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En 500 palabras: 'Diligencias', de Andrés Trapiello

  • A estas alturas, los diarios de Trapiello no son ya tanto un empeño como, según parecen considerar quienes comparecen en ellos, una fatalidad
  • En detrimento de las dilatadas crónicas que ocupaban las entregas precedentes, Diligencias recupera en gran medida la textura de “silva de varia lección”

Publicada el 14/06/2019 a las 06:00
Diligencias
Andrés Trapiello
Pre-Textos
Valencia
2019
  Estos diarios, afirma Trapiello, se escriben solos. A estas alturas —su vigésimo segunda entrega—, no son ya tanto un empeño como, según parecen considerarlo quienes comparecen en ellos, una fatalidad, ante la que de alguna manera “posan”, anticipando el gesto con el que quedarán retratados. En el proceso hacia esta sobrevenida condición de cámara o grabadora que registra automáticamente lo que sucede ante ella, estos diarios han renunciado incluso a algunos de sus acreditados artificios: por ejemplo, el habitual elemento fantástico que solía adornar el relato del primer día del año ha sido ahora sustituido por…  la noticia del simple vuelo de una lechuza; un hecho al que, al parecer, sólo M., la mujer del diarista, ha querido dar una significación especial: volaba hacia ella, lectora de libros filosóficos, porque la lechuza simboliza la filosofía y la había reconocido entre los suyos. El diarista, convertido ahora en simple testigo de una fantasía delegada, se limita a encogerse de hombros…

Y es esa irónica reivindicación del automatismo la que dicta que, en detrimento de las dilatadas crónicas que ocupaban buena parte de las entregas precedentes, Diligencias recupere en gran medida la textura de “silva de varia lección” que tenían las primeras; y que, intercaladas con los retazos de intimidad familiar, las impresiones del flâneur urbano y la habitual crónica ácida del mundillo literario y artístico, se prodiguen las series de aforismos o los simples destellos de observación más o menos desligados del relato principal, en una aparente discontinuidad regida, sin embargo, por un calculado sistema de ecos y recurrencias, como una sinfonía. Véase, por ejemplo, el motivo, ya enunciado en el prólogo, del escritor que urde su obra a solas en una playa y presupone la presencia del lector: “¿Qué estamos haciendo aquí? Tú, leyendo este prólogo, yo escribiéndolo”. Trescientas páginas más adelante el autor, de nuevo en una playa, en Cádiz, toma como interlocutor a un niño paralítico cerebral a quien sus familiares han dejado solo bajo la sombrilla, y a quien no puede aplicarse ya la prerrogativa que el autor reconocía al principio a sus lectores —“Tú, si te aburres, puedes levantarte e irte”–. Su papel es otro: cuestionar con su simple presencia, que es la de las desvalidas criaturas velazqueñas, el mundo de impostura al que el autor ha ido previamente pasando revista.

Aunque también respecto a esto último hay matices. Hay “novelas” que llegan a su fin, como la del recurrente QR, estrechamente ligado a ciertos acerbos recuerdos de juventud que el diarista no quiere absolver. Pero, en general, puede decirse que Trapiello ha ido cobrando afecto a sus antagonistas. Y aunque todavía no perdone ciertos grados de implicación en el teatro de vanidades en el que consiste la culta mundanidad, puede decirse que ha aprendido a verlos como figurantes de un circo que quizá sea mejor tomarse con humor.

Lo hay, abundantemente, aunque tornasolado de melancolías, en Diligencias. Si es que ambas cosas, humor y  melancolía, no van siempre unidas.
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José Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros son Arabesco (poesía, Pre-Textos) y Trilogía de la Transición (novela, Dalya), ambos de 2018.

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