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Los libros

Amiel: la vida escrita

  • Llama la atención que, con el auge del diario íntimo, no se mencione apenas el precedente que supone el del profesor ginebrino Henri-Frédéric Amiel
  • Amiel vivió por y para estas páginas, fueron su confidente e interlocutor. Vivió mientras tuvo fuerzas para acudir a ellas. De algún modo, en ellas sigue vivo

Publicada el 11/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 11/10/2019 a las 13:12
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Diario íntimo
Henri-Frédéric Amiel

Traducción y prólogo de Clara Campoamor
Introducción de Bernard Bouvier

Renacimiento
Sevilla

2019

 
  Llama la atención que, en una coyuntura literaria en la que parece experimentarse un cierto auge del cultivo del diario íntimo, no se mencione apenas el precedente que supone el que el profesor ginebrino Henri-Frédéric Amiel (1821-1881) escribió sin interrupción a lo largo de 35 años de su vida y no fue publicado hasta después su muerte, primero en una versión muy expurgada y luego en otra que incluía una selección más amplia, por más que esta todavía representara una pequeña porción —apenas 700 páginas en la edición que manejamos— de las 17.000 páginas escritas. Ha habido intentos de ofrecer versiones más completas aún, a pesar de que la empresa parece inabordable: en Francia se han publicado los diarios “completos” correspondientes a algunos años del largo periodo cubierto por el impenitente diarista. Con todo, la versión canónica por la que hoy se conocen los diarios del profesor ginebrino es la “ampliada” que Bernard Bouvier dio a la imprenta en 1923, que fue la que mereció el artículo-reseña que Unamuno hizo de ellos ese mismo año en el periódico bonaerense La Nación (“Una vida sin historia: Amiel”) y la que fundamentó el conocido ensayo que en 1932 Gregorio Marañón dedicó al ginebrino: Amiel. Un tratado sobre la timidez. Son sólo dos ejemplos del eco que estos diarios tuvieron en la literatura en lengua española, como lo tuvieron también en toda Europa y América. Fue la compilación de Bouvier, por último, la que publicó Losada en 1949 en traducción de Clara Campoamor, que es la que hoy reedita Renacimiento.

Hubo otros diarios, y muy importantes, antes de los del ginebrino: él mismo cita, en los acuses de lectura que va dejando en el suyo, los de Maine de Biran y los de Sismondi, así como muchos otros notables ejemplos de escritura autobiográfica que le interesaron. Pero quizá lo que captó de inmediato la imaginación de los primeros lectores de este diario —ya hemos mencionado a nuestro Unamuno— fue, no tanto el carácter testimonial o documental del texto conservado, como el hecho de que en él se ofreciera un detallado registro, no de hechos o pormenores que pudieran ilustrar sobre una época o arrojar luz sobre la biografía de un hombre notable, sino del pulso mismo de vivir en la duda, sometido a un constante y riguroso autoanálisis y en lucha permanente contra la tentación del desistimiento, tanto vital como literario.

Podrá discutirse, en efecto, si Amiel fue o no, como quiso nuestro Marañón, un tímido —en el sentido sexual—; o, como argumentó Unamuno, un espíritu esencialmente religioso, al modo agónico en que el propio pensador vasco quiso vivir su lucha con la fe heredada. En los diarios de Amiel pueden espigarse infinidad de frases y pasajes que apoyan una y otra tesis, así como otras tantas que quizá abonarían las contrarias. El “tímido” Amiel, cabría replicar a Marañón, supo rodearse toda su vida de una corte de admiradoras entre las que le hubiera sido fácil encontrar una compañera, si no fuera porque siempre defendió, quizá con argumentos un tanto capciosos, sus ansias de independencia moral y afectiva, que jamás quiso poner en riesgo. La página demoledora que dedica a la institución familiar el 12 de septiembre de 1868 no deja lugar a dudas sobre qué clase de males temía: “La familia se arroga la impunidad de las malas acciones, el derecho a los insultos y la irresponsabilidad de las afrentas”. Por otra parte, es cierto que la religión es uno de los asuntos a los que más atención dedica el ginebrino; pero casi siempre —salvo cuando la coyuntura afectiva lo lleva por derroteros más convencionales— para señalar lo que Esta tiene de conjunto de mitos primitivos o bárbaros, que derivan en absurdas imposiciones al creyente; lo que no significa que Amiel abomine del cristianismo sin más: más bien, valora en él lo que tiene de platonismo popular, de vehículo de difusión de doctrinas morales y filosóficas que, de otro modo, no llegarían a calar en las masas.

Pero, si hoy leemos a Amiel, no es por sus ideas —al fin y al cabo, calderilla intelectual que circulaba por todas las universidades de Europa—, sino por el modo de exponerlas y de convertirlas en sustancia misma de una mente en constante trance de cuestionarse a sí misma. Tanto Clara Campoamor como Bouvier describen, en sus respectivos prólogos, el modo de proceder del ginebrino. Las entradas de su diario suelen abrirse con una observación aparentemente trivial, referida al clima, a las impresiones de un paseo o a la que le ha causado algún interlocutor ocasional. A partir de esas observaciones, el diarista eleva el tiro e intenta extraer lo categórico de lo meramente anecdótico, sin perder nunca de vista, por supuesto, el peso de la propia experiencia y la posibilidad de que la reflexión de ese día aporte algo a una especie de balance vital en permanente construcción. Amiel se juzga a sí mismo todos los días y, con frecuencia, se condena; por más que, en la redacción de la sentencia, suela encontrar atenuantes e incluso argumentos a favor de una completa absolución ulterior. El tímido se revela ahí como un hombre en cierta medida autocomplaciente, aunque nunca tanto como para no someterse, al día siguiente, a una nueva vista del mismo juicio.

Naturalmente, este constante debatir resultaría simplemente abrumador si no fuera porque su transcripción puntual abunda en aciertos expresivos, observaciones finas y atinadas, acuñaciones memorables, caracterizaciones rápidas y certeras de personajes e incluso un difuso, pero efectivo, sentido del humor. Cabe preguntarse si los compiladores de la selección que conocemos no habrán sido parcos a la hora de recoger más testimonios de estos modos de proceder, en beneficio del empeño en presentar al ginebrino como un pensador, un moralista o un filósofo, antes que como un hombre contemplativo y ocurrente. En cualquier caso, la versión de la que disponemos no deja lugar a dudas respecto a estas predisposiciones del diarista. Hay una divertida entrada, por ejemplo, dedicada a los enredos del gato de la casa en la mesa del profesor; hay muchas dedicadas a las escapadas del ginebrino a las localidades de las afueras; y abundan las que lo caracterizan como un agudo observador del entorno natural, así como de sus semejantes; por más que, como hombre que fue de su época, en sus juicios sobre las mujeres, por ejemplo, abunden también las generalizaciones absurdas o abusivas.

Lo que antecede podría considerarse una descripción un tanto sumaria de lo que cabe encontrar en el curso medio del diario, su tramo más prolongado y característico. Mención aparte hay que hacer de su final: las páginas escritas en el último año y medio de vida del diarista son, sencillamente, espléndidas. El hombre que ha dedicado décadas enteras a afinar un instrumento íntimo de expresión y reflexión encuentra que, llegado el caso de considerar la inminencia de la muerte, no hay matiz ni detalle de la nueva coyuntura existencial que no pueda ser lúcidamente consignado con economía y precisión. Las entradas se hacen más cortas, pero también más expresivas y certeras. Al lector le parece estar asistiendo al declinar de un hombre que, si embargo, no ha tenido que abdicar de su inteligencia y se vale de ella hasta casi el último día. No hay patetismo en estas páginas, no hay expansiones sentimentales. Quien vivió ordenada y discretamente en voluntaria soltería y entregado con gusto a las rutinas de la vida profesoral se enfrenta ahora con idéntica discreción y buen juicio a las disposiciones que requiere el inevitable desenlace. No deja de leer, no deja de opinar sobre los asuntos que trae el periódico, e incluso tiene humor para ironizar sobre su estado: “Esta vida de enfermo es demasiado epicúrea”, afirma el 21 de marzo de 1881, a menos de dos meses de su muerte.

Se cierra este diario con una rara emoción. Amiel vivió por y para estas páginas, fueron su confidente e interlocutor. Vivió mientras tuvo fuerzas para acudir a ellas. De algún modo, en ellas sigue vivo.
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José Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros son Arabesco (poesía, Pre-Textos) y Trilogía de la Transición (novela, Dalya), ambos de 2018.

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