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Los diablos azules

'Una' antología

  • En vez de reducir el poema a un objeto de rápido consumo emocional, Andújar antologa poemas que son una experiencia de lo otro inagotable en su consumo
  • Esta es una propuesta de una docena de voces valiosas que enriquecen el panorama literario español al abrir la grieta imaginativa y la sospecha intelectual 

Publicada el 15/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 14/02/2019 a las 19:49
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Una antología. Así se subtitula Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI, que reúne a doce poetas nacidos entre 1971 y 1985. Podríamos pensar que, claro, toda antología es una. José Andújar Almansa, no obstante, explicita porque sabe bien que el género escogido enciende debates en el panorama literario español. Si lo antológico lleva dentro la inextirpable semilla de lo canónico (y así de lo político), entonces esta antología quiere ser un canon entre otros. Porque el canon no es único, no es el: ¿qué lector no compara, valora y categoriza lo que lee en un canon interior? La antología se lleva por dentro. Frente a una noción estatuaria del canon, el artículo indefinido de Andújar Almansa otorga fluidez a lo antológico. Entiende que hay otras antologías posibles y pretende con la suya no crear una norma, sino una nómina que dialogue con el canon personal de quien se acerque a ella, en parte para confirmarlo, en parte para cuestionarlo y plantear otros nombres.

  En el prólogo, Andújar Almansa analiza los posibles rasgos que comparten un conjunto de poetas cuya obra comienza a desarrollarse, en general, en la primera década de los dos mil. El antólogo aprecia en este momento poético coordenadas parecidas a las que señalan en sus prólogos-estudios Rafael Morales Barba o Luis Bagué Quílez. Una estética discontinua e incómoda opera su tarea fragmentadora en distintos niveles: en la narración de la vivencia, la referencialidad del discurso, el registro de la voz, la imagen, la forma estrófica, el sentido del poema, la realidad, el yo. La estética es coherente: todas estas continuidades se rompen en cuanto se problematiza su argamasa, que es el lenguaje, denunciando así la naturaleza textual de ciertas esencias. La ironía y la inteligencia deshabitan (“deshabitados” llamó a sus contemporáneos el antologado Juan Carlos Abril) los centros sobre los que se construye cierta tradición realista que recientemente ha sido hegemónica. Algunos de estos poetas se emparentan con el balbuceo de Celan, la parataxis de Ashbery y Eliot, la elipsis que entrevé la grieta “arracional” en lo personal y lo social, la disolución y reconstrucción imaginativas y neosimbolistas del mundo, ya nunca sólido, y un montaje brusco, de raccord abrupto y castigado.

Todo ello genera una experiencia estética próxima a la extrañeza y, por qué no, al Stoss (sacudimiento) que propugnan las estéticas de Heidegger y Vattimo. Incluso podría remitir a la estética negativa de Adorno, en un intento de buscar marcos teóricos desde los que interpretar estas poéticas. El efecto es el desalojo de la comodidad cotidiana del yo, la problematización de su situación de individuo en el capitalismo tardío. Para ello, el poeta no produce un texto rápidamente consumible, donde el lector vive vicariamente una experiencia, se reconoce en la voz poética y por tanto se afirma como lector y consumidor. Todo lo contrario, erige un poema que es casi un otro, una otredad que nos amenaza o que nos reivindica como sujetos y no como consumidores, según sea el poeta freudiano, unamuniano, levinasiano, marxista…Hay para elegir, que es un grupo vario.

Esto, sobre el papel. Pero los poemas, naturalmente, escapan a cualquier generalización y dejan oír una voz propia en una antología que no puede ni debe ser coro. La inteligencia lírica de Erika Martínez erosiona los límites lingüísticos y corporales que nos comprehenden ( “Cortarte las uñas te modifica existencialmente” y también “En inglés isabelino llamaban nothing a lo que ellas tenían entre los muslos”) , pero Abraham Gragera advierte de la lentitud de la inteligencia (“Aún es pronto, demasiado pronto para el ojo, pero tarde, muy tarde para el pensamiento”), y la inadecuación de las palabras y la razón para explicar la vida (“Por qué es difícil escribir, por qué no basta / el simple amor porque las cosas sean”). Con este vitalismo conecta un poeta como Rafael Espejo, con una poesía que piensa y abraza la corporalidad, aunque Miriam Reyes a veces encuentra el refugio del cuerpo amargo y tenebroso, “difícil no tener miedo en ti / cuando llega la noche y todo es aullido”). El ascetismo afila las imágenes de Josep M. Rodríguez (véase el poema “Yo, o mi idea de yo”), dotadas de una contundente limpieza, pero Antonio Lucas deja que fluya su mundo interior en magma y música, cercano al surrealismo. Si Juan Manuel Romero contempla los objetos en busca de un sentido a tanta vida (“Los hechos son un despertar oscuro”), la poesía de Mariano Peyrou empuña el anacoluto como un martillo que deconstruye la sintaxis del mundo y Juan Carlos Abril ensaya el hermetismo. En cambio, la  deconstrucción en la poesía de Elena Medel es cultural: encuentra las grietas por donde empiezan a resquebrajarse nuestras formas de vida actual. Incluso el uso de la ironía diverge: en Carlos Pardo, la ironía es introspectiva y especular, desvencija la identidad, eclipsa o fractura el simulacro del yo y, con él, el de la realidad. Juan Andrés García Román, por su parte, profundiza en una ironía heredera del romanticismo, es decir, una ironía que es la constante parábasis de lo sublime y los tropos que lo fabrican, y allí donde Hegel diagnosticó la muerte del arte, García Román levanta un ludismo asociativo intensamente poético. Sirvan estos ejemplos para subrayar la singularidad de los autores reunidos y evitar caer en la generalización de anteriores panoramas, como bien advierte el propio Andújar Almansa.

En definitiva, Andújar Almansa realiza una propuesta de una docena de voces valiosas que, en su mayoría, enriquecen el panorama literario español al abrir la grieta imaginativa y la sospecha intelectual en el monolito del realismo y el silencio, en sintonía con poetas un poco mayores en edad como Álvaro García, Ada Salas, Esperanza López Parada, Luis Muñoz o Lorenzo Plana. Su gesto desafía a una ¿poesía? más joven y esperemos que sólo por juventud más ingenua, que asume fe candorosa en la solidez del mundo, del yo y de la palabra. Salvo contadas excepciones, los medios, y sobre todo las redes sociales, han traído a la poesía poco hipertexto y mucho realismo sentimentaloide, poca navegación en la fluidez digital y mucha linealidad del poema recitado en Youtube, mucha intimidad aireada pero poco consciente. Por eso, la propuesta de estas doces voces es de radical actualidad y necesidad, esperando que se me perdone el incurrir en este tópico crítico. En vez de reducir el poema a un objeto de rápido consumo emocional, de lectura efímera como una entrada de red social (y ya se sabe que si no hay imagen, no hay lectura en Facebook), José Andújar Almansa antologa poemas que son una experiencia de lo otro inagotable en su consumo, precisamente porque lo otro personal, social o lingüístico, es difícil e indeterminable.
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Sergio Navarro es filólogo y poeta. Su último libro, Una imagen imposible (Pre-Textos, 2018), ha merecido el Premio de Poesía Joven RNE.

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