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Los diablos azules

Las Cenicientas de Louisa May Alcott

  • Mujercitas en Nonquitt reúne, por primera vez en español, cinco historias publicadas entre 1861 y 1887 y ambientadas en el lugar vacacional de su infancia
  • Alcott trazó en Mujercitas un magnífico fresco realista  sin renunciar a las propuestas progresistas para renovar la educación sentimental de las mujeres

Publicada el 03/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 02/05/2019 a las 13:12
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La escritora estadounidense Louisa May Alcott.

La escritora estadounidense Louisa May Alcott.

Louisa May Alcott publicó su primer cuento, “The rival painters” en 1852, y su primer libro, Flower fables, en 1854, que pronto la convertirían en una pionera del cuento de hadas literario en América, tradición que había iniciado Nathaniel Hawthorne con su Libro de maravillas: para niñas y niños (1851) y Cuentos de Tanglewood (1853). De 1868 a 1870 dirige la revista infantil Merry's Museum, y en 1868 aparece su mayor éxito, Mujercitas, un hito en la historia de la literatura ju­venil y un clásico norteamericano. Durante las dos décadas siguientes escribiría novelas domésticas que la llevarían a ocupar un lugar destaca­do dentro de la escuela americana de la ficción realista. Hacia 1885 su salud, que casi nunca había sido buena, empeoraría, y pasará en cama casi todo el año 1887, aunque nunca dejaría de escribir. Falleció en Boston el 6 de marzo de 1888, dos días después que su padre.

  Fue la autora de una singular producción narrativa que, siguiendo los modelos más simples de la novela tradicional, ahonda con sencillez y sutileza en la vida cotidiana de las mujeres de su tiempo para acabar proponiendo unos modelos de conducta femenina moderadamente innovadores, como bien refleja su saga Mujercitas (1868-1869), en la que relata las peripecias familiares y la educación sentimental de cuatro hermanas que crecen juntas en una ciudad de Nueva Inglaterra a mediados del siglo XIX. Allí transcurrió su infancia, donde su padre, el filósofo y pedagogo Amos Bronson Alcott (1799-1888) había fundado una comunidad utópica, bautizada por él con el idílico nombre de Fruitlands, y en la que intentó poner en práctica sus avanzados métodos educativos, inspirados en una profunda espiritualidad y en los postulados transcendentalistas defendidos por aquel entonces por el pensador, ensayista y poeta Ralph Waldo Emerson (1803-1888). El idealismo utópico del señor Alcott sumió a su familia en la pobreza, un rasgo autobiográfico que se podrá rastrear en la posterior obra narrativa de su hija, de la que comenzó a evadirse todo el clan a raíz del éxito obtenido por Louisa May tras la publicación de su Mujercitas. La decidida escritora asumió la misión de contribuir al sustento familiar, como ya había advertido desde su temprana juventud en su progenitor, demasiado disperso en sus elucubraciones teóricas, y cuando no obtenía rentas suficientes para mantener a su esposa y a sus cuatro hijas.

Louisa May creció rodeada de grandes intelectuales que honraban con su amistad al padre: además de Emerson, conocería a los también transcendentalistas Nathaniel Hawthorne (1804-1864) y Henry David Thoreau (1817-1862), aunque se vio obligada a desentenderse de sus especulaciones filosóficas para buscar algún dinero con que contribuir en las penurias familiares. Trabajó como profesora particular y como asistenta, hasta que el estallido de la Guerra de Secesión (1860-1865) la impulsó a abandonar estos empleos coyunturales para alistarse entre las enfermeras voluntarias. Ya había proyectado, por entonces, ganarse la vida dedicándose a la creación literaria, un proyecto que se hizo realidad en plena contienda bélica, aunque unas fiebres tifoideas, contraídas en los insalubres hospitales de la época, la obligarían a suspender su voluntariado para convalecer durante largo tiempo en su casa. Louisa May Alcott aprovechó este retiro forzoso para recopilar las cartas que había enviado a sus allegados durante la guerra en un volumen titulado Hospital Sketches (Escenas de hospital, 1863), obra que le proporcionó un cierto prestigio literario y le permitió seguir publicando algunos relatos en The Atlantic Monthly, primeros ingresos con los que contribuyó al sostenimiento de su familia ya en calidad de escritora. Alentada por estos primeros éxitos, a mediados de los años sesenta publicó una novela gótica titulada The marble woman (La dama de mármol, 1865), obra que, destinada desde su propia concepción a un público juvenil, ha sido recuperada recientemente por la crítica feminista como una de las primeras incursiones de la narrativa norteamericana en la problemática de la mujer contemporánea.
 
Feminismo realista

 
  Louisa May Alcott trazó en Mujercitas un magnífico fresco realista de las clases medias estadounidenses de mediados del siglo XIX, sin esquivar esas inquietudes pedagógicas heredadas de su padre ni renunciar a ciertas tímidas propuestas progresistas encaminadas a renovar la tradicional educación sentimental impartida hasta entonces a las mujeres. Logró que millares de jóvenes lectoras norteamericanas de su tiempo se identificasen plenamente con los anhelos y las frustraciones de las hermanas March, y que durante casi un siglo y medio millones de lectores de cualquier edad se conmovieran con las penas y alegrías de esas cuatro muchachas que, en el fondo, encarnan uno de los mitos universales más extendidos en todas las culturas: el tránsito doloroso de la infancia feliz a las asperezas de la edad adulta. La validez universal de los temas, incluidos todos los tópicos de la juventud, salvando las distancias en el tiempo, mantienen la obra en plena vigencia considerándola como una obra clásica de la narrativa realista norteamericana.

Pasaría, sin embargo, los últimos años de su vida en constante sufrimiento, aquejada de un cansancio y una debilidad permanente que arrastraba desde su juventud, y sus años de madurez se vieron ensombrecidos por la muerte de su madre y de su hermana menor May, que había dejado una pequeña huérfana de cuya educación se encargó la narradora. Pese a todas estas desgracias, la autora sacaría ánimos para prolongar el éxito editorial de Mujercitas en otras muchas narraciones juveniles de idéntica ambientación doméstica y similar inspiración autobiográfica, como An Old-Fashioned Girl (1870), Aunt Jo's Scrap Bag (compuesta por seis volúmenes que aparecieron entre 1872-82), Los primitos (1871), Eight Cousins (1875), Rose in Bloom (1876) y Jo's boys (Los muchachos de Jo, 1886). Además, intentó revalidar entre los lectores masculinos la difusión obtenida por Mujercitas, con una narración de planteamiento parejo, Little men (Hombrecitos, 1871), que aunque también ha gozado de enorme popularidad desde su publicación hasta nuestros días, no logró remontarse a las cotas de éxito alcanzadas por su obra maestra.
 
Mujercitas en Nonquitt
 
  Mujercitas en Nonquitt (volumen publicado por a editorial Toromítico) reúne, por primera vez traducidas en español, cinco historias que habían aparecido entre 1861 y 1887 en revistas y recopilaciones de cuentos. Las tres primeras que integran esta antología, “Lirios acuáticos”, “El secreto de Sophie” y “El debut de Debby”, recrean, de alguna manera, el mundo de La Cenicienta del clásico de Charles Perrault, escrito en 1697 y conocido como Cenicienta o El zapatito de cristal. Pero Alcott lo ambienta­ en un escenario familiar, aunque prescinde, entre otras muchas innovaciones, de la rivalidad entre hermanas, como ocurre entre la joven y sus hermanastras, según la versión clásica francesa, porque para la narradora norteamericana se trata de la buena doncella que espera al príncipe que ha de sa­carla de la pobreza. En cierta manera, se va desdibujando de la historia que todos conocemos, porque el personaje Ruth, la vendedora de lirios, cuyas bondades y virtudes formarían parte de un clásico cuento de hadas, al final conseguirá su príncipe tras un verano con ociosas jovencitas que incluye, también, una influyente y protectora señorita Scott que, acompañada de su sobrino el capital John, salvaguardará al personaje protagonista, y hará lo mismo con su hermano Sammy. Alcott narra, con todo lujo de detalles, las no pocas vicisitudes de un largo verano con un amable retrato de los veraneantes y algún que otro pequeño susto solucionado por su heroína, en un idílico lugar como La Punta, ese Nonquitt que tan bien conocía la narradora por los muchos veranos pasados en familia. No sabemos si Tilly, la apasionada lectora que vivirá un curioso y fructífero verano con cuatro amigas, protegida por Sophie en la segunda historia, lo consigue o no, aunque no deja de ser otro hermoso cuento de bondades y de esperanzas que, tras el lugar de veraneo donde han coincidido las amigas, termina unos meses después con la magia y el milagro de la Navidad como trasfondo.

En la tercera historia y la más extensa de las tres, Debby acompaña a su tía Carroll, una dama que disfruta con inventar inocentes romances y tejer inofensivos planes para emparejar tortolitos, pretende, en realidad, buscarle a su sobrina un marido rico, aunque se tratara de una muchacha pobre. Debby logrará casarse pero, como en los buenos cuentos, no con el estirado señorito Leanvenworth sino con un hombre sin más patrimonio que “un corazón fiel”, unos “bra­zos fuertes” y sobre todo “de nombre y apellido corriente” como Frank Evan, joven tenedor de libros en una compañía de importación cuya honestidad queda fuera de duda. Lo cierto es que para L. M. Alcott ninguna de sus heroínas, tan ajustadas al patrón de mujer resuelta y autónoma, albergaba sus esperanzas en un casamiento ventajoso para alcanzar las metas vitales que se han propuesto tías o madrastras particulares, sino valiéndose de sus habilidades, de su propio ingenio, de su talento y, sobre todo, de un tremendo esfuerzo para cambiar el futuro de su vida.

Los dos relatos que cierran el volumen, “¡Qué isla tan extra­ña!”, de 1868, y “Diente de león”, de 1869, representan la ficción infantil de Louisa May Alcott, y sin duda el primero resulta el más singular, puesto que su trama ca­rece de elementos moralizantes y todo el énfasis se pone en la extraordinaria imaginación, compuesto a base de hilvanar escenas de viejas canciones infantiles inglesas, poblado de ratas, ranas, gallos, alondras, pardillos y toda clase de pájaros, y recuerda sin duda al mejor ejemplo que podríamos tener de la fantasía de Carroll con una Alicia de trasfondo, aunque en su caso con un mundo tan particular como los seres de la isla. El segundo relato, que se había titulado originariamente “Los barquitos”, ofrece esa muestra típica de las historias didácticas y moralizantes para niños que escribió la autora, un didactismo, por otra parte, propio de la literatura infantil de la época.
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Pedro M. Domene es escritor.

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