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Los diablos azules

El gato es pájaro o conversaciones con Nadie

  • En sus respuestas a estas entrevistas, Valente no solo sintetiza muy bien su pensamiento poético sino que tenemos la impresión de volver a oír su voz
  • En El ángel de la creación, se recopilan conversaciones que tuvieron lugar entre 1954 y el 2000, algunas de ellas difíciles de localizar hasta ahora

Publicada el 13/09/2019 a las 06:00 Actualizada el 13/09/2019 a las 11:04
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Las entrevistas con escritores pueden llegar a ser una ayuda para acercarse a su obra y quizá conseguir comprenderla mejor. En el caso de José Ángel Valente, muchas de las conversaciones que se recogen en El ángel de la creación. Diálogos y entrevistas (Galaxia Gutenberg) aparecieron por primera vez en lugares asequibles, mientras que otras resultaban difíciles de localizar, por no recordar la comodidad que supone ahora disponer de todas ellas juntas en un volumen, aunque se trate, como no podía ser de otra manera, de una selección. Lo cierto es que, en sus respuestas, Valente no solo sintetiza muy bien su pensamiento poético sino que a veces tenemos la impresión de volver a oír directamente la voz del poeta.

Estas entrevistas se publicaron entre los años 1954, cuando el poeta contaba 25 años y acababa de obtener el premio Adonais, y el 2000, fecha de su fallecimiento, aunque la mayoría de ellas se correspondan con las dos últimas décadas de su vida y curiosamente no aparezca ninguna fechada entre 1955 y 1970. Como señala en su atinado prólogo Andrés Sánchez Robayna, las entrevistas que concede un escritor resultan imprescindibles para comprender mejor su obra, sus intenciones y su trayectoria. En esta ocasión, sin embargo, se le suman también, en una acertada decisión, declaraciones y varias respuestas a una serie de cuestionarios.

  Valente tenía una personalidad compleja, llena de aristas, que no logró limar del todo. Su biografía aparece llena de recovecos que debieron de pesar en el desarrollo de su personalidad. Así, el papel de madre lo desempeñó su tía Lucila, actuando aquella como hermana mayor, mientras que el de padre, en calidad al menos de padre espiritual, lo desempeñara don Alberto Jiménez Fraud. Su mismo nombre fue cambiando con el paso del tiempo, de Pepe a Ángel, como lo llamaba María Zambrano, pues creía que esa era su auténtica condición, hasta llegar al definitivo José Ángel. Pero además le dedicó furiosos poemas a José Hierro, Gabriel Celaya y Alfonso Costafreda; y con motivo de la muerte de María Zambrano, también a ella le ajustó las cuentas. En fin, durante los últimos años de su vida estuvo obsesionado por poetas, entonces muy galardonados, que estaban lejos de su entidad como escritor. A pesar de ello, la imagen que se desprende de Valente en estas entrevistas dista mucho de la persona que me parece que fue en realidad. En el trato personal, en las distancias cortas, el poeta afincado en Almería ganaba mucho, pues con sus amigos solía ser cordial, divertido e inteligente, algo que no siempre ocurre en estas conversaciones en las que a veces engola la voz, mostrándose altanero y distante, poniéndoselo muy difícil a sus interlocutores, aunque unas veces estos pregunten con una pedantería que resulta a todas luces ridícula y otras, como si fueran funcionarios del catastro.

Valente, además de un extraordinario poeta, fue un ensayista notable que había asumido la tradición clásica y contemporánea, la propia y la que en principio podría considerarse ajena, tanto la occidental como la oriental. No en vano, pasó buena parte de su vida en Inglaterra (Oxford), Suiza (Ginebra) y Francia (París), sobre todo, tras salir de España en 1954; podía leer distintas lenguas, e incluso mostró un gran interés por la traducción que cultivó y asumió como parte de su propia obra, como en este libro queda constancia. También asoman aquí sus meses de estancia en Cuba, tanto su relación con los escritores de la isla, como la perplejidad que le producen ciertas conductas de sus anfitriones revolucionarios.

Según confiesa, Valente se formó solo, leyendo, y muy pronto se alejó de su propia generación o grupo, marbetes en los que nunca creyó (en un momento dado cuestiona “el truquito de la fotografía”), pues creía que el escritor nace cuando el grupo fenece, iniciando así una trayectoria en solitario que lo llevó a alimentarse y vincularse a poetas y narradores de muy diferentes tradiciones, desde los místicos (Santa Teresa, San Juan de la Cruz, la cima de la creación poética española, o Miguel de Molinos): “lo que a mí me interesa –nos dice— es la forma que la estructura y el modelo místicos te ofrecen para penetrar en el mundo interior” (p. 170), hasta esa tradición que va de Garcilaso a Aldana, sin olvidar a los románticos alemanes, con Novalis a la cabeza, e ingleses, como Keats, cuya célebre carta cita una y otra vez.

Se sintió cercano, además, a las obras de Hölderlin, Mallarmé, Rosalía de Castro, César Vallejo, Pablo Neruda, Borges, quien –según él— forzó los límites de lo imaginario, Lezama Lima, Edmund Jabès, el peruano Emilio Adolfo Westphalen, Juan Gelman... En sus comienzos, Quevedo y no Góngora, fue la referencia más importante, aunque no por ello dejó de apreciar al poeta cordobés. Y por lo que se refiere a los contemporáneos españoles, se decantaba por los poetas pensadores como Unamuno, Antonio Machado (consideraba Juan de Mairena su libro fundamental) o Luis Cernuda, si bien tenía a Juan Ramón Jiménez por el poeta central de la tradición española, a Valle-Inclán como “el más brillante escritor de toda nuestra modernidad”, y apreció más a Lorca en la madurez que en sus inicios como lector. En su formación y desarrollo como escritor, confiesa que fueron fundamentales dos exiliados republicanos: Alberto Jiménez Fraud y María Zambrano; en opinión de Valente, dos figuras “deslumbrantes”. Se trata, por tanto, de distintas tradiciones culturales y poéticas que, en un momento u otro de su evolución como escritor, resuenan en su obra.

De este libro no solo se desprenden los capítulos más importantes de su biografía, ya sea familiar o profesional, sino también sus principales ideas literarias con respecto a las relaciones entre lo poético y lo religioso, su inicial interés por el cuento y la novela, o bien por el exilio (que, a pesar del valor de sus reflexiones, me parece que a veces confunde con la emigración), la crítica literaria, sobre la que tiene una opinión muy negativa, el papel y valor de las antologías (cuestiona, sobre todo, las de Castellet y García Hortelano), sin olvidarse de la poesía del realismo social, la idea del fragmento como género, el valor del silencio en la lírica, para él la clave o raíz del poema, pues se trata de un silencio activo, que habla, un componente más del poema, el sentido de la ironía, e incluso a qué llamamos inspiración; además de cómo se enseña la poesía, cómo se gesta el poema, qué es el punto cero, y cómo se lee o en qué consiste la importancia del primer verso. Así, comenta que un poema no se lee de manera discursiva; antes bien, se convive con él, se interioriza; que el poema no existe si no se oye, y que antes de la palabra, debe oírse el silencio; que “la creación poética se desencadena cuando en las sombras se va formando un ritmo, casi musical, que repite el compás de la vida, el compás del corazón” (p. 224); y, por último, que “el poema empieza como una asociación musical de sonidos” (p. 258). Para Valente, el poema es justo una asociación de ritmos interiores que él aprendió en Wordsworth y Coleridge. Así, considera que el lector ideal de su poesía “es todo aquel que vuelva a ver en el poema la propuesta infinitamente abierta de un enigma, con lo que el círculo se cierra y volvemos a sus preguntas iniciales” (p. 365). Echo de menos, en cambio, su interés por el flamenco del que dejó varios testimonios.

En suma, Valente escribió casi siempre a contracorriente, pero sobre todo –como a él le gustaba decir— a contracorriente de sí mismo, y le parecía grave la carencia en España de un pensamiento poético, una de cuyas excepciones bien podría ser María Zambrano. Por ello, procuró tender puentes, en la medida de lo posible, entre la poesía y el pensamiento. En un texto inédito, fechado en 1980, recogido aquí, llamaba la atención sobre cómo nuestra civilización ha perdido la experiencia del silencio, decantándose por la locuacidad, por el despilfarro de la palabra.

El interés de Valente se extiende también a la pintura, la música y la fotografía. Pues el poema es para él como un cuadro ante el que te detienes o no, dependiendo de que consiga captar tu atención. Por ello no me extraña su devoción por Walter Benjamin y Paul Klee: “Muchos de mis principios estéticos provienen de la pintura de Klee” (p. 355). Así, considera que la materia de todas las artes es la misma, aquello que podría denominarse la materia oscura, lo misterioso e inexplicable.

En estas conversaciones se aprecia también que era muy dado a las frases lapidarias, lo que no siempre resulta fácil sostener. Como ocurre cuando en 1989 afirma que el aforismo no ha tenido una manifestación próxima entre nosotros; o cuando comenta que a la altura de 1969 el arte de Chillida y Tàpies estaban más adelantados que la literatura española. Pero uno se pregunta: ¿adelantados con respecto a qué? Si corremos la fecha solo unos pocos años, hasta 1975, y nos centramos en la novela, género del que me consta que no era lector asiduo, quizá no habría podido afirmar lo mismo. O, por último, cuando sostiene que Galdós nunca escribió una novela como La Regenta, olvidándose nada menos que de Fortuna y Jacinta.

Las fotos se me antojan muy valiosas, porque para los que no sean especialistas en su obra, creo que resultarán nuevas, pues algunas de ellas son inéditas y la mayoría, poco conocidas. Pero un libro de estas características hubiera necesitado, sin embargo, un índice de nombres, títulos de obras y conceptos que facilitaran su consulta; al mismo tiempo que deberían haberse evitado algunas reiteraciones.

Pocos escritores han reflexionado con tanta lucidez sobre la literatura y sobre las artes en general como José Ángel Valente. Él quiso seguir el vuelo de los más grandes, compartir una ambición semejante, al nadar a contracorriente. Quizá por ello una divisa que le hiciera justicia podría ser: “Busco, sobre todo, lo que no sé que busco”.
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Fernando Valls es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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