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El rincón de los lectores

Fiebre alta

  • Poeta, narrador, articulista y músico, Sergio Algora (1969-2008) alienta en su vitalismo poliédrico un deseo de esclarecer la incoherencia y el caos
  • Cualquier itinerario creador evoluciona: poco a poco, la voz inaccesible del comienzo moldea una expresión más natural, con un sentir más nítido

Publicada el 15/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 15/02/2019 a las 13:14
Poeta, narrador, articulista y músico, Sergio Algora (Zaragoza, 1969-2008) alienta en su vitalismo poliédrico un deseo de esclarecer la incoherencia y el caos. Murió muy joven. Cuando no había cumplido todavía los cuarenta años y era un referente esencial de la música indie, como miembro de grupos como El Niño Gusano, Muy Poca Gente, o La Costa Brava. Su obra poética, a trasmano de los idearios generacionales figurativos, apenas tuvo repercusión entre el gran público. Encarnó al poeta de minorías y, por ello, era necesaria la recuperación del corpus lírico completo, abordaba por Ana Toboso y Pedro Gascón.

En Celebrad los días se agrupa la cosecha lírica desde su carta de epifanía, Envolver en humo (1994), hasta el libro inédito Invierno, en cuyo desarrollo orgánico trabajaba todavía. Un abanico de entregas que nos deja el aporte total de una poesía que arranca en el surrealismo y deriva en el tiempo hacia una voz expresiva singular, que casa mal, con las habituales etiquetas críticas. El demorado prólogo es brújula esencial para abordar la propuesta magmática. No es un poeta dialogal; su lírica nocturnal desazona, deconstruye juicios sedentarios, deja el significado en la penumbra. Es un escritor con fiebre alta. Ana Toboso y Pedro Gascón  recorren la vida creativa en cada uno de sus títulos y apoyan las incisiones críticas con las reseñas generadas en el momento; de este modo, se construye un paisaje diacrónico que baliza el itinerario y permite entender lo complejo. El liminar deja otra certeza, el nítido conocimiento de los editores del movimiento musical indie y de la discografía de grupos minoritarios que componen la textura sonora de esas décadas, un compendio de datos inalcanzable, de fuerte sugestión, que así logra permanencia.

La carta inicial del poeta muestra una plena adhesión al surrealismo. El significado se vela para dar paso a un decir cuajado de imágenes oníricas, hecho de perturbador expresionismo. Los poemas deambulan por un hermetismo oscuro, por una incitación a lo abismal que contempla un mundo aleatorio y subjetivo del que solo es partícipe la conciencia del sujeto. La poesía recuerda un juego hipnótico que abre angostos pasadizos hacia la noche de los significados. La escritura protagoniza un largo viaje endogámico que no busca el sol claro del entorno exterior sino un líquido amniótico, una matriz tibia que crea el ámbito de otra identidad. Pero esa identidad tiene un peculiar sentido, como se vislumbra en los poemas finales de Paulus e Irene: “La anormalidad como un cambio de tiempo, espacio, intensidad, imagen de uno mismo y equilibrio”. El ser no es el modelo gregario del tedio social, es el ser único, el que contradice la norma y acentúa su diferencia, el que es capaz de convertir el amor es un combate y no en un abrazo; ese yo distinto nunca permeable a la costumbre.

Cualquier itinerario creador evoluciona en el tiempo y decanta recursos expresivos; poco a poco, la voz inaccesible del comienzo moldea una expresión más natural, con un sentir más nítido y despojado. Los poemas adelgazan y se alejan del cauce simbólico; cobran una expresividad más directa y comunicativa. Así sucede en los textos de Otro rey, la misma reina (2003), donde el sujeto verbal adquiere nuevo aliento, con mayor presencia de la experiencia biográfica. El poso existencial se hace materia de indagación y discurso para abordar también la razón del poema, ese sentido metaliterario que busca interpretación a lo contingente.

Las últimas entregas dan voz a un figurante despojado de cualquier epidermis heroica, proclive a la errancia y la contradicción que vive la palabra como una tarea que define lo inexpresable. En su interior se guardan los fragmentos de la memoria y las desgarraduras de un intimismo trascendido. Así se percibe en el libro inédito Invierno (2008) cuyos textos muestran una poesía más descriptiva y testimonial, a través del poema en prosa. Como si el yo poético  escuchase el rumor de “el invierno en las venas, helando las alcobas de la sangre” el tono se hace reflexivo y trágico. Los editores añaden como coda final materiales difundidos en el entorno digital, como ese último poema, que el autor subió a su blog personal solo una semana antes de su fallecimiento.

Sin claros en el bosque, Sergio Algora proclama el convencimiento de que la poesía siempre está signada por lo experimental; por eso busca la transgresión de formas y contenidos y una expresión léxica de impacto, capaz de acoger en su discurso al visceralismo al definir una existencia en lo sombrío. Sus núcleos preferentes son la inquietud, la soledad y la muerte, porque en ellos se impregna el intimismo más profundo. Las palabras no callan. Cuentan todo, suenan en el silencio para convocar también la ausencia, para que la voz no sea pasado y vuelva, sea ahora y regreso.
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José Luis Morante es poeta, ensayista y antólogo. Su último trabajo es la edición Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren (La Isla de Siltolá, 2018).

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