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El Quijote 'desatado' de José María Merino

  • A través del Quijote es un libro heterodoxo en el que se combinan comentarios sobre la obra de Cervantes con varios microrrelatos y cuentos de Merino
  • Si, como decía Italo Calvino, clásicos son los libros cuyas lecturas no se agotan, el Quijote resulta un ejemplo perfecto

Publicada el 06/12/2019 a las 06:00 Actualizada el 26/12/2019 a las 17:09
A través del Quijote
José María Merino
Reino de Cordelia
Madrid
2019

El interés de Merino por El Quijote viene de antiguo: lo leyó por primera vez a los 17 años, le ha dedicado varios artículos, e incluso se ha ocupado de la doble versión cinematográfica de Gutiérrez Aragón. Ahora, en esta nueva salida, le rinde homenaje a la novela y a sus mejores ilustradores que en esta edición enriquecen el volumen con 121 dibujos y grabados, así como a algunos de sus mejores editores, como son Martín de Riquer y Francisco Rico, pero también suelta que “hay demasiados merluzos entre los estudiosos” (p. 69). Incluye en el libro, además, a tres de sus personajes más queridos: Sabino Ordaz (de quien se nos da una breve noticia al comienzo del cap. XXVI), Eduardo Souto, alter ego del autor, y Celina Vallejo, pareja que emprende un quijotesco viaje en busca de los lugares reales en los que transcurre la acción, convirtiéndose el profesor en el Sancho Panza de Celina.

A través del Quijote es un libro heterodoxo en el que entre los comentarios sobre la obra de Cervantes aparecen ensartados varios microrrelatos y cuentos de Merino, o de sus distintos desdoblamientos. El conjunto se define como “una reflexión narrativa” (p. 145), mientras que en las entrevistas que ha concedido el autor, lo tacha de “relectura escrita”. Sea como fuere, el autor sigue el orden del Quijote, intercalando entre las dos partes la versión de Avellaneda. Así, el libro se compone de 78 capítulos, cuyos títulos resultan en algún caso significativos, como el del último, “La verdad de la cordura”, que remeda y trastoca el del libro de ensayos de Vargas Llosa, La verdad de las mentiras (1990), dialogando con el título del sexto capítulo, “Verdades y mentiras”, o con el de otros posteriores: “La verdad sobre Maritornes” y “Mentironiana”. Todos ellos remiten al importante papel que desempeña en la novela la contraposición entre verdad y mentira, entre cordura y locura. Hay que sumarle, además, la aportación de Merino, quien se vale de un viaje a través de la Mancha del profesor Souto y de Celina, para reflexionar sobre el significado y valor de distintos episodios de la novela. Se intercalan también las apreciaciones de Sabino Ordás, un falso creado por Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y Merino, y las de sus alumnos, entre ellos el mismo Merino y José Avello, el autor de la novela Jugadores de billar, incluidas diversas piezas de creación, que van surgiendo al hilo de las intervenciones en un curso de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

Por tanto, Merino se desdobla en el narrador (en un momento dado incluso alude a Mari Carmen, su mujer), en un personaje llamado como él mismo, en Souto y en Sabino Ordaz, e incluso en un tal Tuñón, profesor emérito, que quiere reescribir El Quijote a base de microrrelatos, como hace aquí el autor del libro. Pero quizá podría haberse suprimido el poema de Tuñón que empieza por “Si yo fuera Cervantes...”, para evitar ese manido tópico de que el autor del Quijote no hubiera ganado el Premio Cervantes (pp. 181 y 182).

Aparecen, además, numerosas referencias a libros influidos por El Quijote (pp. 27, 111); a escritores y eruditos notables que lo comentaron, no siempre con acierto y lucidez, como Nabokov, Thomas Mann, Harold Bloom, Torrente Ballester, Azorín, Ortega y Gasset, Aurora Egido y Javier Blasco, entre otros. Tampoco faltan inteligentes comentarios sobre, por ejemplo, la literatura de género (pp. 75); el motivo de la vida como sueño, el doble, el teatro del mundo o los cuentos de tradición oral, como son los filandones, tan apreciados por el autor; a la vez que considera el mito más respetable que la historia (p. 169). Asimismo, alude a Luisa Oliva Sabuco, protagonista de su novela Musa décima (2016), o a Eulalio Ferrer, el exiliado republicano español, fundador en Guanajuato del Museo Cervantino (p. 169), y al omnipresente procés (p. 293) del que tanto mangui saca tajada. Y a la vez que se burla, no sin razón, de algunas ridículas prácticas académicas (pp. 79 y 88), nos llama la atención sobre algún episodio del que los cervantinos no se han ocupado todavía (p. 319).

Es necesario detenerse en algunas de las novedades que aporta Merino, como son la intervención de Riquer, quien, alentado por Delibes, viaja en una máquina del tiempo a la época de Cervantes para dejar allí el llamado Quijote de Avellaneda, compuesto por don Martín, para con ello alentar a Cervantes a escribir la segunda parte. Y no menos singular resulta ese palacio con las habitaciones que ocupan los cervantistas (pp. 248 y 249), que hará las delicias de Alberto Blecua. No contento con todo ello, Merino le añade al Quijote un epílogo que cambia el desenlace y el sentido del libro. En esta última página nos descubre una cuarta salida del protagonista durante la cual encontró al mago enredador que no era otro que un soldado manco. Así, Don Quijote, como Augusto Pérez en Niebla, se enfrenta a su creador y lo derrota.

Creo que esta es una obra dirigida sobre todo a aquellos que conozcan El Quijote, pues los alienta a volver a la creación de Cervantes, considerando otros puntos de vista y nuevas posibilidades de lectura. Por otra parte, me emociona que en la dedicatoria final, entre otros muchos, aparezcan amigos comunes tan queridos como Santos Alonso, Carlos Casares, Carlos Galán, David Lagmanovich, Ana María Navales, Montserrat Roig, Ricardo Senabre, Gonzalo Sobejano, Ignacio Soldevila Durante y Pedro Sorela, todos ellos fallecidos.

Por último, quiero felicitar el editor Jesús Egido, por proporcionarnos un libro tan bien cuidado. Si ya disponíamos de los quijotes de Martín de Riquer, Francisco Rico (quien, entre diversos elogios, recibe un leve coscorrón y se le gasta una broma, pp. 75 y 248) y Alberto Blecua, ahora se le suma, en otra dimensión muy distinta, este nuevo de José María Merino. Así, constatamos una vez más que todos los grandes libros, entre ellos El Quijote, pueden propiciar relecturas tan enriquecedoras como la presente. Pues Merino afirma que si las aventuras que se cuentan “siguen tan vivas y lozanas” es debido a que en este libro encontramos “una voz definitiva en materia literaria, que es la de ese narrador divertido, sarcástico, sorprendente, que ya no podemos superar, que comenzó en el prólogo, que nos conduce a su capricho, pero con toda maestría, por donde cree conveniente, para que no dejemos de seguirlo” (p. 166). Si, como decía Calvino, clásicos son los libros cuyas lecturas no se agotan, el Quijote resulta, en este sentido, un ejemplo perfecto.

En el terreno de la narrativa brevísima, que alcanza aquí tanto protagonismo, a la recopilación de MicroQuijotes de Juan Armando Epple, que ya goza de una segunda edición ampliada, se suma ahora esta obra de Merino. Para concluir, me gustaría citar una frase de Souto, aquí casi más lúcido que nunca, sobre el significado del Quijote: “Cree en tus sueños, y lucha por tus sueños” (p. 258). Así sea.
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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