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Los diablos azules

Camellos atravesando el ojo de una aguja

  • Con Lectura fácil, el Premio Herralde regresa a sus mejores logros, proporcionándole a una autora descarada como Cristina Morales una mayor visibilidad
  • Mientras otros escritores pierden el tiempo lamiéndose las heridas con la narcisista autoficción, narraciones ambiciosas como esta se proponen desafiar los límites del gusto, además de las verdades establecidas

Publicada el 08/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 07/02/2019 a las 22:13
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La escritora Cristina Morales.

La escritora Cristina Morales.

EP
Desde hace cinco años, cuando publicó Los combatientes, Cristina Morales ha venido destacándose entre los escritores más jóvenes, aquellos que andan alrededor de los 30 años y empezaron a publicar en la segunda década del nuevo siglo, una centuria que como saben nos ha traído una gran crisis, con su correspondiente precariedad laboral y una cada vez mayor dependencia digital. No faltan alusiones aquí al yugo del móvil, a los aradores de pantallitas (p. 70). Sea como fuere, con esta novela el Premio Herralde regresa a sus mejores logros, proporcionándole una mayor visibilidad a una autora descarada, quien confiesa en las entrevistas que no pretende ser ecuánime, ni su crítica constructiva, ni de hecho propone reformas. Antes bien, persigue destruir lo existente, hacer una pira con todo.

Por muchas razones, Lectura fácil es una novela atípica, dadas sus protagonistas, cuatro mujeres con discapacidad intelectual (Nati, Patri, Marga y Ángela rebautizada Àngels, entre 32 y 43 años), emparentadas entre ellas, que habitan en los márgenes, porque además son charnegas en medio de la Barcelona a la deriva del procés. Así, se las describe por su mayor o menor discapacidad y por sus rasgos físicos, insistiendo a veces en el tamaño de sus tetas o en el color de su pelo, sea rubio o pelirrojo. La autora logra diferenciarlas a fin de que cada una tenga no solo una voz propia, aunque Marga presta la suya, sino que también ocupen un lugar distinto e incluso muestren diferentes aspiraciones. De este modo, una escribe, otras declaran ante la jueza; Nati es la que más habla y la más feroz, con ella arranca la novela, marcando la pauta del discurso de la autora, pues es la única que ha tenido estudios superiores, mientras que Patri resulta más complaciente, al intentar beneficiarse de las migajas del poder tras convertirse en chivata. A ello habría que sumar el estilo y el tono, así como su demoledora crítica social, que deja en nada a esas narraciones poco complacientes, de nuevos nombres, que vieron la luz en lo que llevamos de siglo XXI.

A lo largo de la novela aparecen numerosas alusiones al título (y obsérvese la diferencia entre la efe minúscula del título y la mayúscula del método de escritura, al que luego aludiremos), aunque para el propósito del libro resulte más explícita la consigna en letras versales de la cubierta, en la estela de las negaciones anarquistas, en cinco –digamos— versos, encabezados por la negación ni, que reaparece en una de sus posibles variantes en un grafiti (p. 134): "Ni amo, ni Dios, ni marido, ni partido, ni de fútbol". Por su parte, las dedicatorias y citas iniciales anticipan el tono singular del relato.

Uno de los aspectos más interesantes de esta narración es su tratamiento del lenguaje, centro del ecosistema mental, pues cuestiona el léxico habitual de diversos grupos e ideologías, poniéndolo patas arriba, trastocando algunas creencias arraigadas mediante la parodia (véase la que hace de la metaliteratura en la p. 103) y la ironía, dos procedimientos retóricos que Cristina Morales maneja con habilidad. Así, recurre a lugares comunes y palabros del habla actual para cuestionarlos a través de la voz de sus protagonistas, como ocurre con los desdoblamientos (tipo vascos y vascas..., p. 29) o eufemismos; a la vez que se vale de nuevos conceptos, como bastardismo (versión no edulcorada de mestizaje) o bastardista de pasado bovarístico, macho facha, machas fascistas, la ley facha-macha, o redefine con sencillez otros conceptos clásicos, como alienación (“la identificación de nuestros deseos e intereses con los deseos o intereses del poder”, p. 28). Por no recordar el partido que le saca a los portés del ballet.

Así, el humor, sea de situación o de lenguaje, e incluso la utilización del sarcasmo, produce a menudo risa. Buena prueba es el capítulo 11 pues a través de la reducción al absurdo y la parodia, la historia resulta hilarante, demoledora (pp. 85-95). Por no hablar de los tropezones con las palabras, a la manera de Balzac, o de nuestro Marsé, de lo que puede ser buena muestra las vueltas que se le da a epifanía, para no llegar nunca a la palabra correcta (p. 120).

El caso es que la autora hace hablar a los personajes con todo tipo de lugares comunes, anglicismos, catalanismos, argentinismos, lo que le proporciona al relato una autenticidad poco habitual en la narrativa del presente. Así, por ejemplo, comenta Gari: “si consigo okupar voy a llamar a mi okupa 'centro okupacional' para recochinearme” (p. 46). Además, relata con –digamos— toda crudeza diversas relaciones sexuales, sobre todo en los tramos finales de la novela, refiriéndose a las partes más íntimas del cuerpo sin eufemismo alguno, sin que tampoco falten pelos en las tetas o en los sobacos de los personajes. Y, por último, convierte una escena trágica, el asalto de la policía a la casa okupada, en humorística, en el penúltimo capítulo.

La narración se compone de 29 capítulos sin numerar donde un relato tradicional convive con materiales de distinto tipo: el testimonio de una okupación, escrito por Jaén, puesto que Gari/Marga, quien lo protagoniza, es analfabeta; la escritura de una novela que tiene algo de diccionario –valiéndose del género Lectura Fácil— que Àngels escribe en Whatsapp, que a la manera teresiana tacha de “libro de mi vida”, no en vano la autora dedicó su novela Malas palabras a la mística española; las declaraciones de Patricia, Ángels y Nati en el proceso judicial para decidir si esterilizan a Marga, quien se niega a responder ante la juez; las actas de las asambleas en el Ateneo libertario de Sants; y un fanzine, escrito por Nati, en el que se cuestiona la denominada unidad de acción y lo que la autora tacha de discurso macho fascista neoliberal en relación con tres personajes reales: el escritor Juan Soto Ivars, la filósofa Carolin Emcke y Pablo Pineda, maestro con síndrome de Down, integrado en la sociedad.

La acción transcurre, casi toda ella, en Barcelona, y más en concreto, en un piso en la Barceloneta, en la plaza Carmen Amaya, tutelado por la Generalitat, donde viven las cuatro protagonistas; un centro cívico municipal, donde van a danzar; la casa ocupada por Marga, conocida como Gari Garay en el ambiente okupa; un ateneo anarquista o el juzgado. Gran parte de ello responde a situaciones o vivencias de la propia autora, igual que algunas de las ideas que expresan sus personajes, tal y como puede observarse leyendo las entrevistas que ha concedido.

La trama podría decirse que es sencilla: cuatro mujeres con discapacidad conviven en un piso, al cuidado de los servicios sociales, habiendo adquirido derechos y comodidades, conquistas sociales, a las que no estaban habituadas. El objetivo es que se integren en la sociedad y tengan una vida –digamos— normal e independiente, tras haber vivido en diversos colegios para niños subnormales y residencias para discapacitados. Todo ello según la lógica y las reglas que imperan en la sociedad burguesa, que la autora cuestiona, una veces con razón y otras, creo que sin ella. Marga, la más libre de todas, pero víctima entre las víctimas, quiere independizarse, por lo que okupa una casa (“okupar no es solo abrir y entrar, sino abrir, entrar y vivir dignamente”, p. 86), pero como las autoridades la consideran –en su ridículo lenguaje— una persona hipersexualizada, ninfómana, en plata (“Marga se baja a la calle, se sube a quien quiere a casa y se lo folla tranquilamente...”, p. 79), pretenden esterilizarla; a otra la encierran en un centro... En el fondo de todo lo que se cuenta está el afán de las instituciones por normalizar a quienes son diferentes, pero también —de manera más prosaica— el empeño por parte de aquellas que las tutelan o de los familiares que pudieran acogerlas, de administrar las pensiones que estas mujeres reciben.

Sea como fuere, las protagonistas desempeñan aquí el papel que hacían en la literatura clásica los locos y bufones, que se permiten decir lo que pensamos, aquello que no nos atrevemos a comentar por discreción o por temor a las consecuencias, desde el bufón de El rey Lear a Fuso negro, el personaje de las Comedias bárbaras, de Valle-Inclán, por solo recordar dos ejemplos relevantes. Ni el uno ni el otro balbucean, sino que razonan con lucidez. La autora, en cambio, se ha referido al idiota Benjy de El ruido y la furia, de Faulkner, al Azarías de Los santos inocentes, de Delibes, o a la novela de Millás, Tonto, muerto, bastardo e invisible. O dicho con las palabras de Marga: Nati habla “con toda la mala leche de retrasada que Dios le ha dado” (p. 116), pues siendo la que tiene un grado mayor de discapacidad, resulta la menos sumisa. Podría decirse, por tanto, que nos encontramos en la tradición de lo que Vázquez Montalbán llamó literatura subnormal, en su más reciente eslabón, aunque sin las dependencias ideológicas del escritor barcelonés.

Como ya se habrán imaginado, los temas de las historias son el trabajo, el sexo (la exaltación de todo tipo de relaciones sexuales, incluidas las lesbianas que se producen entre los discapacitados), la escritura, la política, la banalización posmoderna que relativiza las necesidades y la dignidad de las personas, mientras que al totalitarismo del Estado se le suma el del mercado. El cultivo de la denominada danza integrada (véase lo que se comenta, al respecto, en la p. 182) es el vehículo a través del cual se nos presentan muchas de las inquietudes de la autora, quien reparte estopa a diestro y siniestro, sin limitarse a la facilona y obvia crítica a la derecha, al machismo y a los comportamientos neofascistas, crítica –sin duda— muy necesaria, sino que apunta también contra Podemos o los Comunes, con Ada Colau a la cabeza, el presidente Sánchez, los independentistas catalanes, sobre todo la CUP (véase el desenlace del capítulo 16, p. 187 y 188), las Femen (“deberían llamarse Semen”, se dice, p. 23), los bohemios, el feminismo, que puede llegar a ser castrador, y a algunas feministas clásicas (Simone de Beauvoir o Simone Weil, p. 26), Marx, a quien califica de yayoflauta, o a los mismos okupas, y ya bajando mucho el listón a la cursi película Amélie, y todo el progresismo a la moda del día, en sus ribetes más ridículos y a veces menos cuestionados. Un buen ejemplo de todo ello es el capítulo 14 (pp. 121-143), que podría destacarse, con la perorata que Nati le lanza a Marga, al mundo, mientras están en el metro.

El caso es que desde Escuela de mandarines y La fea burguesía, de Miguel Espinosa, no recuerdo haber leído una crítica tan feroz del sistema, una enmienda casi a la totalidad, pues Cristina Morales pone el dedo en aquellas llagas que más nos duelen, confrontando la lógica y el léxico del poder con el pensamiento ácrata, y precisamente de ese enfrentamiento surge la carcajada. Así, mientras otros escritores pierden el tiempo lamiéndose las heridas con la narcisista autoficción, o con novelas policiacas o de ciencia ficción que ya nacen viejas, narraciones ambiciosas como esta se proponen desafiar los límites del gusto, además de las verdades establecidas, lo políticamente correcto, sobre todo por la izquierda, a quien cuestiona también por su paternalismo. En suma, llevando los razonamientos al absurdo para probar su falibilidad (p. 91 y 92), o convirtiéndolos en un diálogo de besugos, como ocurre en el que mantienen la jueza y Àngels. Me parece que esta narración lo cumple con creces, yendo un paso más lejos de lo que habíamos leído hasta ahora, saliéndose de lo previsto, de lo establecido.
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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