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El rincón de los lectores

Desde lo machadiano

  • A estas alturas nadie puede negar la popularidad de Machado en los vaivenes de nuestro tiempo, pero, ¿ha tenido su literatura el mismo grado de conocimiento?
  • El poeta ha dejado de servir a la dimensión real de su poesía, de la misma manera que lo machadiano se ha convertido en un comprendido de representaciones

Publicada el 22/02/2019 a las 06:00
De izq a dcha, Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald, Luis Marquesán, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Joan Ferraté en Colliure, ante la tumba de Antonio Machado.

De izquierda a derecha, Carlos Barral, Caballero Bonald, Luis Marquesans, Gil de Biedma, ,Ángel González y Juan Ferraté, junto a la tumba de Antonio Machado, en Colliure.

Yvonne Hortet
Este viernes, 22 de febrero, se cumplen 80 años de la muerte del poeta Antonio Machado en el exilio, en la localidad francesa de Colliure. En homenaje al escritor, y con motivo también del tributo que el Gobierno le brindará el 24 de febrero —con una visita a su tumba, la primera de un presidente en ejercicio, como a la de Manuel Azaña en Montauban—, dedicamos un número de Los diablos azules a su memoria. 
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A estas alturas nadie puede negar la popularidad de Antonio Machado en los vaivenes de nuestro tiempo, nadie ignora los asuntos que marcaron su vida y su terrible muerte en el exilio en Colliure, pero, ¿ha tenido su literatura el mismo grado de conocimiento? O dicho de otro modo, ¿ha sobrevivido con el paso de los años en las expectativas de los lectores y los escritores?

Tengo la sensación de que con don Antonio hemos vivido la conversión de un excelente poeta en una figura de cera como referencia de un tiempo hostil, de una historia difícil y de unos episodios amargos. Y digo esto porque creo que, salvo la lectura y relectura de algunos conocidísimos poemas y algunos aforismos del Juan de Mairena, la honda literatura machadiana, que en su momento sirvió para abrir espacios a los vientos de la generación del 50 en España y a la puesta en marcha, después, de esa “otra sentimentalidad”, por poner algún ejemplo, ha quedado en suspenso.

Esa figura de cera que supone Antonio Machado ha dejado de servir a la dimensión real de su poesía, de la misma manera que lo machadiano se ha convertido, a mi juicio, en un comprendido de representaciones, más o menos festivas, de la figura real del poeta.

Rescatar a Machado en nuestros días debería ser, además de una necesidad vinculada a su ferviente afán por descubrir espacios para la comunicación (“lo que pasa en la calle”), una actitud que tuviera que ver con una aproximación a lo que podríamos llamar “literatura verité” como un hito desde donde parte, por ejemplo, la limpieza del lenguaje, el ritmo, la Naturaleza y su provisión necesaria para la escritura, pero también un compromiso real con las palabras, con sus hondas trayectorias de conocimiento. Porque lo machadiano tiene esa necesidad de argumentar desde un lenguaje donde la verdad es la única razón posible, pero que esconde el trabajo del poeta.

Y no es que la poesía actual esté exenta de verdad, sino que carece de las medidas formales de lo machadiano, de la estructura intelectual de lo poético como la prueba inequívoca de que para comunicar de manera eficaz es necesario un largo trabajo de adecuación del verso a esa comunicación. Y nos falta decantar las sensaciones y los sentimientos como paso necesario para comunicarlos.

No en vano la literatura de Antonio Machado ha ido impregnando a los poetas nacidos a la poesía en décadas pasadas, con un largo aliento que daba firmeza a los versos que surgían del seno de generaciones ya pasadas, con una argumentación desde esa decantación que estaba muy alejada de la prisa, que era puro trabajo de análisis y también de autentificación de lo analizado, pero que, ahora, no llegan a calar en los principios, si es que los hubiera, de una nueva literatura alejada ya de esta idea de lo machadiano. Y no hablo de estancarse en la tradición, sino de crear desde su poso.

De ahí que uno opine que don Antonio ha llegado para quedarse, no como un compendio formal de su propia literatura, sino como una figura de cera que exhibe su notoriedad sin saber muy bien desde dónde.

Los ejemplos de la utilización de su figura surgen, más en los últimos años, por todas partes, de uno y otro signo político, desde postulados tan alejados a la idea que poblaba la mente del poeta como cercanos a su filosofía, desde reivindicados en amplios foros como aludidos en espacios puramente literarios. Machado se ha convertido en marca para abandonar su espacio real.

Pero además de esto, me quedo con la sensación de no haber llegado a interpretar lo machadiano más que como una justificación no demasiado intelectualizada, como mirada desde la utilización que, siempre en España, se le ha dado a las figuras que han ido poblando nuestra literatura sin atender, necesariamente, al esfuerzo que fueron poniendo en argumentar, desde ese mismo afán de lo literario, sus propios asuntos de vida.

Ahora que celebramos a Antonio Machado no estaría de más hacer una revisión de la manera en que estamos dejando que llegue, o impidiendo que llegue, la tradición que nos ha forjado como ciudadanos, como personas o como lectores. La responsabilidad es solamente nuestra.
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Javier Lorenzo Candel es poeta. Su último libro es Apártate del sol (La isla de Siltolá, 2018).

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