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Los diablos azules

Lucia Berlin en busca de hogar

  • Un nuevo libro recopila textos biográficos de la escritora, desde un relato inacabado de las muchas casas que ocupó a un puñado de cartas de juventud
  • La autora permaneció en la sombra hasta la edición, 11 años después de su muerte, de la celebrada antología Manual para mujeres de la limpieza

Publicada el 06/12/2019 a las 06:00 Actualizada el 06/12/2019 a las 14:05
La escritora Lucia Berlin en los años sesenta.

La escritora Lucia Berlin en los años sesenta.

ALFAGUARA
Lucia Berlin (1936-2004) ya no es una desconocida: la selección de sus relatos Manual para mujeres de la limpieza, publicado en 2015 en inglés y un año más tarde en español, fue un récord de ventas, estuvo entre los diez mejores libros del año del New York Times, fue el mejor libro del año para el periódico El País y ha sido editado en 30 países. Su nombre, antes susurrado en ciertos círculos de escritores estadounidenses, corría ahora como la pólvora: Lucia, pronunciado Lu-sí-a, esa escritora comparada con Carver o con Chéjov, autora de una miríada de relatos, estampas voluntariamente deslavazadas, misteriosas e iluminadas, que acabarían construyendo sin quererlo un contrapunto irreverente y ácido a la imposible Gran Novela Americana. 

Así que tras la compilación realizada por su amigo el editor Stephen Emerson llegó, en 2018 Una noche en el paraíso, nueva colección de 22 relatos inéditos. Simultáneamente a este se publicó, en la edición en inglés, Bienvenida a casa, el borrador inacabado del único proyecto declaradamente autobiográfico de la escritora, que se publica ahora en español. Berlin se proponía recorrer las 18 casas que había habitado, desde Juneau, Alaska, hasta su último hogar, pero la última versión del manuscrito llega solo hasta 1965, a un hotel en "algún pueblo de Chiapas": la autora describe un horrible viaje en coche hacia Guatemala, bajo la lluvia, con los niños enfermos de dengue y su pareja, Buddy Berlin, en pleno síndrome de abstinencia. La última frase se detiene abruptamente, como frente a un precipicio. 

  Si decimos que este es el único texto declaradamente autobiográfico es porque su ficción partía, con poco disimulo, de la autobiografía. Pero Lucia Berlin carecía de etiquetas contemporáneas bajo las que guarecerse, como la de la autoficción, tan utilizada hoy, y además no parecía demasiado interesada en medir la distancia entre la vida y la literatura. Todo parecía mezclarse en su escritura agreste, entregada a los mecanismos saltarines de la memoria, a las lagunas y las elipsis, a los sobreentendidos, a las imágenes fragantes y coloridas como una noche de verano.

En Bienvenida a casa, sus herederos y editores se proponen arrojar algo de luz sobre su vida, tan glosada ya como su escritura. Berlin lleva consigo el misterio de la extranjera: su existencia casi nómada, con cuatro niños y tres divorcios a la espalda antes de cumplir 30, con un currículum repleto de trabajos poco literarios, como el de enfermera, limpiadora o profesora de secundaria, poco tiene que ver con las jornadas literarias y las presentaciones de sus compañeros. Quizás el rasgo que la una más estrechamente con otros autores de su generación, además de la escritura, sea el alcoholismo. En el volumen se recopila también una breve lista, confeccionada en los ochenta, de los defectos que Berlin vio en cada uno de sus hogares —"Mina Sunshine, Idaho: Paredes finas como el papel. Mamá llorando y llorando"— y una treintena de cartas, dirigidas en su mayoría a la familia Dorn. Si la escritora Lydia Davis aseguraba en el prólogo de Manual para mujeres de la limpieza que "uno no podía pensar que la conocía solo por haber leído sus relatos", tampoco está claro que se la pueda ver del todo a través de esta escritura íntima. 

Estos textos autobiográficos subrayan, sin embargo, lo que el lector ya podía intuir: que la propia propia intimidad y la propia memoria era para Berlin algo más que una fuente de inspiración o una caja de herramientas. En "A veces en verano", relato incluido en Una noche en el paraíso, se lee: "A mí me aterrorizaba ir al cuarto de baño hasta que el tío John me enseñó a empezar en la puerta principal, susurrando sin parar 'Dios me protege, Dios me protege', y correr como alma que lleva el diablo". En Bienvenida a casa, liberada de la pátina de ficción, esa escena aparece casi del mismo modo: "De noche me daba miedo cruzar el pasillo a oscuras hasta el cuarto de baño, miedo de los fantasmas invisibles y del abuelo y de mi madre, que a veces aparecían de sopetón por las puertas de sus cuartos como cucos desquiciados. John me decía que rezara: 'Dios me protegerá, Dios me protegerá', y que luego corriera como alma que lleva el diablo". 

Quizás lo más sorprendente para los lectores ya iniciados en el imaginario de Lucia Berlin —ellos son los destinatarios ideales de este libro— sea descubrir algunos flashes de la relación de la autora con su propia escritura. Se nos cuenta, sobre su etapa en Chile, el primer lugar en el que se asentó verdaderamente su familia: "En la clase de Literatura Española leímos más novela y poesía española y sudamericana de las que leería luego en la universidad. Dedicamos dos años al Quijote, comentando los capítulos en detalle cada día. Una vez, en clase, leí un pasaje donde uno de los personajes de Cervantes, en un manicomio, dice que puede hacer que llueva cuando le plazca. Entendí en ese momento que los escritores eran capaces de lograr todo lo que se propusieran". Se puede escuchar la ironía, como un eco. Un poco más allá, Berlin anota que en la Universidad de Nuevo México le permitirían asistir a clases de literatura en cursos más avanzados, donde conocería a uno de sus escritores favoritos, Ramón J. Sender. Y confiesa también que elige erróneamente la especialidad de periodismo: "Quería ser escritora, no periodista". 

Pero es en las cartas donde se encuentra lo más jugoso a este respecto. Si Lucia Berlin dirige sus cartas a la familia Dorn es porque entre ellos se encuentra su amigo el poeta Edward Dorn, siete años mayor que ella. A los 22, la escritora en ciernes le pide consejo tímidamente: "Pero, por favor, me da tanto pudor y vergüenza que me hables como si fuese una colega. Culpa mía, porque hablo tan a la ligera de que 'escribo'. (...) En serio, sé que lo que escribo es malo, que deja mucho que desear..., pero no soy una aficionada..., porque creo que podría..., aunque solo sea porque hay muchas cosas que quiero contar, que quiero poner en palabras y decir. En fin". Meses más tarde, se rastrea en otra carta el origen de su relato "El Tim", incluido en Manual para mujeres de la limpieza, tras el que se intuye un trabajoso proceso de reescritura. 

Resulta más esclarecedora aún una escena que Berlin relata al año siguiente. La escritora se reúne con su agente, Volkening, y con un editor del sello Little, Brown, hoy parte del grupo Hachette. Y despotrica de ambos: describe cómo el primero parece interesado solo en lograr un cuantioso anticipo y en vender una novela con la que ella ni siquiera está convencida; cómo el editor no considera que su libro sea bueno, pero no quiere perder la relación con el poderoso agente. El lector imagina que aquí se encuentra uno de los motivos que hicieron que Berlin no dejara de ser nunca una outsider literaria —unido a su condición de errante, de madre de cuatro, de mujer que necesita trabajar para vivir—, la razón de su rechazo del mundo editorial. Tras la desastrosa comida de negocios, la joven literata concluye: "Quizá no vuelva a escribir ni una sola palabra en lo que me queda de vida, quizá sí. Tampoco eso volverá a ser nunca más una tarea que haga por cumplir". 

Y, puesto que en Bienvenida a casa vive, al fin, otro pedazo de la escritura de Lucia Berlin, hay también pequeñas joyas para aquel que no esté dispuesto a aceptar que no queda mucho más que conocer de ella. Se encuentra de nuevo esa voz que es capaz de describir de esta manera el cuarto de su primerísima infancia: "Mi cuna estaba en el dormitorio, que era muy oscuro o muy luminoso a todas horas, decía mi madre, sin entretenerse a explicar cómo se alargaban o se acortaban los días según las estaciones. La primera palabra que dije fue luz". Esa voz que, haciendo un inventario de los hogares que buscó desesperadamente a lo largo de su vida y que encontró a chispazos, aquí y allá, en momentos huidizos como la arena blanca que conformaba el suelo de su casa en Jalisco, parecía encontrar reposo momentáneo a finales de los ochenta. Esa voz que había aprendido lo suficiente como para ver la calma no como un tranquilo final, sino como un accidente: "Alcatraz Avenue, Oakland, California: Ninguna catástrofe. Por ahora". 
 
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