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Los diablos azules

Lola López Mondéjar: "El futuro es feminista y sostenible o no será tal"

  • La escritora y psicoanalista, autora de libros como Qué mundo tan maravilloso, aborda  la tensión entre sus dos oficios y su compromiso político ecofeminista
  • "He aprendido más de Shakespeare, Tolstoi, de Alice Munro o de Marguerite Duras que de muchos artículos de psicoanálisis", cuenta la novelista

Publicada el 18/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 18/10/2019 a las 12:39
La escritora Lola López Mondéjar.

La escritora Lola López Mondéjar.

Lola López Mondéjar (Molina de Segura, Murcia, 1958) es psicoanalista y escritora —además de colaboradora de infoLibre—, autora de libros como Cada noche, cada noche (Siruela, 2016), donde revisita el mito de Lolita desde la figura de su hija, o Qué mundo tan maravilloso, su último libro de relatos, donde, atenta tanto al presente como al futuro, se pregunta por la belleza y la fealdad del ser humano. Aquí aborda el eclecticismo de su escritura, la tensión entre sus dos oficios y su compromiso político con el feminismo y la ecología.

Pregunta. Es una de las escritoras más polifacéticas que hay: escribe cuento, novela, teatro y ensayo. ¿En cuál de las tres facetas se encuentra más cómoda y cómo pueden influir unas sobre otras?

Respuesta. Cuando me preocupa un tema lo suficiente, intento abordarlo desde todas las perspectivas que conozco. A menudo, encuentro que he probado en el ensayo algunos de los motivos que aparecen en mis novelas o en mis relatos. Por ejemplo, mi malestar con la recepción de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov, dio lugar en primer lugar a un ensayo, De Lolas y Lolitas: la sumisión intelectual de la mujer. Pero, tras él, el tema seguía sin abandonarme, y la incomodidad tampoco lo hacía, hasta que escribí ni novela Cada noche, cada noche [Siruela, 2016]. Esto ha sucedido en otras muchas ocasiones. Trabajo sobre el amor desde el punto de vista filosófico-psicoanalítico, y aquello que no encuentro que puede resolverse racionalmente, lo traslado a la ficción, que permite una apertura a lo non finito más amplia, a mi juicio.

  El relato tiene un proceso de gestación muy distinto a la novela, es un impulso más fuerte e inmediato, y en el teatro encontré la fuerza del diálogo sin más añadidos. Me gusta desplazarme de un género a otro, y creo que todas estas formas se polinizan unas a otras. Para mí ensayo y ficción son vasos comunicantes que se nutren recíprocamente. La ficción tiene la capacidad de representar muy bien la complejidad del mundo, el pulso de las emociones y de la vida y, aunque leo mucho ensayo, la literatura ha sido siempre una vía de conocimiento tan amplia que, con frecuencia, he encontrado en la novela, anticipándose décadas al psicoanálisis, aquello que luego Freud y otros autores sistematizaron en sus teorías.

P. Además de escritora es también psicoanalista. ¿Establece alguna relación entre esas dos facetas? ¿Se retroalimentan o no tienen nada que ver?

R. El psicoanálisis es mi profesión y con ella me gano la vida. Empecé mi formación como psicoanalista casi al mismo tiempo en que se incrementó mi vocación lectora, a los 17 o 18 años, y hasta hoy no puedo pensarme sin ninguna de las dos actividades. Los escritores y las escritoras que admiro son aquellas que exploran lo humano tal y como el psicoanálisis también hace. He aprendido más de Shakespeare, Tolstoi, de Sándor Márai, de Alice Munro o de Marguerite Duras o Yourcenar, de Iris Murdoch, que de muchos artículos de psicoanálisis. Freud siempre insistía en que había que leer a los poetas, y por poetas se refería a los escritores en general. No existe para mí una gran diferencia entre el modo de sumergirse en los matices de nuestras motivaciones y nuestras percepciones de Clarice Lispector, y un juicioso texto sobre la inhibición o la fragmentación del yo. Ambos tienen un mismo objeto, y se iluminan uno a otro, aunque, obviamente, varía el lenguaje y la forma.

Siri Hustdvet ha mostrado otra vía interesante de integración entre psicoanálisis y ficción, pero en mí la influencia de uno en otro no pasa por hablar de teoría (quizás porque la utilizo cotidianamente), sino en dar a mis protagonistas una ambivalencia en sus afectos que me parece indispensable para que estén vivos, y un intento de profundizar en estos que me parece indispensable.

P. La familia y el amor son dos de sus grandes temas, presentes en casi todas sus obras y también en este último libro. ¿Cree que se puede superar el amor romántico en el actual sistema? ¿Y la concepción de la familia actual? ¿Qué deberíamos superar?

R. No creo que los jóvenes amen hoy de una forma romántica, es decir, dejándose llevar por la intuición y la piel, por la pasión erótica. El amor actual es un ejercicio de cálculo de probabilidades donde la razón entra de un modo estremecedor. Casi ninguno de los jóvenes que conozco se abandona a la pasión romántica, por el contrario, se preguntan si al comprometerse con su pareja actual no estarán perdiendo la oportunidad de encontrar otra mejor. De esto, he de reconocerlo, me costaría escribir, o solo puedo hacerlo de forma irónica y distante. El amor romántico nos ha hecho mucho daño a demasiadas mujeres que, como Emma Bovary y Don Quijote, creímos en las novelas románticas como él en los libros de caballería. Pero no creo que siga estando en el imaginario de los millennials.

En mis relatos la familia está casi siempre presente porque entiendo que tiene una doble faz jánica. De una parte, es un lugar cálido y confortable, donde nos encontramos seguros; de otra, y por la misma razón, porque es importante para nuestro equilibrio, puede ser también el lugar del sufrimiento más lacerante. Creo que hay que aprender a tolerar las decepciones que nos produce la pareja, los hijos, la amistad. Quizás mi último libro, además de viajes esté hablando de esto: de la necesaria aceptación de las diferencias, de la decepción, del imprescindible perdón, de la reparación de los vínculos cuando los dañamos. Si hay algo que debemos superar es la decepción que siempre nos deparan los otros, para poder aceptarlos y disfrutar de los afectos que sí nos ofrecen, no del amor romántico que siempre faltará, porque es mera idealización.

P. En Qué mundo tan maravilloso, se vislumbra una afición a ser una persona viajera. ¿Cómo cree que se puede compaginar eso con la situación de insostenibilidad del planeta?

R. Durante toda mi vida he amado sobre todas las cosas viajar. Y lo he hecho por todo el mundo. Como la mayoría de las personas de mi generación no tenía conciencia ecológica alguna y tomar aviones, consumir recursos que ahora reconozco como finitos, no implicaba para mí ningún inconveniente. Todo esto ha cambiado a medida que ha crecido mi conciencia medioambiental.

Desde hace muchos años no entra en casa la carne de ternera, y apenas la de otros animales. El pescado solo se consume esporádicamente en verano, cerca del mar, y, a ser posible, de kilómetro cero. Mi coche es híbrido, y desde hace tres años he decidido no hacer viajes trasatlánticos. Por supuesto, esto es casi innecesario decirlo, reciclo y consumo de forma lo más sostenible que puedo. Es decir, intento ser coherente con mis ideas.
Sin embargo, tengo aún muchas contradicciones, y mi conducta no es lo suficientemente coherente con mi convicción de que hemos agotado los recursos del planeta y que el calentamiento global es algo irreversible que cambiará nuestro mundo, provocando mucho sufrimiento. Pero cada día  intento acercarme un poco más a mis ideales, en esto y en todos lo demás aspectos de mi vida.

Por ejemplo, pretendo ser una persona buena y justa, porque creo que tenemos la obligación moral de mantener hasta la muerte la tensión entre nuestro yo y nuestro ideal, aunque sea una lucha que nos deje siempre insatisfechos. Y, claro, tengo sentimiento de culpa. Creo que la culpa es una aspecto interesante de la responsabilidad y del compromiso. La culpa es civilizatoria. No sentirla, no arrepentirnos de nuestros errores, del daño que hayamos podido hacer voluntaria o involuntariamente a los demás, es propio de psicópatas, que, dicho sea de paso, es el tipo de individualidad que mejor conecta y se adapta a las demandas del sistema neoliberal en el que nos encontramos inmersos. De esta culpa se nutre también mi escritura.

Como dice Iris Murdoch, "un sentido genuino de la mortalidad nos permite ver la virtud como lo único que vale la pena", y esto desde una posición profundamente laica. La ilustración desplazó la espiritualidad a favor de la razón, y es un error del que estamos teniendo nefastas consecuencias. Recuperar el sentido del bien, del amor a los otros y al planeta, se me antoja algo irrenunciable. Y también se advierte esto en mis libros. Me arrepiento de muchas cosas, más aún respecto a mi inconsciencia medioambiental del pasado, y creo que será un sentimiento común a muchas personas de mi generación, pero siempre estamos a tiempo de rectificar.

P. Es una de las escritoras que ha firmado e impulsado la acción de Escritores y escritoras por el clima y en su último libro de relatos, Qué mundo tan maravilloso, está presente este tema. ¿Cuál cree que ha de ser el papel del escritor o intelectual ante esta situación?

R. Creo que los escritores tenemos una cierta capacidad de influir en los lectores debido a nuestra presencia en la esfera pública, y que nuestro testimonio puede contribuir a difundir las consecuencias de la crisis climática, así como a pensar sobre otros temas que afectan al conjunto de la sociedad. De ahí que en mis artículos mantenga una postura atenta a la actualidad y comprometida con los ideales en los que creo. Es una contribución modesta, porque el papel del intelectual y el peso de la cultura en nuestros días es muy escaso, pero creo que es la parte que nos toca hacer, por pequeña que sea.

En la ficción, hace ya algunos años que escribí un relato, El huerto, donde expresaba mi preocupación por la crisis medioambiental. Allí cuestionaba la salida individual que propone el relato, porque de la crisis climática, que ya es irreversible, solo podemos salvarnos, o salvar lo que sea posible, juntos.

Por otra parte, no entiendo una literatura que no se sostenga en una pregunta moral pues, incluso cuando el autor no quiere que así sea, esta misma ausencia de posición ya implica una toma de postura. Echo en falta un mayor pronunciamiento de los intelectuales y de los escritores respecto a los asuntos públicos, y más debate, menos tibieza. Como Gramsci, odio a los indiferentes, que son legión. Aunque, también es cierto que odiar me resulta extremadamente difícil, pues exige una fuerza excesiva y, a la larga, inútil.

P. ¿Qué relación cree que debería haber entre ecología y feminismo?

R. No hay feminismo sin ecología. El futuro es feminista y sostenible o no será tal. El feminismo defiende la ética del cuidado hacia los otros y hacia el planeta, un cuidado que no han de ejercer solo las mujeres, sino hacerse extensivo a todos los seres humanos, cualquiera que sea su experiencia de género. Ecologismo y feminismo son para guías en la lucha por la sociedad más sostenible y justa que deseo. Ambos se oponen al modelo neoliberal de consumo y del triunfo del individualismo, ambos proponen recuperar los lazos entre los seres humanos, que los individuos vuelvan a ser ciudadanos, comprometidos con la comunidad.
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Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de tiempo (Menoscuarto, 2017).
 

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