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Los diablos azules

'El diccionario del diablo': Un castigo y un flagelo

  • Balanceándose en la cornisa de lo políticamente correcto, Ambrose Bierce banaliza el sentido común y desacraliza las imposturas de las instituciones
  • Como en un laboratorio donde todo se trasluce, el autor recorre en El diccionario del diablo los temas y tópicos que fueron ejes de su obra literaria

Publicada el 13/09/2019 a las 06:00 Actualizada el 13/09/2019 a las 11:12
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Ambrose Bierce, el periodista y escritor satírico estadounidense, resulta imprescindible para la buena salud mental y literaria de una actualidad tan desconcertante como ambigua, sobre todo porque su concepto de sátira estuvo siempre presente en sus columnas y en sus artículos periodísticos, como se muestra en su obra literaria, sobre todo en uno de sus libros más celebrados, El diccionario del diablo, ejemplo que explicaría cómo la sátira tiene un punto de castigo, de auténtico flagelo, y no necesita tirar de lo siniestro, o lo macabro para impresionar al espíritu del curioso lector. En las páginas del Diccionario, que ahora reedita Sexto Piso, el humor parece más jovial y el ingenio se hace valer por sí mismo. Bierce se propuso escribir esta singular obra cuando estaba en la plenitud de su éxito, y continuó escribiéndola a pesar de las situaciones adversas por las que pasó en su vida, aunque el final de sus días queda envuelto en el más absoluto de los misterios: un día de noviembre de 1913 cruzó la frontera de El Paso; buscaba nuevas aventuras y las encontró en la Revolución Mexicana, pero se dio de bruces con la muerte poco después, y tal vez murió asesinado por alguno de los bandos en litigio: el federal o el revolucionario, cerca de Sierra Mojada, en cuyo cementerio se inscribió una lápida conmemorativa, sin que nadie haya llenado el vacío de sus últimos meses, o de sus escasos segundos frente a un pelotón de fusilamiento.

  La leyenda sobre Bierce arroja la suficiente luz sobre un autor cuyo carácter ha merecido multitud de epítetos: ácido, amargo, cáustico, realista, sádico, lúcido, pesimista, satírico, misántropo, pero quizá, sea cínico el calificativo más acertado. En su Diccionario del diablo (1911), define el arquetipo de hombre, "miserable cuya vista defectuosa le hace ver las cosas como son y no como debieran"; en realidad, una burla total y despiadada del género humano, de sus instituciones, de sus presupuestos lógicos, de sus ideas más conspicuas y un repaso a la más diabólica lexicografía contra las ideas que jamás nadie haya podido pensar. Sin embargo, en su libro más conocido, Cuentos de soldados y civiles (1891), esbozó un erial moderno de pobreza y de guerra en el que el futuro aparece excluido. De estos relatos destacan aquellos donde el horror metafísico encuentra un sustento de veracidad cotidiana. Estos cuentos pretenden expresar ese horror como la experiencia esencial de la guerra; existe en ellos un componente irreal y fantástico casi espectral en el sentido del más allá que se agudizará en posteriores obras. Vida, horror y muerte serán las premisas de unas historias de soldados entre los que podemos encontrar buenos ejemplos del mejor arte narrativo de todos los tiempos. Con una estructura perfecta, muestran una multiplicidad de sucesos cuyo tema común, la guerra, se solapa con el de la muerte y así encontramos relatos en los que un soldado da muerte a su propio padre, un capitán ordenar disparar un cañón situado frente a su casa, un prisionero mantiene una conversación filosófica con su ejecutor, o un misterioso jinete surca el cielo. Los cuentos de civiles, por otro lado, comparten ese componente irreal y fantástico que caracteriza a toda la colección, pero el dramatismo en estos es menos eficiente, aunque conservan la maestría de la acción. La condensación dramática, en general, completa perfectamente el volumen y servirá de base para posteriores entregas; también, sus relatos están impregnados de humor, aunque un humor tan negro que no resulta fácil percibirlo, como señala su traductor Emili Olcina, pero cuya omnipresencia es necesaria para la coherencia de la narración. Al mismo tiempo, Cuentos de soldados y civiles señala esa doble realidad, tan diversa, de una posterior nación unitaria, aunque en los relatos de soldados la guerra está en curso, y también está, en los de civiles, la conquista del Oeste. Bierce nunca enfocará la historia como si se tratara de un aspecto titánico, sino que la examina a través de conflictos personales y será, entonces, cuando el lector contemple la debilidad humana magnificada en los escenarios grandiosos de la Guerra Civil y del Gran Oeste.


Humor negro


El diccionario del diablo, escrito durante el último tramo del siglo XIX, pone el dedo en la llaga de una sociedad que se empeña en aparentar lo que no es. Utilizando los giros propios de un lenguaje balanceándose en la cornisa de lo políticamente correcto, Bierce banaliza el sentido común, desacraliza las imposturas de las instituciones y estrella al hombre en el muro de sus inseguridades y simulaciones. Con una apreciación imaginativa directa, sin elusiones, con las garras del mayor cinismo, cada definición es una obra maestra de un ingenio creador único. ¿De quiénes habla Bierce? De la burguesía, de los afectados, de la gran ensalada en la que se convierten los hombres a partir de un pretendido lugar en la pirámide de la sociedad. Como en un laboratorio donde todo se trasluce, el autor recorre los temas y tópicos que fueron ejes de su obra literaria, la economía, la guerra, el matrimonio, la muerte, el hombre, la mujer, son pasados por un filtro que a muchos deben haber incomodado. El conjunto es un libro para tenerlo a mano y hojearlo siempre. Incluso puede ser muy bueno acudir a él después de leer algunos de sus mejores cuentos para cerrar el día de una manera absoluta. The Devil’s Dictionary es una recopilación de 998 definiciones expresadas en fórmulas asesinas, corrosivas y sin piedad para el género humano. Escrito de 1881 a 1906, inicialmente fue publicado en fragmentos en diversos periódicos durante más de veinte años, y al finalizarlo su autor se recopiló una versión completa en 1911. 

  La editorial Sexto Piso reúne una amplia selección de aquellas definiciones de más vigencia para un curioso y atento lector actual. Traducido, de forma magistral, por Vicente Campos y acompañado por las viñetas del ilustrador Alberto Montt, esta despiadada colección de definiciones sobresale por su ingenio cáustico que tanto ayer como hoy mira hacia la política, las finanzas, la religión, la literatura o el arte, actitudes y hechos que son manejados, sobre todo, por la estupidez humana, la intolerancia de los poderosos y la falsedad de una sociedad que bien puede medirse en las actitudes y acciones de este presente que solamente podremos soportar gracias al poder desacralizador de la risa.

La literatura de Bierce debe mucho a la de otro maestro del relato de misterio, Edgar Allan Poe, para quien la realidad se encontraba siempre más allá, fuera de lugar o por debajo de las formas estabilizadas, bien de la sociedad, bien del espíritu. Sus obras, en general, están repletas de dramas y de fuerzas psíquicas impersonales y en su escritura, indiscutiblemente, se percibe el dominio de estas fuerzas que consiguen llegar hasta la misma psique humana. En sus cuentos el futuro siempre está excluido, la atrocidad de algunos momentos no deja indiferente a un lector que valora algunas de las pesadillas vividas por los protagonistas del narrador norteamericano.


El personaje

Ambrose Gwinett Pierce nació en Meigs Country, Ohio, en 1842, y fue el décimo de un total de trece vástagos de una modesta familia calvinista que educó a sus hijos en la escuela rural del lugar y en la modesta biblioteca del padre. Las precariedades familiares llevaron, muy pronto, al joven Bierce a abandonar su casa a los quince años para instalarse en la cercana Warsaw, inicialmente como aprendiz de impresor, aunque muy pronto aprovechó para alistarse voluntario en el 9º Regimiento de Infantería de Indiana, del ejército de la Unión, apenas comenzada la contienda civil. El año 1866 marcaría el inicio de un cambio de rumbo en la sociedad norteamericana y en la propia vida de Bierce: empezaría a ejercer su definitiva profesión de periodista y durante más de treinta años se entregaría a esta actividad publicando en los principales periódicos de la costa californiana, el Argonaut, News Letter, Overland Montly y el San Francisco Examiner. Alternó su dedicación a la prensa con su creación literaria, viajó a Europa, vivió en Londres, y volvió a San Francisco con una amplia experiencia y con algunas de las obras que posteriormente le harían famoso, Cuentos de soldados y civiles (1891), ¿Pueden existir tales cosas? (1893), Fábulas fantásticas (1899), El diccionario del diablo (1911), o los doce volúmenes de sus Obras Completas (1909-1912).

Tenía 71 años cuando el autor escribió: "Soy tan viejo que me avergüenza vivir todavía", una resonante frase encontrada en una de las últimas cartas que se conservan de sus días en el México convulso. Premeditación que le llevaría a dejarse matar: ser un gringo viejo, y un provocador en medio de una revolución, suma final de uno más de los ingredientes de sus numerosos actos sublimes. La literatura, por otra parte, está poblada de hermosos suicidios porque, al fin y al cabo, si el asesinato puede ser considerado como una de las bellas artes, con mayor motivo ha de serlo el suicidio, que no es ni más ni menos que un asesinato perpetrado en la propia persona. Un día de 1913 cruzó la frontera con una importante cantidad de dinero y un salvoconducto que le permitiera recorrer el territorio constitucionalista. En Chihuahua escribió dos cartas: una fechada en la Nochebuena de 1913 y otra, dos días más tarde, el 26 de diciembre. Poco más se sabe de él. En el cementerio del pueblo mexicano de Sierra Mojada, existe una tumba donde, según la tradición local, está enterrado un "gringo" que, a principios de 1914, intentaba unirse a las fuerzas de Pancho Villa: fue fusilado contra la pared del cementerio, por tropas fieles a Victoriano Huerta. Los lugareños cuentan que el "gringo", encarado a su pelotón de fusilamiento, se echó a reír, y siguió riendo incluso después de haberle derribado la primera descarga de su propia ejecución.
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Pedro M. Domene es escritor.

 
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