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Los diablos azules

Alba Carballal: "En España se ha visto el humor como un género menor"

  • En Tres maneras de inducir un coma, la escritora le da una vuelta de tuerca a la comedia policiaca con claros referentes a Eduardo Mendoza
  • En esta primera novela, Carballal mezcla tipos literarios del noir con referencias a la cultura popular y un camp patrio entre Mendicutti y Almodóvar

Publicada el 22/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 21/03/2019 a las 19:45
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La escritora Alba Carballal.

La escritora Alba Carballal.

Agencia Dospassos
En una solapa de Tres maneras de inducir un coma (Seix Barral), se leen las palabras de Eduardo Mendoza: "Es estimulante descubrir una voz tan solvente como la de Alba Carballal, que se adentra en el peligroso territorio del humor con armas y bagaje". Más abajo, Antonio Muñoz Molina habla de su "brillante literatura" y su "mirada ácida y crítica sobre la realidad del presente". En la otra solapa, se nos dice que la escritora a la que ambos halagan nació en Lugo en 1992 y que esta es su primera novela. Carballal estudió Arquitectura y fue ajena al mundillo literario hasta que logró, con el apoyo justamente de Muñoz Molina, una beca en la Fundación Gala, en Córdoba. A Mendoza no lo conocía personalmente cuando la editorial le envió la novela. En redes, apenas colecciona un puñado de seguidores. Es una debutante en sentido estricto. Pero ahí está. 

Y ahí está Tres maneras de inducir un coma, una novela que es también un homenaje confeso a la literatura mendoziana —un personaje le roba, incluso, el nombre al novelista—, particularmente a su detective sin nombre. Pero Carballal adereza el género policial, ya retorcido por el Premio Cervantes de 2016, con unos ingredientes de su cosecha: cultura popular, televisión, guion cinematográfico, y un cierto aire camp que se puede asociar al universo Almodóvar. Aquí el detective es un hombre torpe, perezoso y, por momentos, obtuso, sin oficio conocido e inquilino de su madre pese a haber entrado ya en la madurez, que sin embargo se considera un astuto espía. El investigador aficionado incluso pierde en este libro el monopolio de la narración, y se le opone el personaje de Natalia, una mujer trans que no deja títere con cabeza y cuyo conflicto familiar mueve toda la trama. 

Pregunta. ¿Desde el principio tuvo claro el juego con la novela de detectives mendoziana?

Respuesta. Yo pensé que iba a ser otra cosa. Empecé casi apropiándome de lo que hace Eduardo Mendoza. Destripando lo que hace, diseccionando, viendo cómo lo hace para que salga algo tan espectacular. Es un ejercicio de apropiación, luego ya en seguida te despegas. Es verdad que empezó como una aventura muy mendoziana, pero luego ya empezó a írseme de madre, empezaron a salir otras voces, empezaron incluso a diluirse los géneros literarios, y terminó siendo esya cosa un poco Frankenstein que ha acabado siendo la novela. Pero es verdad que el germen es esa perversión de lo que hacía Eduardo.

P. El personaje de Fede es quizás el cliché más reconocible: el detective inútil.

R. Es una mezcla entre el pícaro —aunque los pícaros son mucho más inteligentes que Federico— y el bufón. Es una mezcla de esos dos tipos literarios, traídos al siglo XXI para que funcione.

P. ¿Esa actualización viene también de una nueva mirada sobre ese cliché? ¿Se le ven las costuras?

R. Puede ser. Federico es un tío cuyo discurso parece muy ordenado, muy sólido por la forma que tiene de hablar, que es muy pedante, muy académica. Y sin embargo es un personaje que tiene una mirada más amplia de lo que pueda parecer: es muy volátil, se deja llevar, es conformista… De pronto es capaz de ser lo suficientemente abierto como para estar absolutamente fascinado por una mujer transexual, que a priori no encajaría en su prototipo soñado. Es un personaje veleta para bien y para mal. La vida y los demás personajes le llevan, pero está dispuesto a nuevas posibilidades. Eso quizás le diferencia de otros personajes que se han hecho antes y que pueden ser parecidos.

P. Aquí aparece una segunda voz que complementa el relato del protagonista. ¿Es una forma de alejarse de la novela de detectives, que suele utilizar una primera persona canónica?

R. Es otra primera persona, que tira más hacia el monólogo interior, y como la voz de Natalia es tan particular, choca mucho con la de Federico. Igual que él es muy académico, muy pedante, muy ordenado, Natalia es explosiva: en un mismo párrafo dice una cosa y la contraria y se queda tan ancha, y además no tiene la sensación de estar contradiciéndose. Ella fluye. Pero así somos las personas, yo reivindico mucho este derecho a la contradicción. Parece que en este tiempo de blancos y negros que vivimos está muy mal visto contradecirse, y yo creo que es muy sano. Me gusta mucho la frase de Emil Cioran: “Solo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada”. Está muy bien eso de quitarse la razón a uno mismo en un momento dado, y eso es algo que Natalia hace estupendamente.

  P. ¿Por qué consideraba necesaria esa segunda narradora?

R. Por eso digo que se transforma la novela: Natalia estaba como personaje, pero no como narradora. Me di cuenta de que necesitaba contar la historia desde otro sitio, porque esta historia es polifónica, y quizás sea en eso en lo que más se diferencie de las aventuras del detective sin nombre de Eduardo Mendoza. Eduardo se puede permitir perseguir siempre al mismo personaje porque es de manera muy evidente el centro de la narración. Yo construí la novela desde otro sitio, de tal forma que el personaje principal no es el que narra la acción, o no solo. En un momento dado la narración me pidió que hubiese otro punto de vista, y la forma más honesta de hacerlo es dándole voz a ella, que era la que tenía que contar cosas. Esto, llevado al extremo, desemboca en ese final deslavazado que tiene la novela.

P. Con la entrada de Natalia llegan también otros referentes que no son los que relacionaríamos con esa novela de detectives. Se cita de inmediato el monólogo de la Agrado en Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar…

R. Sí, Natalia tiene mucho que ver con Almodóvar, quizás no solo con sus películas, sino quizás con el Patty Diphusa, que es algo quizás más literario, con Eduardo Mendicutti —escritor al que aprovecho para recomendar a todo el que no lo haya leído, porque es maravilloso—, con Nazario, con Ocaña, con estos referentes sevillanos del cómic underground… Aunque, bueno, Mendoza ha tenido también personas muy interesantes en este ámbito. Pero yo mezclo muchas cosas y además reconozco sin pudor los referentes que he tenido. A veces son cosas muy prosaicas, y aparece [el vidente] Sandro Rey en la novela y me da igual. Yo escribo partiendo de lo que he vito, leído y escuchado en mi vida, nadie crea nada de la nada.

P. Hay una profusión de citas en la novela que si se unen forman una especie de mapa referencial.

R. Casi se puede leer la novela solo con las citas, sí. Pero también salió eso de forma muy natural. Empecé encabezando cada una de esas secuencias con una cita, pero en seguida me di cuenta de que no me servía. Por eso las pongo de dos en dos. Muchas veces esas citas se contradicen o complementan, y juntas tienen un significado nuevo. También me interesaba mucho poner a resonar cosas que a priori no tienen nada que ver o que vienen de extractos muy distintos, de la mal llamada alta cultura y baja cultura o cultura popular: pop extranjero, o castizo, series televisivas…

P. ¿Ese choque de referentes, o esa contradicción y complementariedad, se dan a lo largo de la novela?

R
. Sí. La de cosas interesantes que se cuelan por los resquicios cuando nos damos permiso para contradecirnos, que es algo que normalmente no hacemos. Ni en nuestro discurso, y más hoy, que en las redes sociales todo se vuelve extremo y se magnifica, no caben los grises y no caben los colores, que es más grave todavía. Me interesa especialmente reivindicar el derecho a cambiar de opinión, y me fío muy poco de la gente que tiene un discurso sin la más mínima fisura. Porque normalmente han comprado el pack y no han cuestionado cada una de las cosas que vienen en el pack. O desde luego sería mi caso. Yo hay muchas cosas sobre las que no tengo opinión y me parece estupendo.

P. ¿E impone, dar entrevistas o estar en redes como escritora y que se le exija tener opinión?

R
. Yo no tengo ni mucha actividad en redes ni muchos seguidores, estoy un poco aislada de ese mundo. Porque me parece plano, se pierde el contexto, la referencia, los matices que puedes tener en una conversación o una entrevista más larga. En un tuit no cabe el universo de nadie. Y por eso prefiero no juzgar a los demás en función de 140 caracteres, porque no me gustaría que lo hicieran conmigo. Seguramente si se escarba en mis redes se encuentra un motivo para llevarme ante el juez, pero no creo que sea lo suyo.

P. La primera cita es de [el humorista] Darío Adanti: "El idealismo de la corrección política nos particulariza mediante el respeto por la diferencia del otro, mientras que el materialismo del humor debe aspirar a disolver esa frontera para hallar lo universal en el fracaso de todas las diferencias". Cuando hablamos de corrección política, para usted, ¿de qué hablamos?

R
. Más que de corrección política, hablo de libertad de expresión. Yo he sido muy beligerante en la novela porque he dejado expresarse a los personajes como lo harían si existieran en la vida real. Y si existieran, todos, a su manera, serían políticamente incorrectos. Porque todos ellos tienen opiniones extrañas, taras, comportamientos moralmente reprobables. Y sin embargo creo que lo que puede tener de bueno la novela es que no se les juzga. Se trata de empatizar con ellos. Y cuando tratas de empatizar con alguien que está haciendo algo evidentemente amoral o cuestionable, ahí surge la incorrección política, porque estás poniendo al lector en el brete de elegir entre sus principios y entrar en el libro. La frase de Adanti me parece muy inteligente. La encontré en [el cómic] Disparen al humorista mientras escribía la novela y supe que tenía que empezar con eso. El humor es como la muerte, lo iguala todo: a todos nos pilla, a todos nos afecta. Se puede hacer humor desde cualquier sitio sobre cualquier cosa.

P. ¿Le preocupaba entonces que algo de la novela no se entendiera, o se entendiera mal, en este sentido?

R. No, no me preocupa que se entienda por otro sitio. Porque creo que los buenos lectores separan al autor del personaje. Ninguno tiene que ver conmigo y todos tienen que ver conmigo, porque todos son yo misma con un filtro delante. Pero es que ese filtro es falso, es impostura, no es honesto, es casi performático: tú te poner una careta de facha rico, o de mujer trans ingeniera, o de un perdido conformista y pedante. Confundir al autor con los personajes o el narrador es muy habitual, pero muy peligroso. Cualquiera que me diga que esta novela tiene cosas machistas, por ejemplo… Claro, porque hay dos personajes, que son los dos hombres de la novela, que son abiertamente machistas. Y si no has leído esto como una denuncia, o en clave de caricatura política, es que no has entendido la novela.

P. Una de las narradoras y protagonistas es una mujer trans. ¿En algún momento pensó que, por desde donde escribe como autora, eso le podía causar problemas? ¿Qué tenía que tener cierta prevención sobre las propias ideas tránsfobas o cis-sexistas?

R. Yo soy muy beligerante contra la autocensura. Y trato siempre, de cuando tengo esas tentaciones, cortarlas. También es verdad que mi círculo es muy LGTB, no me es nada ajeno, y de hecho no es que yo haya pensado en poner un personaje trans en la novela, es que el personaje ha surgido como ha surgido Federico, que tiene mucho que ver con mucha gente que conozco. El personaje de Natalia, como todos los de la novela, tiene muchas aristas, y no es un personaje que se defina por su identidad de género. Es una de las cosas que la definen, como a Federico le define ser un hombre cis heterosexual. Pero Federico es muchas más cosas, igual que Natalia: es ingeniera, tiene un problema con su padre, tiene un carácter vengativo, es muy autoritaria, es muy contradictoria… Y no se define en función de eso, ni creo que los demás la lean así, o no todos. Su padre sí, y de ahí viene el conflicto. Pero para mí lo que tiene interés es que podamos empezar a usar personajes de todo tipo, con la variedad que existe en el mundo, no solo de género, sin caricaturizarlos para convertirlos en un estereotipo vacío, ni tampoco ponerlos en un altar alejado de la realidad porque como es un personaje trans no le voy a poner dobleces. Pues no, porque es una persona como tú, como yo y como cualquier otro, y por tanto tiene sus resquicios. A Natalia la he tratado en igualdad de condiciones que al resto. O es lo que he tratado de hacer.

P. Se le da el status de narradora, de hecho.

R. Sí, y me he divertido mucho con la voz de Natalia. Igual que la de Federico, que es tan medida, la iba escribiendo muy despacio, la de Natalia fue un regalo, porque de repente había un torrente, ella hablaba sola. La escribía muy rápido, tiene mucho que ver con lo oral, y a Natalia le agradecí mucho esa vía de oxígeno.

P. ¿Se siente sola escribiendo humor?

R. Bueno, hay mucha gente muy guay haciendo csas relacionadas con el humor. Esta es una comedia, pero quizás en el sentido más clásico del término: tiene un punto melancólico, de tragedia. En ese sentido, hay gente, también joven, haciendo cosas muy chulas. Pienso en Cristina Morales, que [Lectura fácil] no es una comedia, pero usa mucho el humor, y también da voz a gente que no la tiene, en Iván Repila, que se ha metido [con El aliado] en un jardín que le ha echado mucho valor… Y la nueva oleada de cómicos, que son espectaculares, y no pienso solo en Quequé e Ignatius en La vida moderna, o en Broncano, o en los de Mongolia, sino en gente como Elsa Ruiz, o Flavita Banana. Hay gente muy talentosa haciendo cosas en el campo del humor, quizás no tanto en el estruictamente literario, aunque también los hay. Yo me encuentro muy acompañada.

P. En lo literario existe esa idea de que si se escribe humor ya se sabe de entrada que no se van a ganar grandes premios o no se va a entrar en el canon con tanta facilidad. ¿Sigue vigente?

R. Puede ser, en España sí que se ha visto el humor como un género menor. Y es muy sorprendente, porque los mejores libros de nuestra tradición han sido libros humorísticos, desde el Quijote hasta el Lazarillo de Tormes o Eduardo Mendoza o a Cristina Morales. Y sin embargo se considera menor. Yo siempre digo que divertido no es lo contrario de serio, divertido es lo contrario de aburrido. El humor puede ser tan serio como cualquier otro género. Si no, no lo cultivaría. Yo me alegré mucho cuando le dieron el Cervantes a Mendoza, aparte de porque es uno de mis escritores favoritos, porque el jurado reconocía su uso del humor. Eso me parecía importante, no para él, sino para la literatura en general. Que se reconozca que uno de los más grandes escritores de nuestro país hace humor, y hace el humor más brillante, y eso merece el Cervantes.

P. Defiende que pensar que el humor, por ser humor, no tiene contenido de peso, es absurdo.

R. Es que lo es. Porque el humor, casi por definición —sobre todo el humor político, pero también otros tipos— normalmente es más vanguardista que un ensayo o que el activismo. Porque te puedes basar en intuiciones, y puedes ir tanteando el terreno por delante. Si queremos saber lo que va a pasar o lo que puede pasar en un futuro próximo, mirar lo que se hace en materia de humor es una buena estrategia. Porque los cómicos tienen muy buen tino. En el humor siempre se han hecho reivindicaciones bastante más duras que desde otros géneros, que además no admiten esto del humor de lanzar la piedra y esconder la mano. El humor se atreve más que otros géneros. Desde luego, yo he escrito cosas aquí que quizás no sabría abordar desde otro registro.

P. Justamente Darío Adanti, en Disparen al humorista, defiende que es importante evaluar quién hace el humor y de quién se está riendo.

R. Son importantes dos cosas. La primera, el contexto, que en las redes se pierde: no es lo mismo que jagas un chiste en tu grupo de amigos a que lo lances en las redes y lo pueda ver tu madre o una señora de no sé dónde. La segunda es la dirección: a mí me gusta más el humor que va de abajo hacia arriba. Pero me parece igualmente válido y digno de tener su espacio, y que creo que no hay que condenar, el humor que va en el sentido contrario. Pero también depende del contexto: no es lo mismo que un chiste machista lo hagas tú y yo lo interprete en un contexto de dos mujeres autodefinidas como feministas, y en un contexto de intimidad, a que ese chiste lo haga un concejal de Vox en el congreso de no sé dónde. Para mí no es lo mismo.

Ahora, el concejal de Vox está en su perfecto derecho de hacer los chistes que quiera y de retratarse a través de ellos. Salvo en casos de apología de algún tipo de idología filonazi, la libertad de expresión debe primar. Y tú, como receptor del mensaje, tienes la posibilidad de filtrarlo y aceptarlo o rechazarlo según lo que te parezca. Pero si a Donald Trump no le dejáramos hacer chistes, nos perderíamos una interpretación de sí mismo que es la que muestra al mundo, y a lo mejor no lo leeríamos en la misma clave. A lo mejor sabemos lo machista y lo racista que es precisamente por lo que se le ha dejado decir. Y si no le dejamos que lo diga y hacemos que se esconda detrás de una fachada, a lo mejor luego vienen las sorpresas.


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