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No sé si pasó así, pero lo cuento

  • Homenaje póstumo y otros relatos, de Lamar Herrin, hurga en el pasado más íntimo y lo reconstruye desde el paisaje
  • El escritor y profesor ha aplicado en estos cuentos sus lecciones de escritura creativa en la Universidad de Cornell

Publicada el 28/06/2019 a las 06:00
Homenaje póstumo y otros relatos
Lamar Herrin
Edición de Eloy M. Cebrián
Chamán Ediciones
Albacete
2019
  En los seis cuentos largos de Lamar Herrin que Eloy Cebrián ha reunido bajo el título de Homenaje póstumo y otros relatos, cualquiera diría que no está ocurriendo nada: un matrimonio mantiene una conversación, una hija va interrogando a su madre sobre algo que ocurrió en su infancia remota y anotando sus conclusiones, un hijo recuerda y ata cabos... En la más pura tradición estadounidense, el asunto de fondo, el verdadero tema del relato, no está en la superficie, sino que se mantiene latente. Lo conocemos como “la teoría del iceberg”, de Hemingway. Aunque los personajes en ningún momento lo mencionen, el lector presiente que algo pasa y permanece atento a lo que los personajes dicen, con la esperanza de que le desvelen la intriga.

Lamar Herrin añade además en el prólogo que, como buen sureño, se siente deudor de la importancia que concedieron al paisaje autores como William Faulkner y Eudora Welty, entre otros. El entorno es algo más que el marco en el que transcurre la historia. De hecho, es el corazón mismo de la historia, es donde hurgan los personajes para reconstruir lo que pasó, que en casi todos los casos queda fuera del alcance de su consciencia. Solo quedan pistas subliminales, como el calor sofocante, o una brisa que de pronto se alza y se enreda, o una cuerda que pendía, o una garza que resurge del lago y echa a volar majestuosa convirtiéndose en un repentino símbolo. Uno de esos animales llamativos que Raymond Carver utilizó más de una vez para crear un anticlímax. Aunque Herrin es mucho más cauteloso. En sus relatos todo está integrado. Lo más extraordinario es que persista una tormenta o que las esquirlas de un cadáver se hayan resistido a transformarse en cenizas y pasen a convertirse en inquietantes souvenirs.

Como defendía Hemingway al proponer su teoría, el autor sabe muy bien cuál es el asunto que se cuece. Pero los personajes no. Y sin embargo intuyen que en su pasado, mezcladas en un paisaje concreto, flotan todavía las claves de lo que ahora son. E indagan, removiendo esos recuerdos. Los reconstruyen para analizarlos y no importa que la memoria los desfigure o los transforme si a cambio aclaran. Pero no hablan solos, necesitan un interlocutor que casi siempre es su cónyuge. De hecho, algunas veces, como en Homenaje póstumo, el protagonista siente tanto dolor que continuamente intenta renunciar a la pesquisa y es su propia mujer, intrigada, la que le ayuda y le guía en la investigación.

Porque hay algo de novela policiaca en cada uno de estos cuentos largos. Muy sutil. También con muerte, casi siempre, aunque la muerte no es lo principal. Lo que importa de aquellos hechos que ocurrieron, durante la infancia de uno de los cónyuges o en una juventud muy remota, es que siguen teniendo la fuerza suficiente como para hacer a sus protagonistas llorar o estremecer sin que sepan por qué o sin que quieran compartirlo. Pero nosotros, los lectores, asumimos que estamos acariciando el misterio gracias a la sabia manera con que Herrin estructura sus relatos, de tal manera que salva para nosotros, intacta, la atmósfera de lo que sienten los personajes y el vínculo con el lugar donde lo sienten: el cementerio de un pequeño pueblo de Oklahoma, una casa en Alabama, una interminable tormenta de nieve en Texas.

Al fin y al cabo, Lamar Herrin ha enseñado durante muchos años escritura creativa y literatura norteamericana contemporánea en la Universidad de Cornell, de la que ahora es profesor emérito. Ha desentrañado a los mejores. Nacido en Atlanta en 1940, este georgiano es autor de ocho novelas. Kirk Douglas protagonizó la versión televisiva de una de ellas, The lies boy tell, que más tarde fue traducida al español como Las mentiras que cuentan los niños. También se publicó en nuestro país en 2017 La casa de los sordos, en la misma editorial, Chamán, donde ahora aparecen estos relatos.

El escritor Eloy M. Cebrián ha cuidado la edición, en la que colaboran otros cuatro traductores, aparte de él mismo. Lo mejor que se puede decir es que la voz del narrador no sufre alteraciones significativas cuando cambia la mano que lo vierte a nuestro idioma. En cuanto a la manera en que contactaron y se conocieron Herrin y Cebrián, podría considerarse el séptimo relato del libro, tal y como lo describe el propio autor en el prólogo. La combinación entre el azar y las redes sociales es capaz de mover los destinos de las personas hasta el punto de crear una profunda amistad donde nadie lo hubiera creído posible.
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Arturo Tendero es periodista y poeta. Su último libro es El otro ser (Isla de Siltolá, 2018). Reseña cada semana un poemario en su blog 
El mundanal ruido.

 
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