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Los diablos azules

Philippe Lançon: "Alá es grande' era un grito de paz para mí"

  • Superviviente del ataque contra Charlie Hebdo, Lançon reconstruye en el El colgajo tanto una anatomía personal como una memoria colectiva
  • Sin odio ni rencor, entre la vida y la muerte, la literatura abraza como nunca el relato de unos sucesos que conmocionaron al mundo
  • Esta entrevista está publicada en el número de octubre de tintaLibre, a la venta en quioscos a partir de este viernes 

Ramón Reboiras
Publicada el 04/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 03/10/2019 a las 20:53
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El escritor y periodista Philippe Lançon durante la entrevista en Barcelona.

El escritor y periodista Philippe Lançon durante la entrevista en Barcelona.

EFE
Los hechos son bien conocidos. El 7 de enero de 2015 los hermanos Kouachi, integrantes de la rama yemení de Al Qaeda, asaltan armados con fusiles AK-47 la redacción de la revista francesa Charlie Hebdo en el centro de París y asesinan a 11 personas que se encontraban en su interior, hieren a otras tantas y, a la salida, acaban con la vida de dos policías. En la lista de bajas hay personalidades muy conocidas, como los dibujantes Cabu, Tignous, Charb, Wolinski u Honoré, verdaderos iconos de la sátira ilustrada francesa. Uno de los supervivientes de la masacre, Philippe Lançon, destacado periodista cultural tanto de Charlie como del diario Libération, herido por las balas en el lado derecho de su mandíbula y dado por muerto por los asaltantes, se erige en testigo de los hechos con un estremecedor libro, El colgajo, publicado en español por Anagrama. La obra cuenta un largo viacrucis hospitalario, se sumerge en una memoria arrebatada por el dolor del suceso en un relato marcado a partes iguales por la tragedia, pero también por la redención. No hay odio, no hay rencor. Colgajo es la palabra coloquial que emplean los cirujanos cuando se practica un injerto de piel en un paciente. Colgajo es también la reconstrucción no solo de la anatomía de su autor en concreto, sino de una herida universal que tardará tiempo en cicatrizar.

Pregunta. El lector entra en tal intimidad con el protagonista de su obra que es inevitable no interesarse por su estado físico actual. Después de todo lo ocurrido hay que preguntarle primero cómo está, en qué momento se encuentra del proceso de recuperación. Su supervivencia resulta una historia compartida por todos.

Respuesta. Estoy mejor. Sigo llevando una vida un tanto suspendida, sigo de baja. En Francia tenemos un término, consolidé, que es una palabra que se aplica cuando ya no puedes mejorar más. Yo no he alcanzado todavía el grado, sigo de nuevo con cirugías. Hasta que no esté consolidé puedo permitirme organizar mi vida y mi tiempo con libertad. Todo lo que tiene que ver con la boca resulta muy difícil: se trata de un instrumento social de primer orden para hablar, para besar, para comer... Y el asunto es que me ha tocado vivir con una boca débil, por eso digo que llevo una vida suspendida. Resulta curioso, pero cuando tengo algún problema psicológico o algún dolor todo se me concentra en la boca. La herida central de todo mi proceso es la boca. Siento el dolor, quisiera olvidarlo, no tengo trauma, pero ahí está.

P. Mientras tanto, ha tenido un hijo, la vida prosigue su curso.

R. El amor fue la buena sorpresa, no suelo hablar de eso, pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, como la canción de Rubén Blades.

P. Su libro es un torrente confesional. No sé si después de algún tiempo hubiera cambiado algo o fue el único modo de volver al episodio dramático.

R. El libro lo escribí hace dos años. Por supuesto me pregunto qué sería de él si hubiera sido escrito ahora o dentro de dos o 10 años. Primero, el camino de la memoria sería distinto; luego, estoy convencido de que el libro seguramente sería más corto, aunque no sé si igual de denso. La pregunta tiene sentido y no tiene sentido, pues lo escribí cuando sentí la necesidad de hacerlo. A veces me planteo la posibilidad de volver a hacerlo de nuevo dentro de cinco años, sin relectura alguna, solo empleando la memoria del acontecimiento.

P. El narrador y el personaje van adquiriendo autonomía a lo largo de la obra. Philippe Lançon no es ya Philippe Lançon, sino otra persona distinta. Son voces que alimentan un conflicto narrativo muy interesante.

R. Existen, al menos, tres personajes: el hombre que era antes del atentado, el hombre después del atentado (que está hospitalizado) y el hombre que ha escrito el libro dos años después y que vive ya otra situación. En un trabajo basado en la memoria las situaciones cambian y el propio escritor ya no es el mismo que aquel que ha vivido el acontecimiento. Es bueno que así sea, porque la escritura, precisamente, pertenece siempre a otro espacio. En el caso concreto de lo que me ha tocado vivir hubo varios hombres distintos con momentos de corte entre ellos. Es lo que precisamente quiero hacer sentir al lector, ese corte entre varias personalidades, esa manera que tiene la vida de reconstruir las raíces que crecen y se entremezclan bajo la tierra y en el subconsciente. La reconstrucción siempre resulta anárquica. Cuando estaba escribiendo no me daba cuenta de eso porque el proyecto resultaba muy sencillo: contar lo que me había pasado entre el 7 de enero y el 13 de noviembre, aunque el principio siempre resultó más claro que el final. Al escribir supe que tenía que hacerlo para saber yo mismo lo que había vivido.
“El mejor escritor no aprende nada de escribir, en su propia vida seguirá cometiendo los mismos errores y viviendo con los mismos problemas y defectos. Lo único que me ha curado a mí ha sido el hospital”

P. ¿Encontró la voz narradora, quiere decir?

R. La voz estaba ya en la primera frase. Yo soy crítico literario y me río mucho de esas cosas de los críticos, pero es verdad que cuando tuve la primera frase encontré también la voz… Era la verdad, una verdad objetiva pero a la vez melancólica de lo que ocurrió. Entre esta primera frase y la segunda pasó casi un año sin que pudiera escribir nada.

P. En este sentido, hay una expresión española muy sabia y que se le puede aplicar: “Vivir para contarlo”.

R. Mi libro es un cuento. Un cuento donde todo es real. El personaje que relata toda esta historia, que era yo, fue desapareciendo mientras escribía el libro y, al terminar la obra, había desaparecido por completo. Por eso se trata de un personaje de cuento.

P. Muchos lectores quizás no coincidan con esa versión tan ficticia.

R. Por supuesto que los lectores son mucho más inteligentes de lo que pensamos los escritores, pero estoy viendo reacciones en Francia tras la publicación y observo que la gente viene a verme a mí, necesita ver a la persona que vivió todo eso, aunque luego muchas veces me doy cuenta de que el libro me protege de mí mismo, tiene su propia autonomía, su propia fuerza frente a los lectores.

P. ¿Existe un poder sanador de la literatura?

R. Yo no diría que es un poder sanador. Existe la literatura que uno lee y la literatura que uno escribe. Si hablamos solo de lectura, a mí me proporciona muy buenos amigos, tanto escritores como sus personajes, no me importa que sean de ficción o no ficción, son amigos, me dan fuerza, no me curan de nada pero me dan fuerza. En cambio, al escribir ocurre otra cosa distinta, la escritura es una vida distinta. Cuando uno acaba de escribir vuelve a los problemas, a la vida real donde la otra vida, la del escritor, no cura de nada. El mejor escritor no aprende nada de escribir, en su propia vida seguirá con los mismos errores, los mismos problemas y defectos. Lo único que me ha curado es el hospital mismo. Por supuesto, me ha curado de una manera bruta y yo me he sentido bien en eso. De hecho, la única fuerza que he tenido es saber que me estaban curando de manera frontal, sin escapatoria. Lo puedes tragar o no, hay mucha gente que no traga los hospitales, son muy difíciles: esa época, la habitación, el tiempo se vuelve circular, obsesivo y pesa muchísimo. Es un tiempo de mucha espera. En ese momento, al menos yo, pensaba que nunca iba a salir y, por supuesto, todos me animaban y me decían que sí. Es curioso porque cuanto más estaba cerca del final, menos posibilidades veía. Mentalmente, estaba mejor al principio.

P. ¿Tal vez sentía el pánico de abandonar el vientre de la ballena?

R. Afrontaba el mar abierto. Sí, es verdad.

P. Su libro está lleno de referencias clásicas, entre ellas, hay dos instituciones francesas históricas muy poderosas, La Salpêtrière y Les Invalides, dos escenarios donde transcurre todo su tratamiento. Dos lugares llenos de combatientes heridos, de soldados desconocidos…

R. Son dos hospitales que fueron construidos bajo el reinado de Luis XIV, en el siglo XVII. El edificio principal de La Salpêtrière conserva la misma arquitectura que el edificio principal de Les Invalides. En ambos hospitales hay un montón de historias y de fantasmas. Yo me los he cruzado a casi todos porque la mayoría de los enfermos no permanecen tanto tiempo como yo ingresados: o sanan o mueren. Conozco a mucha gente que ha muerto en La Salpêtrière. Hay pocas personas que hayan pasado tanto tiempo en el hospital en la condición de paciente. No suelen aguantar demasiado, hay problemas de dinero, pero también de microbios. Yo mismo era un fantasma en mi propio castillo.

P. En ningún momento se observa rencor en su libro. Los hermanos Kouachi aparecen muy discretamente, una sombra amenazante de unas botas cuando se produce el asalto y está ya herido en el suelo.

R. Yo describo solo lo que vi, ni más ni menos. Ir más allá de eso, saber de su vida, hubiera sido otro trabajo, un trabajo periodístico, y ese no era mi proyecto. El mío era un proyecto desde el interior. Un periodista haría un trabajo desde afuera, con fotos y todo eso. Yo me limité a describir lo que vi y sentí. Vi unas botas negras y oí unas palabras.

P. Allahu akbar (Alá es grande) resuena como un trueno en todo el libro. Se trata de una invocación que se repite en muchos atentados recientes.

R. He pasado algún tiempo como periodista en los países árabes y, para mí, el grito de la mezquita Allahu akbar se corresponde con un grito de paz. Recuerdo muy bien cuando, hace unos 30 años, dormía en ciudades árabes como El Cairo y escuchaba el rezo del muecín, sobre todo el primero de la madrugada, a las cuatro o así. Lo oía y luego me dormía otra vez, y era como si el alba se amansara con el rezo. Para mí, fue un grito pacífico que me llevaba de nuevo a recordar mi estancia en esos países, a presentir el calor que iba a hacer durante el día, todas esas sensaciones... Y, de repente, ese grito se volvió odioso y mortal, porque no tenía ya nada que ver con lo que había experimentado como reportero. Es a la vez el lado trágico y cómico de toda esta historia.

P. Incluso en detalles crudos como el del momento del atentado hay una suspensión del sentido, una forma de estar entre la vida y la muerte que no abandona en ningún momento del relato.

R. Escribí desde una zona muy indefinida. Era importante buscar desde el interior cómo describir ese estado, renunciar a la descripción facilona, no dar nombres apenas. Perfectamente hubiera podido narrarlo todo desde fuera, de una manera más directa, pero no era así, porque todo llegó al mismo tiempo, los hechos se precipitaron. Ese fue uno de los problemas que tuve al escribir y que tengo casi todo el tiempo a partir de entonces.

P. En la víspera del atentado ocurrió algo premonitorio. Va a ver una función de Noche de reyes, de Shakespeare, en la periferia de París.

R. Así fue. Yo no tuve que imaginar cómo ocurrió, solo tuve que imaginar cómo escribir las escenas, Shakespeare estaba ahí. Hay un azar objetivo, como decían los surrealistas. Volví a vivir esta escena de La noche de reyes muchas veces antes de escribir el libro. En algún momento entendí que ahí empezó todo. Hubiera podido no contar la víspera, hubiera podido empezar con el propio día del atentado, pero siempre supe que no iba a empezar en ese momento, porque no tenía nada que ver con lo que había vivido. El atentado es el principio de algo, pero también fue el final. Tenía que comenzar antes porque, además, sentí que mi vida cultural y mi vida social acababan la noche de Shakespeare. Esa casualidad se volvió mi destino.
“Los políticos no tuvieron la valentía de explicar a los franceses blancos que ahora hay ciudadanos franceses árabes y africanos”

P. Sus padres eran lectores de Le Figaro y durante su proceso de hospitalización se hacen fieles lectores de Charlie. Casi una conversión...

R. Mi padre falleció hace poco; pero mi madre, de hecho, sigue leyendo Charlie, que no le gusta nada, ya que para ella es un periódico incomprensible, pero lo compra cada semana. Es su fidelidad adquirida en enero de 2015. Esa es la idiosincrasia del atentado: un acontecimiento que destruye la vida de mucha gente, pero que también la recompone de nuevo de una manera muy íntima. El atentado supone un cruce entre algo político, que afecta a la sociedad entera, y la propia intimidad de cada víctima y los círculos alrededor de ella (familiares, amigos, colegas). Se trata de una idiosincrasia muy particular. Funciona como las ondas concéntricas que se forman cuando echas una piedra en el agua. La piedra soy yo, pero tan importantes como yo son los círculos: los cirujanos, mi novia, mis amigos, mi exmujer, mis padres, las enfermeras, los colegas. Yo no soy la única víctima. En mi pequeño mundo todos son víctimas.

P. Recordará algunas reacciones.

R. Recuerdo a un colega, que cubrió las guerras de Irak y de Siria, que me dijo: “Eso tenía que tocarme a mí, no a ti; es un escándalo que te haya tocado a ti y no a mí, que corro tantos riesgos”. Yo le respondí: “Tuviste la suerte de no resultar herido en Siria y yo no la tuve y me hirieron en el centro de París. La guerra está hoy en todas partes”. Otro colega y viejo amigo que conocí en Irak en 1989, Jean-Pierre Perrin, ya retirado, me visitó un par de meses después del atentado en el hospital y me dijo: “¡Tienes que salir de esto y ganar. Es muy importante no solo para ti, sino para todos nosotros!”. En ese momento sentí que no era el único responsable de mi propia vida, sino todo lo que significaba para muchos otros que yo sobreviviera a lo que me había pasado.

P. Su relato está lleno de personajes secundarios, médicos, escoltas y enfermeras, que adquieren mucha importancia en la narración y en la curación. Hay una cirujana por la que siente una obsesión platónica, amorosa…

R. No fue amorosa. Cómo decirlo... ¡Era mi hada!

P. Conforme avanzan los meses se va sintiendo mejor cuidado, más recuperado, el colgajo funciona, va a ver exposiciones con la escolta, da sus primeros paseos; pero la posibilidad de que le den el alta, de salir del hospital a la vida, de volver a su casa, le aterra.

R. Yo no quería salir, sabía que tenía que hacerlo, pero no quería.

P. En la calle le aguarda su bicicleta que aparca cerca de Charlie el 7 de enero y en la que piensa desde los primeros minutos después del atentado.

R. ¡Mi bicicleta! Sí, me obsesionaba encontrarla, saber si seguía allí. Al final me enteré de que no la robó nadie, sino que la retiraron del lugar los servicios de limpieza.

P. También recibe la visita de François Hollande, que describe con mucha ironía…

R. Bueno, por todos es sabido que a Hollande le gustan mucho las mujeres. Que se fijara y me preguntara por mi cirujana no quiere decir que no fuera muy atento y simpático conmigo. Para mí fue un momento ligero, agradable, en un sitio que no es nada ligero como la habitación de un hospital. Le agradecí ese toque de aire fresco.

P. Desde el hospital recupera sus crónicas periodísticas y se da cuenta que el estilo ha cambiado.

R. No podría decir si el atentado y toda la experiencia vinculada a él han modificado mi manera de escribir y de hacer periodismo. No lo sé bien todavía.

P. Lo que sí se puede afirmar es que el periodismo, en general, ha cambiado. Persisten pequeños focos de resistencia impresa como Libération, Charlie o tintaLibre, si me lo permite.

R. El mundo en el que estamos los periodistas no tiene nada que ver con el mundo donde empezamos a trabajar. El cambio ha sido radical. Sin embargo, en el fondo, el trabajo sigue siendo igual. Un reportaje es un reportaje: ir a un sitio, mirar, entrevistar y contar lo que has visto, vivido y escuchado. Lo que ha cambiado es la técnica, pero resulta muy difícil todavía evaluar cómo internet y las redes pueden modificar la conciencia. En todo caso, lo sabremos pronto.

P. ¿No será que tenemos todos los periodistas una sensación de derrota?

R. Yo no quiero pensar así. Soy realista. Este es el mundo en el que nos ha tocado vivir y quizás envejecer. Hay que admitir las cosas como son. Molière decía algo así como que la culpa nunca la tienen los jóvenes. Los jóvenes periodistas son quizás más listos y rápidos de lo que yo lo era, de eso estoy seguro, pero en demasiados casos no escriben bien, porque ya no están preocupados por ello. Lo importante es la libertad, por eso yo trabajo en Libération. A mí no me gustaría forzar a la gente a escribir o a leer artículos largos, pero me niego a que me manden hacer tuits el día entero. Creo en la libertad. Si ustedes quieren hacer esto o lo otro pueden hacerlo, pero no cuenten conmigo.

P. ¿Después de Charlie o Bataclan, cómo se pueden cerrar las heridas de la Francia multicultural?

R. Hace más de 30 años que la sociedad francesa está cambiando y la clase política en ningún momento ha preparado a la gente para que pueda entenderlo. Después de la descolonización de los años sesenta empezaron a venir un montón de africanos y árabes para construir nuestras calles y nuestros edificios. Nunca quisieron ver que esa misma gente iba a quedarse y a tener niños, y que eso era parte de la nueva cara de Francia. Hasta muy recientemente esto no existía en la representación nacional y esa parte oculta, esa importante minoría, forma parte de la Francia actual. Lo que ocurre es que, de repente, Francia se ha encontrado con una identidad que no conoce en absoluto. No fue preparada para ello y la culpa de ello la tienen, sobre todo, los políticos, porque son los elegidos para que exista la comunidad nacional de la forma más razonable y realista, y que podamos vivir juntos. No lo hicieron, no tuvieron la valentía de explicar a los franceses blancos que en la Francia de ahora hay ciudadanos franceses árabes y africanos. Ahora ya lo dicen, pero debieron hacerlo hace 30 años y cambiar el sistema para permitir que esa gente pudiera tener acceso a una vida normal en Francia.

P. Las vísperas del atentado trabajaba en una crítica de Houellebecq, nada menos que de Sumisión. ¿Ha tenido noticias suyas?

R. No. Pero tenemos la misma editora. Pura casualidad.

P. ¿Qué nombre le ha puesto a su hijo?

R. Émile.

P. ¿Rousseau?

R. Rousseau.
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Ramón Reboiras es director de tintaLibre, el mensual en papel de infoLibre. Esta entrevista está publicada en el número de octubre, a la venta en quioscos. Si eres socio, puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.
 
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