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El rincón de los lectores

Ventana de interior

  • Las palabras narrativas y certeras de Nell Leyshon dan voz a todas las voces silenciadas por las estructuras de poder y dominación
  • Mary, protagonista de Del color de la leche, es una joven sin otras perspectivas que obedecer primero a un padre y después a un dueño

Nieves Álvarez Martín
Publicada el 21/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 20/06/2019 a las 21:44
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Yo nací de pequeña, pero nunca lo supe. / Me dijeron mis padres que era una niña alegre, / obediente y traviesa, vivaracha y feliz. // Contaba con los dedos y hablaba con los ojos, / me comía las uñas con pan y chocolate. // El paisaje en la escuela dormía en la pizarra / y en mi casa el amor era un lugar común. // Crecí a los nueve años: cuando murió mi hermano. / Desde entonces la vida no me ha dejado en paz.

Comienzo este articulo con un poema inédito que me define y me explica; pero, sobre todo, porque soy consciente de que mi vida podría haber sido una vida similar a la de Mary, protagonista de Del color de la leche (Sexto Piso, 2013), de Nell Leyshon, es decir, la vida de una joven sin otras perspectivas que obedecer primero a un padre y después a un dueño, a un marido, criar a unos hijos y trabajar de la noche a la mañana, lavando, fregando... Con suerte habría podido ser criada en casa del médico (como lo fue mi madre) o cuidar a los hijos de la maestra, lavar la ropa de otras personas, ir al campo, etc. Pero mi padre, un cantero amante de la cultura (siempre lo conocí con un libro entre las manos) y del teatro (a pesar de haber pasado nueve años en campos de trabajo y de concentración, en esta España nuestra de los mil demonios) hizo caso al maestro del pueblo (esta chica es muy lista, le dijo, tiene que estudiar) y, a pesar de sus escasos recursos, decidió, junto a su esposa, mi madre, que era una buena idea. Y estudié (gracias a tal decisión y a una beca) y leí y participé en todos los cursos, talleres, conferencias que se me pusieron por delante. Y sigo leyendo y escribiendo y pensando que la educación y la cultura nos hacen libres.

  Tal vez por eso y porque el libro tiene una factura impecable (a caballo entre la poesía, la prosa poética, el diario y el relato enredadera) la historia me atrapó de comienzo a fin, me senté junto a la ventana con Mary y sentí con ella, y la vi evolucionar, desear, aprender, y no me pude levantar hasta la última línea. Las sensaciones me envolvieron, me atraparon, me convirtieron en cómplice de su vida, en la alegría y el dolor, en la incomprensión, la lucha y el horror.

Sin mayúsculas, empleando un lenguaje sencillo, narrativo y directo, la historia de Mary, de su familia (la madre, el padre, las hermanas, el abuelo), de la casa en la que fue a servir (la criada jefa; la dueña, enferma; el dueño, un pastor de la iglesia; el hijo de ambos; el jardinero) me dejaron clavada en la silla, junto a ella, para descubrir sus aceptaciones y negaciones, sus reflexiones y justificaciones, el frío, la casa, el cerco que se va cerrando en torno a ella, sola, perpleja, escribiendo su historia y la mía.

Como afirma Valeria Luiselli al comienzo del prólogo, este es uno de esos libros (muy pocos) que nos dejan la sensación de haber tocado un fondo del que no podemos y no queremos salir siendo el mismo lector. Sus palabras narrativas y certeras dan voz a todas las voces silenciadas por las estructuras de poder y dominación. Es un texto en el que la belleza y el espanto, la ternura y el miedo, ponen ante nuestros ojos la historia de una joven (casi una niña) que quiere vivir su propia vida y no puede, se ve obligada a obedecer, a aceptar, a humillarse, ¿claudicar? Eso nunca.

Estación tras estación, Mary permanece sentada junto a la ventana y va anotando todo lo que sabe de ella y del mundo que le rodea: “éste es mi libro y estoy escribiendo de mi propia mano / en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de mi ventana y veo muchas cosas. veo pájaros y los pájaros llenan el cielo con sus gritos. veo árboles y  veo las hojas” (…) “me llamo mary y he aprendido a deletrear mi nombre. eme. a. erre. i griega. así es como se escribe”.

Pienso, al igual que la autora del prólogo, que esta novela tiene un cierto parecido a La vie des hommes infâmes, de Michel Foucault, y a todas las historias minúsculas de niñas y mujeres atrapadas en un poema “centelleante y violento” que no pudieron (algunas aún no pueden) salir del círculo vicioso en el que les coloca una vida que no pudieron elegir.

Afirmo que este libro es una pequeña joya que tiene el sabor de la mejor literatura clásica y la presentación de la innovación literaria actual.

Al final de su lectura no dejo de preguntarme si las pequeñas historias cotidianas no están dentro de ese baúl de los recuerdos en el que se revuelven y se intercambian para seguir siendo las mismas historias, los mismos cuentos, las mismas sensaciones. Tal vez la vida de esta joven, en su granja de la Inglaterra rural de 1830, se parece en lo esencial a la de otras vidas que están sucediendo aquí y ahora, en algunas sacristías, en algunas fiestas donde las manadas campan a sus aires, en algunas familias, en todos los lugares en los que la lectura de un buen libro se sustituye por un tuit, las tertulias por un chat y la vida real por la vida virtual. ¿Seguimos atrapadas? Quiero creer que no, pero, a veces, lo dudo.
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Nieves Álvarez Martín es poeta, escritora y artista plástica.

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