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Los diablos azules

Todo puede ser ficción

  • ¿Preferiríamos seguir sintiendo dolor, desesperación, fracaso, fealdad o, si fuera posible, aceptaríamos una sociedad que garantiza la felicidad plena?
  • La incursión en una sociedad creada para brindar felicidad a sus individuos, apunta Luisgé Martín, también tendría que olvidar las tesis de los humanistas

Publicada el 01/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 31/01/2019 a las 20:33
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Un robot humanoide Asimo, creado por Honda.

Un robot humanoide Asimo, creado por Honda.

Franck V. (Unsplash)
La vida es un sumidero de mierda o un acto ridículo. Esta es la tesis de arranque del libro de Luisgé Martín El mundo feliz. Una apología de la vida falsa, publicado por Anagrama. Y es sobre ella sobre la que descuelga una propuesta de análisis de las sociedades y de los individuos, donde plantea la necesidad de cambio, de modificación y de nueva mirada, de un hombre nuevo que naciera como elemento necesario en la cadena de formación de un mundo nuevo.

Nada despreciable si tenemos en cuenta la necesidad de evolución (no sabemos muy bien hacia dónde) que las sociedades están pidiendo a fuerza de encontrar conductas sociales que dificultan, por ejemplo, el alcance de la felicidad. Una felicidad verdadera, imperecedera, total, una felicidad que argumente los resortes de las conductas humanas. La madre, por tanto, de todas las conquistas.

Para lo cual, el autor utiliza dos ejemplos de sociedades virtuales que tocan estas líneas de comportamiento: de un lado, Matrix, como el paraíso de la ficción que hace vivir en los hombres y mujeres de ese mundo ficcional experiencias que apartan, por tóxicas, la idea de dolor, de fracaso, de fealdad, entre otras. Una sociedad a la medida de una producción irreal que, a fuerza de satisfacer las necesidades de felicidad de la especie, se sitúa en el primer plano de la realidad. En definitiva, la gran creación que proyecta en sus personajes el mundo a la medida de la felicidad.

  De otra, el conocido libro de Aldous Huxley Un mundo feliz, donde no existen individuos que sufran o que, en último término, tengan sensaciones que previamente no se han admitido como buenas en el conjunto de la población. Y lo que llama héroes que intervienen, como hace el personaje El Salvaje del libro de Huxley, para criticar el mundo que les rodea y reivindicar algo tan necesario como el dolor, el miedo, el fracaso, etc. En definitiva, personajes provistos de sentimientos y ajenos a la dinámica de felicidad absoluta que proponen sus mundos.

La pregunta en este contexto es: ¿preferiríamos seguir teniendo esos sentimientos de dolor, desesperación, fracaso, fealdad, o, si fuera posible, aceptaríamos una sociedad que garantiza la felicidad plena? No es difícil averiguar la respuesta a esta pregunta.

Y es la afirmación ante esa propuesta de un mundo feliz lo que lleva a Luisgé Martín a presentarnos algo que ya se ha venido oyendo desde las apretadas filas de movimientos neocapitalistas que, incluso, tienen marca en las campañas electorales que estamos viviendo.

También contesta, acabando con ellos, a conceptos tales como la libertad, la igualdad y la fraternidad, pilares de las sociedades nacidas al albur de la Revolución francesa y que sostienen todavía buena parte de las nuestras. O con argumentos sacados de Hobbes ("el hombre es un lobo para el hombre") y Rousseau ("el hombre es bueno por naturaleza") para defender la idea de que el cambio hacia esa sociedad idílica no puede venir del cambio en el individuo (cosa complicada) sino en la propia sociedad.

Pero cuidado, porque las salidas que propone el autor para la integración plena, la conquista total del mundo de la felicidad, son: la desaparición del trabajo como hasta ahora lo hemos venido desarrollando, con la aparición de sistemas de producción sostenidos, no por mano de obra humana, sino por máquinas que amplíen nuestro tiempo de ocio, resolviendo la capacidad de consumo de las sociedades desde perspectivas que van mucho más allá del neoliberalismo; la desaparición de la idea de sexo reproductivo, agarrándose a los nuevos avances médicos que facilitan la concepción desde fuera del útero (es en este argumento donde aparece la desaparición, evidente, de la desigualdad de sexo y el triunfo de la emancipación de la mujer); la desaparición de la muerte porque encontraremos mecanismos para separar nuestro cerebro de nuestro cuerpo, dejando la muerte solo para este último y amplificando hasta la eternidad todas las ideas y los conocimientos a través de un yo en red; la posibilidad de vivir tantas vidas como la realidad virtual nos ofrezca; la creación de remedios farmacológicos para acabar con la angustia, el miedo, la ira, y todos aquellos sentimientos que no lleven al ser humano a la felicidad plena; y eso que hemos dado en llamar el algoritmo, y que se ha adueñado de nuestras vidas en solo unos años.

¿Tienen ustedes alguna duda de cuál es la contribución de los humanistas en la creación de este nuevo argumento social? El autor, en un momento del libro se plantea la idea de gozar su vida de manera plena a través de la adquisición de estos supuestos avances aun a costa de abandonar, dice, a Shakespeare. Y este es uno de los hitos que marcan el verdadero recorrido de lo que llama la vida falsa: la incursión en una sociedad aséptica, creada para satisfacer la necesidad de felicidad de sus individuos, también tendría que olvidar las tesis que los humanistas han dejado sobre nuestras conductas, las líneas de conocimiento que han contribuido a, entre otras cosas, formular preguntas para buscar respuestas, discernir sobre la vida y la muerte, llorar. "Vive oculto", decía el epicureísmo, quizá como única salida a las sociedades dominantes.

Parecería que el autor nos invitase a reflexionar sobre los planes de estudio, a que miremos a nuestro alrededor, a nuestras relaciones con los vecinos, a los ritmos que hemos adoptado para generar eso que llamamos felicidad, a las políticas que se establecen como necesarias en este momento de la historia, a lo que llamamos calidad de vida, bienestar social. Porque estamos, todos juntos, sin demasiadas excepciones, caminando hacia una sociedad de la felicidad plena que evidencia una sociedad fingida, una sociedad ficcional que aísla a quien no vive de sus ofertas, a quien no asiste a sus ceremonias, a quien, de una manera u otra, piensa que también es necesario el peligro, la pasión, el terror. ¿Una sociedad fuerte o una sociedad débil?

Este nuevo capitalismo, del que nos deja una muestra clara Luisgé Martín, tiene fórmulas que hemos ido descubriendo a medida que nos ha hecho parte necesaria de sus engranajes, pero también existen otras que desconocemos, que, por debajo de lo sabido, se van gestando para marcar territorios que formen nuevos individuos, nuevas conductas, nuevas vidas, un hombre nuevo.

Por ahora todo puede ser ficción, hasta que deje de serlo.
___________

Javier Lorenzo Candel es poeta. Su último libro es Apártate del sol (La isla de Siltolá, 2018).
 
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