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Los libros

El huracán y el silencio

  • De aliento borgeano, María Gainza hace del humor inteligente, el juego y la conjetura sus aliados, y les añade una rara habilidad para la imagen poética
  • El título, La luz negra, es ya un alineamiento, y no solo porque la novela se nos plantee como detectivesca para luego saltarse los cánones del género negro

Publicada el 15/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 14/03/2019 a las 19:29
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La luz negra
María Gainza

Anagrama
Barcelona

2018

 
  No era fácil lograrlo con una primera novela, pero la argentina María Gainza conquistó un espacio propio con El nervio óptico (2013), publicada en España por Anagrama en 2017. En ella se saltaba las convenciones del género para proponer una historia fragmentaria, poblada por artistas y cosida por una narradora mercurial –en sus propios términos– que se desliza cómplice por las rendijas de su libro y nos lleva de la mano, embelesados, a través de sus páginas. La autora, que se dedicó a la crítica de arte durante muchos años, regresa con La luz negra a ese espacio que tan bien conoce, y nos vuelve a ofrecer una novela original y seductora, tan de agradecer en este tiempo dominado por recetas literarias –comerciales y uniformadoras– que neutralizan los poderes de la imaginación y nos condenan a una narcótica banalidad. De aliento borgeano, su escritura hace del humor inteligente, el juego y la conjetura sus aliados, y les añade una rara habilidad para la imagen poética. Con ellos teje una historia que para cautivarnos no necesita truculencias, morbos, escatologías ni modas al uso. Y es que la moda no hace camino, y se hace preciso más que nunca hacer camino, en medio del ruido mediático que hoy nos ciega.


La luz negra nos cuenta la historia de una búsqueda, desde la mirada de una narradora que se encierra en un hotel a escribir, para así practicar un modo de exorcismo contra el dolor y la soledad que la aquejan tras perder a un ser querido. Nos habla de la oficina de tasación de cuadros en la que ha trabajado, y en la que se evidencia la perversión de una sociedad dominada por la codicia. Allí conoce a Enriqueta Macedo, su mentora, una mujer que tiene “ojo de halcón” para el arte y que la conducirá por el submundo de los falsificadores. Su principal herramienta de trabajo es una linterna de leve luz azul que usa para examinar los cuadros, la llamada luz negra, que se convierte en un hilo conductor latente en la novela. Macedo es un personaje magnético, capaz de disertar sobre pintura sin academicismos ni artificios –de esa manera íntima y amena que es el distintivo de la propia novelista–, y de ella aprende que la falsificación puede ser un arte, y que lo escandaloso o diabólico es tal vez el propio mercado, que incita a la picaresca –o la travesura contra la ignorancia burguesa–, porque es justamente el poder el gran enemigo de la creación artística.

Las fugas narrativas que practica Gainza nos van llevando de un lugar a otro, sin distracciones, en la indagación sobre personajes involucrados en la trama, como la Negra, una falsificadora solitaria y destructiva –“hada oscura”, “un poco bruja”– que tiene el talento siniestro de entrar en almas ajenas, o la Banda de Falsificadores Melancólicos, una especie de comuna de artistas extravagantes y marginales, que cuando pueden timan a los ricos al más puro estilo de Robin Hood. Conocemos así retazos de una historia, percepciones y conjeturas sobre personajes evanescentes, que el talento de Gainza desgrana ante nuestros ojos con curiosas propuestas; por ejemplo, al proyectar en mosaico los momentos de un juicio, o al presentar –a partir de los objetos de un catálogo– la historia secreta de la pintora Mariette Lydis, por la que pululan nazis, poetas desconocidos, magnates o adictos a la metadona.

La elegancia, la gracia y las sutiles ráfagas poéticas que cruzan sus páginas componen un texto donde la proliferación de alusiones culturales no resulta incómoda o artificial: los artistas de la novela se nos hacen cercanos, cálidos, y se entreveran de manera natural con otros que ya conocemos, como Wilde, que hace de la mentira un método posible; o Rajmáninov, que tiene siempre pistachos a mano para espantar el miedo; o Prokófiev, que no tuvo flores en su tumba porque todas fueron para el funeral de Stalin. Entre esos nombres hay igualmente retazos del cine o la música de nuestro tiempo, como la mirada de Daryl Hannah en Blade Runner, o algún verso de Bob Dylan. Toda esa familiaridad convive con la sonrisa burlona (“respiró fuerte, un poeta diría que suspiró”), y convive, también, con el mecanismo contrario, es decir, el extrañamiento de lo cotidiano; así, por ejemplo, las mujeres de un psiquiátrico se clasifican en dos tipos, “las de ojos que brillan y las de ojos que se apagan. El timbre de sus voces es metálico, como si estuvieran hablando adentro de una regadera”.

El título –La luz negra– es ya en sí un alineamiento y una clave de lectura, y no solo porque la novela se nos plantee como detectivesca para luego saltarse los cánones del género negro. Imposible no sentir en esa “luz negra” el llamado del pozo de sombra donde se escucha aún a Nerval –su “sol negro de la melancolía”–, y a Alejandra Pizarnik, o a Blake, explícitamente nombrado porque sus cuadros son idolatrados por Macedo. Es decir, esa luz se asocia a los militantes del partido del ángel caído –el sol negro– a la manera de Milton, aquel que gritó contra el dogma: no te serviré, non serviam. En esa clave, leemos: “la belleza es tan endiabladamente seductora que a veces se confunde con cuestiones morales”; “mis manos temblaban como si el diablo se hubiera apoderado de ellas”. Ese rastro surca el libro desde el título hasta el final: los ángeles conviven con los demonios en el cementerio contemplado por la narradora desde su ventana, mientras lo oscuro domina en ese mundo fantasmagórico de las falsificaciones y los autores negros o ghost. Y esa herramienta llamada luz negra se convierte en emblema de la propia acción de novelar, que no es más que una exploración o iluminación de lo oscuro: “he notado que una no escribe ni para recordar ni para olvidar, ni para encontrar alivio ni para curarse de una pena. Una escribe para auscultarse, para entender qué tiene dentro”. De ahí la cualidad balsámica del arte, de la creación: “hay un lugar dentro del huracán donde todo es silencio”.

María Gainza se sitúa –desde su propia individualidad– en la estirpe de Borges y sus invenciones, y también de Rodolfo Wilcock y su sinagoga de los iconoclastas; ambos a su vez se adentraron en la propuesta de Marcel Schwob y sus vidas imaginarias: todos ellos fabulan sobre lo biográfico, con un juego heterodoxo que entrevera lo ficcional y lo verdadero para poner en tela de juicio la infalibilidad de la Historia. Al fin y al cabo, verdad y poder siempre van juntos, y eso no puede dejar de activarnos los mecanismos de la sospecha y la duda. En palabras de Gainza: “como si la verdad fuera la gran cosa y no simplemente un cuento bien contado”; “tal vez la realidad sea siempre demasiado ruin para que quede constancia de ella”.

La autora incide en un gesto frecuente de nuestro tiempo, en el que se suceden las novelas cruzadas por artistas y escritores. Por poetas, en el sentido griego antiguo, es decir: creadores. No parece vano recordar ese detalle. Entre los que han cultivado el género están autores que pueblan sus libros con ellos –como Bolaño, Vila-Matas o Vicente Valero–, y los que se han centrado en alguno para rendirle homenaje –que puede incluir profanaciones, por qué no–; así, Valeria Luiselli encuentra al fantasma de Gilberto Owen en un andén de metro, Jordi Soler arma un viaje delirante tras las huellas de Antonin Artaud, y Álvaro Enrigue pone a Quevedo a jugar al tenis con Caravaggio. El gesto, por lo demás, no se da solo en las narrativas hispánicas; piénsese en Coetzee y su tributo a Dostoievski con El maestro de Petersburgo, o en el barrio de escritores de Gonçalo M. Tavares. En este tiempo en que el algoritmo –como apunta Constantino Bértolo en El sentido del rencor– es la nueva ideología y por tanto el nuevo poder, el arte es su contrapoder. Y es más que eso: es un modo de oasis, y una afirmación de humanismo que nos redime en medio de la barbarie tecnológica. Ahora que el futuro es un concepto tan devaluado, nos queda, más que nunca, la palabra. Cuestionadas las ideologías y las religiones, negada la utopía y agostadas las variaciones distópicas, la propuesta es un regreso y una fundación. Una utopía nueva y muy antigua, donde se refugian aquellos poetas que ya fueron expulsados por Platón de su República. Ese lugar ideal existe, lo forman todos esos hacedores que nos acompañan como dioses tutelares. Nos recuerdan el poder de la escritura como exorcismo del dolor, o el encanto de la búsqueda de futuro con su luz negra. La luz negra de la tinta: de la palabra.
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Selena Millares es escritora. Su último libro publicado es La isla del fin del mundo (Barataria, 2018).
 
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