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El rincón de los lectores

Morir no es heroico, lo heroico es vivir

  • Los libros van y vienen, también en el propio ir y venir por sus libros de quienes los escriben. Es lo que ha hecho ese gran escritor que es José Ovejero con la novela publicada recientemente: Añoranza del héroe
  • La patria de la memoria es la escritura. Sólo lo que se cuenta rompe la barrera infame de lo que no se dijo. Sólo lo que se cuenta podemos decir que existió de verdad

Publicada el 08/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 07/02/2019 a las 22:33
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El madrileño José Ovejero gana con 'La invención del amor' el Premio Alfaguara

El escritor José Ovejero.

Alfaguara
Podía decir solamente que se sentía más lejos que en su juventud de aquello que había querido ser, si es que en realidad lo supo alguna vez.

Robert Musil, El hombre sin atributos

Tengo delante la edición de 1997. Han pasado más de veinte años desde entonces. Los libros van y vienen, no sólo de unos a otros ojos lectores, sino incluso del propio ir y venir por sus libros de quienes los escriben. Es lo que ha hecho ese gran escritor que es José Ovejero con la novela publicada recientemente: Añoranza del héroe (antes en Destino, ahora en Galaxia Gutenberg). Ha eliminado el autor algunos pasajes y creo que gana, con ese vaciado, en el ritmo a ratos sosegado y frenético en otros que impone al relato.


  El relato tiene como protagonista a un personaje de nombre Neftalí Larraga, acompañado de otros secundarios que podrían ponerse a su mismo nivel: las dos mujeres de su vida, Amparo y Fermina. El relato es también —tal vez sobre todo— la historia de una indagación, aunque esa indagación quede medio oculta en las peripecias incontables del personaje principal. Las casas, después de las guerras perdidas, se quedan en silencio. No sé cuántas guerras ganó o perdió Neftalí Larraga. Primero luchó en Cuba contra la dictadura de Machado. Después se fue a España y estuvo al lado de la República. La derrota lo devolvió a su Cuba natal cuando Batista ejercía su dictadura mientras en las montañas cundían las primeras llamas de la revolución. Y al final, la pregunta de Ramón, uno de sus nietos: “¿Qué quedará de esos años, de esas vidas, de todos esos recuerdos?”. Quedará poco, porque las derrotas no dejan recuerdos a su paso. Seguramente huecos imposibles de llenar porque cuando podemos recordar ya es demasiado tarde para recordar nada. Lo dice el mismo Neftalí Larraga. O lo piensa: “De pronto le pareció que la existencia era tan sólo una sucesión de derrotas y renuncias”.


Por eso, como se cuenta en otro de los pasajes de esta novela excelente: “Y me dices que estás escribiendo un libro sobre tu papá. Tienes razón, esas historias hay que escribirlas. Porque si no la gente luego se olvida. Y es una pena, tanta lucha, para que luego nadie lo sepa”. La patria de la memoria es la escritura. Sólo lo que se cuenta rompe la barrera infame de lo que no se dijo. Sólo lo que se cuenta podemos decir que existió de verdad, aunque a veces lo que se cuenta se llena sin el menor pudor de las más infames imposturas. Duda el propio Neftalí Larraga de su papel en el mundo. Porque sabe —y sabemos con él— que sólo las dudas, aquello que siempre sabremos a medias con certeza, nos hace mejores. Ya al final de la novela, la propia reflexión de Larraga en sus últimos respiros: “… le pareció que la vida que había vivido no era la suya, sino la de alguien que se había inventado”.

En medio del principio y el final, los viajes por dentro de sí mismos de los personajes, unos personajes construidos como toca ser construidos los buenos personajes y no como ese cartón piedra que los convierte en estatuas anunciando algo en los grandes almacenes. La mujer, Amparo, que se quedó en España con su hija, esperando el regreso del marido Neftalí Larraga, sabiendo en el fondo que los regresos son imposibles cuando los sitios donde vivimos los abandonamos a la fuerza. Por eso, esta magnífica novela es también la historia de una espera, de esa esperanza que después de las derrotas no acaba de perderse nunca. Y en el lado de allá, cruzando los mares que nunca serán los del olvido, Fermina, la mujer pegada a las radionovelas, la mujer que recibirá al hombre como recibía la gente de la playa al ahogado más hermoso del mundo, contada su aventura por García Márquez en uno de sus relatos mejores, para mí, al menos, de los más imprescindibles.

“En una revolución se triunfa o se muere”, escribía el Che a Fidel Castro en su despedida, cuando se va a Bolivia para proseguir allí su revolución internacionalista. Lo sabe y ahí entra también Neftalí Larraga con su compromiso revolucionario. Pero será precisamente esa experiencia revolucionaria la que aconseje a una juventud que ve la revolución como un mito: “Morir no es heroico. Lo heroico es vivir”. Las muchas vidas de Neftalí Larraga, podría ser también el título de esta novela que llega de aquella otra que José Ovejero publicó, con el mismo título, hace más de veinte años. Lo dije al principio: si ha cambiado algo, ha sido para mejorarla en algunos aspectos. La lectura siempre es algo subjetivo, faltaría más. Las buenas novelas son las que te dejan más incertidumbres que certezas, las que se abren a interrogantes que a lo mejor no encuentran respuestas y te obligan a buscarte la vida con la dureza a que te someten las derrotas. El final de Añoranza del héroe son cuatro líneas estremecedoras. Yo acabo con unos versos del poeta cubano Roberto Fernández Retamar que me vienen bien por aquello de las preguntas que tal vez se queden sin respuesta: “Nosotros los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida?”. Y un poco más adelante del poema: “¿Sobre qué muerto estoy yo vivo?”.
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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona (Piel de Zapa, 2018).

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