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Dibujo de una realidad

  • En Insurrección, José Ovejero muestra su visión de una realidad dual: el conformismo realista y el idealismo utópico
  • El escritor establece una maltrecha relación paternofilial entre Aitor, un conformista, y Ana, su hija, una joven idealista que huye a una comuna okupa 

Publicada el 29/11/2019 a las 06:00
Insurrección
José Ovejero
Galaxia Gutenberg
Barcelona
2019

 
  José Ovejero (Madrid, 1958) ofrece con su literatura una mirada nada complaciente con la sociedad que le ha tocado vivir, una visión tan compleja como irónica que se traduce en un minucioso análisis de los problemas que atañen al individuo tanto en su ámbito particular como colectivo. Buena muestra de ello leíamos en sus últimas propuestas, Las vidas ajenas (2005), el fenómeno de la inmigración y sus problemas de integración; Nunca pasa nada (2007), protagonizada por la joven ecuatoriana Olivia; La invención del amor (2013), una truculenta ficción a la que se irán sumando una variedad de personajes que configurarán una peculiar y compleja visión de la conflictividad psicológica humana; Los ángeles feroces (2015), que muestra un mundo que parece a punto de desmoronarse, donde tiene que sobrevivir Alegría, una joven cuya sangre es particularmente valiosa, y La seducción (2017), donde la realidad es tan resbaladiza como la ficción, nada es lo que parece y todos ocultamos quiénes somos de verdad.

En su propuesta más reciente, Insurrección (2019), la carga dramática resulta más intensa y sus personajes sobreviven a una peculiar y profunda conflictividad psicológica que va más allá de sus posibilidades como sujetos: una maltrecha relación paternofilial que Ovejero establece entre Aitor, un conformista que sufre en la madurez de su profesión los desmanes de un sistema laboral cada vez más injusto, y Ana, su hija, una joven idealista que, incapaz de soportar el mundo que le tocará vivir, huye a una comuna okupa desde donde planea reformar la sociedad.

El escenario donde se desarrolla Insurrección es el Madrid de hoy, en el barrio de Lavapiés, la zona que funciona como epicentro de los movimientos sociales de la ciudad, y sigue a su protagonista, que se esfuerza por vivir en una comunidad enfrentada al sistema con todas sus implicaciones, con los graves conflictos que dibujan el día a día de una gran ciudad, y se centra, casi exclusivamente, en jóvenes que se han recluido en El Agujero, un Centro Social Okupado. Son personajes controvertidos entre los que ha ido a parar la joven Ana, tan escéptica como deslumbrada por lo que allí se encuentra. Por otro lado, encontramos el mundo empresarial, representado por la emisora en la que trabaja Aitor y los problemas que se derivan de las injusticias laborales y un ERE que dejará a la mitad de la plantilla en la calle; él no se siente culpable del despido de su compañera, pero se beneficia de la situación.

La doble perspectiva elegida por Ovejero dará pie a unas cuantas anécdotas entrecruzadas: la forma de vida de los okupas, la arbitrariedad patronal o la fractura de las relaciones familiares. Y a ello se añaden algunos otros conflictos dispersos: los desahucios, el precario modo de vida o la marginalidad, la irresponsabilidad de los medios de comunicación, partidistas y sectarios, manipulando una visión parcial de una sociedad mucho más compleja.

Ovejero ofrece un dibujo de una realidad de nuestros días que visibiliza una problemática colectiva y sus aspectos más negativos; consigue el catálogo de unas circunstancias adversas y las evidencia creando una nómina de personajes a quienes la vida zarandea, que andan perdidos en una realidad que no saben afrontar: el detective contratado por los padres de Ana representa la falta absoluta de ética, y los jóvenes okupas, hijos de la clase media, se sublevan contra el sistema capitalista, reivindican la libertad desde una visión instintiva e, incluso, llevan a cabo acciones subversivas para liquidar el orden burgués. La novela intenta mostrar su visión de una dual realidad: la sumisión apática y la insurrección que subraya el título; o, mejor, el conformismo realista y el idealismo utópico.

Esta espiral de historias, anclada en un sólido argumento, se sustenta en la caracterización psicológica de unos personajes que Ovejero nos va presentando. El escritor muestra sus dotes de buen observador cuando hace atractivos retratos individuales de los caracteres diversos de cada uno de los jóvenes, con rasgos propios que oscilan entre el fanatismo y la ternura; de ese evidente rencor acumulado en las parejas; y de los desalmados ejecutivos, sin escrúpulos ni corazón. Lo más curioso de esta radiografía colectiva es esa falta de expectativas de mucha gente que anda por ahí, sobre todo los jóvenes, que sienten por primera vez que van a vivir peor que sus padres, y se dan por satisfechos porque es lo que hay, cuando les han asegurado, además, que este es el sistema. El conflicto se plantea desde una perspectiva generacional, una que defiende ser realista, asume que el mundo es como es, se adapta y defiende su papel. La ruptura con este sistema se asocia con la juventud, recrimina a los mayores que aceptan su papel en la construcción de un mundo que han recibido como herencia y se enorgullecen de él; los jóvenes lo rechazan por sentirlo hostil, y consideran que su aceptación está asociada con la madurez.

Ovejero, en definitiva, formula con su novela una urgencia testimonial que se interpreta como un auténtico documento, y evidencia esa denuncia que se viste con el mejor ropaje literario contemporáneo: una reflexión sobre el sistema, sobre la legitimidad de la violencia y sobre sus límites.
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Pedro M. Domene es escritor.

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