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Los diablos azules

'Esas que también soy yo'

  • Esas que también soy yo, antología editada por la asociación AMEIS y la editorial Ménades, reúne cuentos de 60 escritoras nacidas entre 1936 y 2000
  • Aquí recogemos los relatos de Angelina Muñiz-Huberman, la autora más veterana, Rosa Montero, Lourdes Pinel y María José Codes

Varias autoras
Publicada el 17/05/2019 a las 06:00
Esas que también soy yo. Nosotras escribimos es una antología editada por las escritoras Carmen PeireIsabel Cienfuegos. Promovida por la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras (AMEIS) y publicada por la editorial Ménades, reúne relatos de 60 escritoras, nacidas entre 1936 y 2000, la mayoría de ellos inéditos. Aquí recogemos los cuentos de Angelina Muñiz-HubermanRosa Montero (cuya pieza sí se había publicado con anterioridad), Lourdes PinelMaría José Codes
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Cabriolas
Angelina Muñiz-Huberman (Hyéres, Francia, 1936)

Salió a comprar pan y queso para la cena. Una botella de vino. Cuando regresó a la casa, su marido y su sobrina yacían en la alfombra en una complicada y deleitosa posición a lo Kama-sutra. La pequeña hija de dos años se regocijaba en la cuna viéndolos e intentando hacer imitativas cabriolas.
 
Un pequeño error de cálculo
Rosa Montero (Madrid, 1951)1
  Regresa el Cazador de su jornada de caza, magullado y exhausto, y arroja el cadáver del tigre a los pies de la Recolectora, que está sentada en la boca de la caverna separando las bayas comestibles de las venenosas. La mujer contempla cómo el hombre muestra su trofeo con ufanía pero sin perder esa vaga actitud de respeto con que siempre la trata; frente al poder de muerte del Cazador, la Recolectora posee un poder de vida que a él le sobrecoge. El rostro del Cazador está atirantado por la fatiga y orlado por una espuma de sangre seca; mirándole, la Recolectora recuerda al hijo que parió en la pasada luna, también todo él sangre y esfuerzo. Se enternece la mujer, acaricia los ásperos cabellos del hombre y decide hacerle un pequeño regalo: durante el resto del día, piensa ella, y hasta que el sol se oculte por los montes, le dejaré creer que es el amo del mundo.
 
Imitatio
Lourdes Pinel (Madrid, 1973)
 
A la niña le gusta mirar cómo trabaja su padre. Orgullosa, observa las manos rudas que ajustan la soga al cuello del condenado, izan la cuerda y retiran la banqueta de madera. La niña imagina que en el rostro oculto tras la tela negra brillan unos ojos fijos como los de las hadas cuando conceden deseos. Las manitas ajustan la soga. Los pies menudos empujan la banqueta de madera. El fino cabello enmaraña el rostro de hada.
 
Expectativa
María José Codes (Madrid, 1960)

En 1948 el busto de una mujer gigante emergió de la tierra en medio de unos campos cultivados de Normandía. El busto tenía hundido, entre los dos senos, un árbol frágil y desnudo, que supuraba gotas de savia rosada. Medio siglo después, a causa del cambio climático y la ciclogénesis, el terreno circundante al busto quedó erosionado y de ese modo salieron a la luz, la cabeza, las manos, el vientre y parte de los miembros de aquel cuerpo de mujer. El árbol clavado entre los senos, que había permanecido estéril, reverdeció y echó raíces en la carne. Desde entonces, a veces se aprecian movimientos mínimos en los dedos y en los labios de la mujer enterrada. Los expertos no descartan que acabe por levantarse algún día y eche a andar hacia el sur.

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1. Publicado en Por favor, sea breve. Antología de relatos hiperbreves (Páginas de espuma, 2001).

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