Sevilla o por la calle Preciados de Madrid o por la Diagonal de Barcelona…El otro día estuve en Lisboa y el centro me produjo una impresión desagradable con respecto al centro que yo recordaba de hace unos años, porque podría haber estado perfectamente en el centro de Madrid y no darme cuenta de la diferencia. Se les ha robado el alma a las ciudades europeas hasta tal punto que se las ha convertido en una franquicia comercial absolutamente intercambiable con la de cualquier otra ciudad. Yo creo que la vida de verdad, la que huele mal, esa que se respira sin aditivos, está en las periferias, que es donde hay verdadera intensidad. En Maleza me interesaba reivindicar esta pulsión de la vida, esa sensación de no estar asistiendo a una estafa, esa sensación tan poderosa de la verdad.

P. Otra cosa que me impresiona de tus historias y, por lo que yo creo que el lector acaba sintiendo compasión por los personajes protagonistas, es que en su vida no hay amor. Si acaso, en "Perrera", esa forma del amor que es la amistad, pero no hay mucho más para tus protagonistas; si es sexo, es doloroso, siempre se sufre, es brutal, como si la gente que habita al margen no tuviera derecho al amor.

R.  Sí, en realidad, yo creo que en Maleza se cuentan tres historias de amor fallido o de amor no satisfecho, porque son personajes que, en verdad, están ávidos de eso, de amor, de alguna forma de cariño. En el caso del comercial que se encuentra la mano, descubres que esa mano, que tiene muchas posibilidades simbólicas, al final no deja de ser el atributo más propio de la caricia. Aunque esta sea la historia más surrealista o más extraña, por el hecho de que el personaje de "Carnaza" se lleve la mano cortada a su casa, lo cierto es que lo hace por esa necesidad de cariño que no encuentra en una vida laboral que le desborda, donde está absolutamente explotado, viviendo en medio de dinámicas de depredación, que es una forma de la animalidad. Insisto en que las tres historias tienen un componente animal muy fuerte. En la primera es muy evidente, los personajes humanos se confunden con los perros y parece por momentos que en vez de habitar un barrio viven en una perrera. En la segunda, lo es por el hecho de que, en el fondo, el protagonista está buscando la salvación en la mano amputada de una mujer, lo que ya implica un componente de salvajismo importante, pero busca en esa mano lo que no encuentra en su día a día, que es agresivo, pero que no tiene esa agresividad pura y noble del perro como perro, lo que lo pone a la altura de los personajes de la primera historia. En la tercera, se cuenta la búsqueda del amor de lo que la gente ha llamado siempre un tonto, que es incapaz de encontrar una salida a esa situación monstruosa que está viviendo en su ambiente cotidiano, con su madre represora y con el hecho, siempre aberrante, de tener que plegarse a la dinámica capitalista de eso que se ha llamado "la integración", esa integración que estamos buscando por un camino que no es el asistencial, sino el de que la persona con diferencias tiene que intervenir activamente en la dinámica empresarial capitalista, como si fuera uno más, lo que, en realidad, no es, que tiene que aguantar lo que sea, y no tiene recursos para saber cómo salvarse de un compañero que lo quiere hundir para quedarse con su puesto.

P. Hay algo en tu literatura que me parece una genialidad, porque no lo veo en otros narradores, al menos que yo conozca, es que tus historias, pero muy particularmente las tres que recoges en el volumen de Maleza, son historias que habitualmente se cuentan en la calle, que la gente relata a los amigos compartiendo una cerveza o fumándose un pitillo en la esquina del futbolín, y que, por lo general, se escuchan entre risas y bromas, pero que tú miras desde el ámbito trágico, encuentras la dimensión trágica de algo que es, digamos, corriente en la vida brutal de las periferias y, eso, realmente, me ha deslumbrado. Sí, ya sé que me has dicho antes que tus influencias literarias más presentes son Selby Jr. o Pedro Juan Gutiérrez, pero es que historias de esas las he escuchado yo en el barrio, con tramas casi tales cuales a las tuyas.

R. Sí, ya te comentaba que la vida en la periferia es muy distinta a la de las zonas del centro de las ciudades, porque la centralidad es centrífuga y tiene a expulsar fuera todo aquello que no le conviene, de manera que, al final, el que acaba en el extrarradio está obligado a sobrevivir o morir, pues se encuentra en medio de una serie de dinámicas donde lo racional importa menos que tener la capacidad de ejercer la fuerza y ahí es donde empieza el embrutecimiento, primero de las formas de relación, pero luego afecta incluso a la propia sensibilidad, generando esa sensualidad pervertida de la que hablaba Baroja, aunque en otro sentido, claro, que a ellos les viene por la necesidad de tener que acostumbrarse a sobrevivir, sin plantearse ningún otro principio que el de la supervivencia en un ambiente salvaje, y ellos mismos caen en ese embrutecimiento primario, sin asomo de intelectualidad, no la hay en ninguno de los personajes de Maleza, ni siquiera en el comercial de "Carnaza", donde esta dimensión es aún más penosa, más básica que en el resto de los personajes de las historias del libro.

P. Como consecuencia de esto es inevitable hablar del realismo. Pienso que hay dos formas fundamentales en la revisión contemporánea del realismo: una, aquella en la que el novelista tiene la intención de remover conciencias y no solo de entretener al lector; otra es la opción del realismo simplemente como la elección de un determinado espacio estético de representación, con mirada desapasionada. La primera supone un compromiso, si acaso solo sea de rabia, con un mundo que no le gusta al escritor. ¿Tú te mueves en algunos de estos dos modelos?

R. Indudablemente me interesa mucho más el segundo. Creo que el escritor como militante ha perdido, por la propia irrelevancia del escritor en el ecosistema actual de la opinión pública, muchísima capacidad de intervención social. Es cierto que la tuvo en otro momento, pero a mí ese modelo militante no me interesa demasiado, porque no deja de ser más que otro prototipo y, seguramente, los escritores que más me han influido han estado más en ese segundo modelo de la representación cruda, escribiendo sin tesis evidentes que remodelen la historia para defender algo ideológicamente anterior al puro relato. Los otros, no es que no hayan sido mis modelos, sino que han sido probablemente antimodelos; pienso, por ejemplo, en Curzio Malaparte, que al final acabó en connivencia con el Tercer Reich o pienso en Céline y el nazismo también, o incluso en Knut Hamsun, todos hacían ese realismo comprometido, del que nunca se sabe muy bien con qué lo está. Yo lamento decir que estoy más con ese otro realismo en el que el escritor no tiene que ser un referente simbólico de nada externo al relato que cuenta, algo que me repele; no me gusta sentar cátedra, ni erigirme en la voz de los oprimidos, ni nada de eso, esa dimensión de ciertos escritores siempre me ha dado mucho miedo. Hubo un tiempo en que Bertolt Brecht tuvo la oportunidad y se dieron las condiciones, pero el intelectual que fue Bertolt Brecht, en la situación actual, seguramente dentro de unos años será cosa de un youtuber, pero no de un escritor. La capacidad del escritor como inspirador de posicionamientos políticos ha caído un poco en desgracia, ¿no?, los que lo intentan son mirados con cierta suspicacia o incluso denostados. Muchas de las críticas que les vienen a algunos escritores, les llegan por haber intentado propiciar un posicionamiento no ya estrictamente político, sino ideológico, en sentido general, que al final provoca cierto rechazo.

P. Entonces, ¿cuáles son las virtudes del realismo, tal como tú lo entiendes? Aunque puede que esta pregunta te toque las narices. ¿Qué sentido tiene el realismo literario en esta sociedad de las ficciones virtuales y los influencers mediáticos?

R. No, en absoluto, me parece un debate interesantísimo, pero mi opinión al respecto no es muy optimista. Yo creo que los escritores somos una especie de dinosaurios románticos, que todavía confiamos en las posibilidades, en la potencia comunicativa, de la palabra. Tiene que ver con un componente como religioso, casi sacerdotal y eso, porque la realidad nos está dando todos los días en los hocicos con lo contrario. Mi posición al respecto, por lo menos en lo individual, tiene mucho de terapéutico, es decir, de una opción personal y hasta egoísta, de intentar espantar ciertas repugnancias o situaciones sociales que me rebelan y una manera de conjurar esa falta de certezas o de hacer autoexorcismos es escribiendo; pero no se de qué manera eso puede contribuir socialmente a nada, ni creo que lo que escribo sea constructivo en ningún sentido. Es una opción personal, más que colectiva. Yo he sido siempre muy individualista y este ha sido siempre uno de mis problemas para practicar una militancia política. Mi relación con la escritura tiene que ver más con mi forma de arreglármelas individualmente en la vida.

P. Vale, ese es tu punto de partida, pero no el de llegada, porque a mí esta novela me parece como si la hubiera vivido yo. Si eliges la opción realista, el autoexorcismo no será solo tuyo; será tuyo, por supuesto, pero también de muchos de los que te leemos y nos reconocemos en tus historias. Ninguno de nosotros es socialmente un ser puramente individual. Cuando te leo a ti, me autoexorcizo yo también: Balseras puede ser el barrio donde me crie y a los personajes de "Perrera" puedo hasta ponerles nombres propios reales.

R. Sí, está claro. Una de las cosas enormemente placenteras que me ocurrieron tras la publicación de La gran ola fue que me invitaron a un club de lectura donde había gente de mi edad y, sobre todo, gente más mayor que yo; entre ellos había una mujer que me dijo, de una manera muy curiosa, que le incomodaba lo que yo había escrito: ella solía leer antes de irse a la cama y le ocurría que cuando leía un capítulo de La gran ola se iba a dormir sofocada, no podía conciliar el sueño. Eso, que me lo dijo como un reproche, yo lo entendí como el mayor halago, porque eso quería decir que mi novela la había inquietado, la había removido hasta el extremo de no poder dormir. Como escritor uno no puede recibir mayor halago; a mí me encanta generar inquietud, dudas, incluso malestar, con mis historias; es para mí lo principal, porque como lector lo que busco en un libro es que me zarandee y me pegue un sopapo. Con lo cual, sí, obviamente, aparte de exorcismo personal, como escritor uno intenta con sus novelas crear artefactos que remuevan o que, por lo menos, no se lean con indiferencia. A mí que un lector me diga que tiene tu novela en la mesita de noche y que pasan los días sin tocarla, me parece lo peor. Un libro tiene que ser veneno, tiene que picarte, tiene que saltarte encima y provocarte el máximo número de sarpullidos posibles, eso es lo que yo busco. Más allá de eso, creo que el escritor tiene que estar en el libro, pero no fuera de él.

P. Desde luego, que la literatura de best seller, tan bien maquillada, no le afecta nunca al lector; le podrá gustar o entretener, pero después de sonarse los mocos del aburrimiento en ella y aliviarse, no tiene nada más que darle. En cambio, estas historias tuyas cogen al lector por la oreja y lo tironean; uno se lo pasa bien leyéndote, se ríe a carcajadas en muchas páginas, pero, efectivamente, lo que es indudable es que, cuando se cierran las tapas de un libro tuyo, te han tirado de las orejas.

R. Bueno sí, es verdad que los personajes de estas historias saben desde el principio que no tienen nada que hacer. Son personajes atrapados por el destino y, claro, son planteamientos muy de tragedia griega, todo el mundo sabe desde el principio que va de culo.

P.  ¿Tienen algo que ver en esto los universos de la novela negra americana? Aunque estas historias no tienen nada de policial, a veces me suena a hard boyled ese estilo fibroso tuyo, "musculoso", como a ti te gusta llamarlo, donde no sobra nada y la intensidad no baja ni un ápice desde el comienzo hasta el fin.

R. Sí, claro, he leído novela negra americana por un tubo. No hay una conexión premeditada con los ambientes y las historias que cuento, pero creo que en el estilo es muy posible que Raymond  Chandler o Dashiell Hammett hayan influido. Los escritores de aquella generación manejaban el ritmo y los diálogos como nadie, ellos me amamantaron y eso tiene que salir por alguna parte. ¿Que premeditadamente buscaba eso? No, yo creo que el ambiente de las tres historias le da ese componente negroide al relato, pero intencionadamente buscado no está. Por otra parte, la capacidad de precisión de la novela negra norteamericana no se ha igualado; si pienso, por ejemplo, en La llave de cristal, se me ocurre que es, de las que he leído, la novela que mejor precisión narrativa alcanza con mayor economía de recursos, su juego con los sobrentendidos, la riqueza expresiva de los diálogos, me parece algo prodigioso. Así que algo quedará de ellos por ahí en mis historias.

P. Ya la penúltima pregunta. ¿Tienes ya algo nuevo entre manos? ¿Preparas ya tu siguiente asalto narrativo?

R. Sí, llevo un año ya con otra cosa. La publicación de las tres historias de Maleza me cogió un poco en el intermedio, pero estoy con otra novela, que creo que esta vez me va a salir más de largo aliento, porque estoy con ganas de un relato más denso, con desarrollo más amplio. Me estoy dando cuenta de que lo que ando escribiendo llega a un punto en el que empieza a cobrar un volumen importante, y eso lo entiendo como un reto, porque me he movido hasta ahora con formatos más breves. Es una novela coral, con muchos personajes y tramas, lo que me resulta un aliciente narrativo que, sinceramente, no esperaba encontrar a estas alturas. Lo más que he escrito hasta ahora han sido novelas de en torno a trescientas páginas y esto nuevo se me está yendo, pero para bien, vamos que no me importa darle cuerda. No sé a dónde me llevará, pero es toda una experiencia en la forja narrativa trabajar haciendo solvente una historia de largo aliento y creo que es algo con lo que un novelista tiene que cumplir. Me queda también, por otra parte, escribir algo testimonial, aunque aborrecí un poco el tema autobiográfico y tal, pero tengo una cosa ahí dándome vueltas, a la que alguna vez le meteré mano. Con esas dos cosas, por el momento, mi horizonte como escritor se verá saciado. No sé si después vendrán otros proyectos o no, pero con lo que estoy trabajando ahora mismo y con lo que puede venir como literatura confesional, con eso, creo que me saco dos espinas que he tenido clavadas siempre. Como lector también me interesa el relato corto, pero si puedo hacer relatos largos, los prefiero, sobre todo por la potencia del personaje de novela; en un cuento siempre me voy a quedar corto con el personaje y acabo insatisfecho, me levanto de la mesa con sensación de hambre.

P. Es que tus novelas son siempre de personajes, ahí eres muy barojiano, a pesar de la riqueza de las tramas de tus historias.

R. Sí, me interesa mucho la idea del personaje. Es que yo creo que, en una novela, al final, todo es el personaje. Hablábamos antes de la novela negra y si te fijas también en series de ese estilo, como The wire, que me encanta, te das cuenta de que todas las múltiples tramas que se cuentan se desarrollan a partir de las características que definen a los personajes que intervienen en la historia. The wire es sobre todo un relato construido a partir de los personajes. Estoy convencido de que hoy, en la novela y en las series de televisión más interesantes, todo se basa en los personajes, por mucho que tengas una buena trama, a final lo más delicioso para un narrador es poder construir un personaje que sea potente y que ese personaje cale en la gente; eso me parece que es lo mas bonito de escribir.
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Carlos Serrato es escritor y profesor de Literatura.

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