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El rincón de los lectores

Teoría de los naufragios

  • La condición del novelista es la soledad. Esa es la gloria y la miseria de un oficio que sólo puede desempeñarse pasando mucho tiempo con el papel delante
  • Reproducimos el discurso pronunciado por la escritora Almudena Grandes en su investidura como doctora honoris causa por la UNED, el pasado jueves

Almudena Grandes
Publicada el 24/01/2020 a las 06:00
Almudena Grandes firma ejemplares de una de sus novelas.

Almudena Grandes firma ejemplares de una de sus novelas.

EP

Reproducimos el discurso pronunciado por la escritora Almudena Grandes en su investidura como doctora honoris causa por la UNED, el jueves 23 de enero. 

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Toda novela es producto de una larga serie de naufragios.

Para empezar por el principio, quiero evocar a Miguel, meditabundo en su celda, "con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla". Así se describe Cervantes a sí mismo mientras calcula cuál será la mejor manera de salir airoso del prólogo de la novela que acaba de terminar. Confiesa que las pocas páginas del prefacio le están dando mucho más trabajo que el relato de las hazañas y desventuras de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, pero no espera que el lector le crea. Es una simple, transparente argucia para preparar la llegada de un amigo que aparece como por ensalmo, sin que el autor le espere ni haya sido invitado. No hace falta, puesto que se trata de sí mismo. En esa conversación de Miguel con Miguel, mientras Cervantes se ríe de las tribulaciones de Cervantes, y le sugiere tres o cuatro "latinicos" con los que salir del paso y conseguir que sus lectores le tengan por hombre "discreto y prudente en todas sus acciones", reside el verdadero sentido de un prólogo que fija la posición del autor, su escaso respeto a las convenciones fijadas por lo que podríamos llamar el establishment literario de su época. Es un texto precioso, cargado de ironía, de ingenio y de verdad. Pero no sólo contiene un mensaje destinado a los receptores de su obra. Es también un reflejo admirable del trabajo del novelista, porque todos nosotros, todas nosotras, hablamos solos y con nosotros mismos sin cesar, a lo largo del proceso de escritura de la novela que tengamos entre manos. La condición del novelista es la soledad. Esa es la gloria y la miseria de un oficio que sólo puede desempeñarse pasando mucho tiempo con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla. El aprendizaje más importante de todos los que debe acometer quien aspire a dedicarse a escribir novelas es la gestión de la soledad, porque los naufragios están garantizados.

Ningún otro creador pasa tanto tiempo solo, con algo que es nada entre las manos. En el ámbito de la literatura, los poetas pueden compartir su trabajo con naturalidad. Aunque inviertan toda su vida en escribir un único poema, aunque esa vida no resulte un plazo suficiente para terminarlo, un solo verso, dos, una estrofa, tienen sentido en sí mismos. Unas pocas palabras hermosas, certeras, bastan para incrustarse en la memoria y el corazón de sus lectores. Con los dramaturgos sucede algo distinto y parecido. Una escena puede representarse aisladamente y satisfacer a los espectadores pero, al mismo tiempo, la escritura teatral es cada vez más un trabajo en equipo, un proceso en el que el autor, o la autora, está acompañado por el director, los actores, escenógrafos o músicos, cuyas aportaciones pueden llegar a resultar esenciales en la elaboración del texto. Hace poco intervine con un catedrático de esta universidad, Francisco Gutiérrez Carbajo, en la presentación de un volumen de tres obras de una dramaturga española contemporánea, Juana Escabias, que debutó en la escritura como novelista, detalle que yo ignoraba. Cuando le pregunté por qué había abandonado la novela para emigrar al teatro, me respondió que no soportaba la soledad, que necesitaba compañía, el calor de otras personas, para escribir. Los ensayistas también trabajan solos, pero no se recluyen por su propia voluntad en un mundo aislado, un planeta ficticio y autosuficiente con un único habitante que intenta colonizarlo sin saber si su atmósfera es respirable, si sobrevivirá o no en la superficie cuando se atreva a quitarse el casco para tomar aire. Los ensayistas no dejan de escribir en la misma realidad que habitan, ese mundo real donde siempre hay mucha, hasta demasiada gente.

La música es hermana de la poesía, y comparte su suprema condición de autonomía. Unas pocas notas, un par de acordes de una obra inacabada, pueden resultar magistrales, inolvidables. Los artistas plásticos trabajan con materiales que se ven, que se tocan, que tienen color, volumen, texturas. El progreso de su obra es evidente para cualquiera que conviva con ellos. Lo mismo ocurre con la danza, con la interpretación, con todas las artes que se expresan a través del cuerpo, que es materia. Y podría pensarse que el cine se parece más a la novela, quizás porque nunca ha conseguido emanciparse, independizarse por completo de las estructuras que provienen de la narración literaria, pero es también el trabajo colectivo por antonomasia. Los guionistas rara vez trabajan solos, y cuando lo hacen, saben que no están elaborando una obra final, sino un perpetuo borrador, una herramienta que será alterada, modificada, intervenida por las manos de un montón de gente. Cuando yo, novelista, descubrí que un actor puede cambiar una línea de diálogo diciendo, simplemente, que no se siente cómodo con lo que le corresponde decir, sentí una opresión en el pecho, un dolor casi físico, y bendije mi soledad una y mil veces. Mis textos serán mejores o peores pero en ellos no existe otra autoridad que la mía. A mí no me cambia un diálogo ni Dios, porque en mis novelas, Dios soy yo.

Y así volvemos a la celda donde un hombre, o una mujer que está sola y se inventa voces para charlar consigo misma, aparenta perder el tiempo. Ella está sentada, quieta. Tiene la mano en la mejilla y los ojos clavados en un punto cualquiera de la pared, en mi caso del balcón, que tiene delante. Porque a partir de ese punto, aunque no pueda verlo nadie más, se despliega un mapa casi infinito, la inmensa imagen de un océano a veces plácido, otras tormentoso, delimitado si acaso por borrosas siluetas de monstruos terribles, como los que establecían las fronteras del mundo conocido en las viejas cartografías medievales. Eso es lo que ve un novelista, una novelista, mientras a su alrededor la gente cree que está perdiendo el tiempo, una carta dibujada por muchas manos, durante muchos siglos, que registra la travesía del sentimiento, de la emoción humana. Aún es intensamente azul. Por fortuna, queda mucho mar por explorar y, sin embargo, las manchas de color ocre, con sus bosques verdes, sus costas amarillentas, sus montañas grises, interrumpen la monotonía de sus aguas. La espectadora de este mapa fabuloso sabe que el océano alberga innumerables lugares habitados, islas pequeñas, otras más grandes, gigantescos continentes con cumbres nevadas y una apabullante variedad de paisajes, y también puntos muy pequeños, tanto como si un lápiz se hubiera posado sobre el papel y no hubiera encontrado el impulso suficiente para proseguir. Ese punto es una novela recién nacida, o un territorio que no ha sido bendecido por ningún náufrago.

Publicar una novela es fundar una isla desierta, modificar el aspecto de un océano infinito, ensuciar el inmaculado espejo de sus aguas con una mancha provisional o definitiva. Ese es el final de un largo proceso de escritura, años de días iguales, una íntima sociedad de dos soledades juntas. En el poema de García Montero, las soledades juntas son la suma de la soledad del autor y de la soledad del lector, pero yo hablo sola, conmigo misma, porque no soy poeta. Escribir una novela es vivir dos vidas a la vez, las dos auténticas, las dos exigentes, verdaderas, las dos solitarias. Mientras escribo una novela, no puedo dejar de ser yo. No puedo suprimir provisionalmente mi identidad, no puedo renunciar a mi cuerpo, a mi familia, a mis amigos, a las rutinas de mi vida cotidiana. Y, sin embargo, mientras escribo una novela, tengo que ser yo misma y otras personas, vivir en otros cuerpos, otras vidas, en otras casas, con otras familias, otros amigos, otras rutinas. No puedo irme de una vida, pero tampoco puedo irme de la otra, y en las dos, que son igual de mías, estoy sola. Con la cabeza llena de gente, de voces, de rostros, de cuerpos, pero sola.

A menudo me preguntan por la convivencia entre dos escritores, la competencia que pudiera llegar a alterar la paz doméstica. Yo siempre contesto que para mí, vivir con un poeta es una fuente de ventajas. La principal, más allá del privilegio de tener a mano a un lector excelente, con la confianza necesaria para ser sincero conmigo y señalar todo lo que no le gusta en un libro recién terminado, es su conocimiento íntimo de este misterioso autismo. Mis largas horas de encierro, mis paseos sin rumbo por la ciudad, las conversaciones de las que me ausento porque no me interesa escuchar otras palabras que no sean las que resuenan dentro de mi cabeza, probablemente exasperarían a cualquiera que no fuera otro escritor. Y sin embargo, mientras escribo una novela, no comparto mi trabajo ni siquiera con él. No es posible, porque una novela sin final no es otra cosa que una larga secuencia de signos y espacios en blanco. Una novela sin final no existe, y lo que no existe no se puede compartir.

Al otro lado están los lectores. Al otro lado, no en éste. Mis lectores, mis lectoras, son extremadamente importantes para mí, porque garantizan mi libertad. Gracias a su lealtad, a su constancia, puedo escribir los libros que yo creo que tengo que escribir. Si dejaran de sostenerme, si no ganara con mis novelas el dinero suficiente para subsistir, tendría que buscarme un trabajo remunerado o empezar a escribir los libros que otros creyeran que tengo que escribir. Mi deuda de gratitud con las personas que leen mis obras es tan grande que no reconozco un compromiso mayor. Mientras escribo, sé que están al otro lado, y en la lejanía, su existencia funciona como el control de calidad más exigente. Puedo defraudarles sin querer, pero ante las tentaciones de facilidad, cuando parece tan sencillo hacer trampas, escoger el camino más corto, meter un final feliz con calzador o resolver un callejón sin salida inventándose a un ser fantástico, capaz de abrir un boquete en un muro, les recuerdo y me doy un golpe en la mano a tiempo. Y sin embargo, no escribo novelas para quienes van a leerlas. Las escribo para una única lectora, que soy yo.

La naturaleza de la literatura es milagrosa. No se me ocurre otra manera de explicar que los libros que nos gustan nos cuenten nuestra vida. Da igual que hayan sido escritos hace siglos, que la vida de sus autores no tenga nada que ver con la nuestra, que en la época en la que vivieron, la ciudad donde vivimos no hubiera sido fundada todavía. Los libros capaces de apasionarnos, de seducirnos, de engullirnos como la ballena que se tragó a Jonás, o a Pinocho, según los gustos de cada cual, nos llaman por nuestro propio nombre, nos reflejan como un espejo. Ese es el único milagro en el que creo, el único fenómeno sobrenatural que reconozco, y en él confío. Por eso, la escritora que soy yo escribe para la lectora que también soy yo. Si no consigo interesarme, seducirme, emocionarme a mí misma, no lo conseguiré con nadie más. Cuando me aburro escribiendo, sé que tengo que borrar lo que estoy haciendo. Aplico a mi trabajo el mismo afiladísimo bisturí que todos sabemos empuñar con maestría para destripar el trabajo de nuestros semejantes, y nado hasta la orilla mientras calculo de dónde podré sacar un barco nuevo.

Casi todo lo que sé de mi oficio me lo enseñó Ulises, rey de Ítaca, el año que hice la primera comunión. Ese héroe insólito, que gana una guerra para perder la victoria, no es más que un hombre solo, que está cansado, desarmado, y quiere volver a casa. Ningún personaje clásico es tan moderno como este vencedor derrotado, que tiene que sobrevivir al odio de los dioses para conquistar un premio que no es un tesoro de inagotable riqueza, ni un trono más dorado que el que le están robando, ni la inhumana inmortalidad. Ulises sólo desea volver a su hogar, recuperar su vida, descansar. James Joyce nunca habría podido escribir una novela titulada Aquiles, ni siquiera Héctor, aunque confieso mi radical predilección por el príncipe troyano sobre todos los guerreros que se enfrentaron ante las murallas de su ciudad. Tenía que ser Ulises quien me enseñó, cuando era todavía una niña, que los libros memorables se leen en primera persona del plural. Así, él y yo naufragamos juntos muchas veces. Nos atamos mutuamente al mástil para no escuchar el canto de las sirenas, nos agarramos a las lanas del vientre de los carneros de Polifemo para escapar de su casa, gritamos con una sola voz que nos llamábamos Nadie. Y al llegar a Ítaca, cuando llegó el momento de la venganza, yo también sostuve el arco, disparé las flechas, derribé a los pretendientes. Ulises me vengó también a mí de todas las soledades, todas las injusticias, todas las derrotas que había padecido a los ocho años, y aún después. Ulises jamás ha dejado de vengarme.

Toda novela es un viaje a Ítaca, el producto de una larga serie de naufragios, pero ninguno es tan importante como el último. Un hombre, o una mujer sola, que habla consigo misma y no atiende a lo que le dicen, anota la ruta, estudia los mapas, reúne las provisiones, se prepara mentalmente para naufragar. Sabe que, en algún momento, dos montañas se acercarán para cerrarle el paso, que nacerán monstruos entre las olas encrespadas, que estallarán tormentas y, lo que es peor, luego vendrán largos periodos de calma estancada, sofocante, sin una brizna de viento que empuje sus velas. Sabe que está sola, sin más tripulación que la amiga que la acompaña, y se ríe a ratos de sus tribulaciones, y a ratos levanta el índice para señalar los arrecifes en los que irremediablemente encallará. Por muchas veces que haya naufragado en otras travesías, la duda es siempre nueva y nunca aprenderá a gobernar su angustia. Pasará mucho tiempo, perderá muchos barcos, arribará a playas que no serán tan pacíficas, tan confortables como esperaba, y por fin, echará el ancla frente a una isla que no es su casa pero, con suerte, podrá llegar a ser la casa de otros.

Escribir una novela es inventar una isla desierta y desear con vehemencia un naufragio. Con suerte, el mar arrojará sobre la orilla los cuerpos desnudos de quienes pueden llegar a habitarla. Algunos se quedarán, otros no. Los que decidan que es un buen lugar para pasar una temporada, fabricarán un esquife, irán y volverán de su barco, recuperarán su equipaje, levantarán primero una cabaña, después un huerto, por fín un horno con ladrillos de barro cocidos al sol. Ya conocen la historia. Todos somos Robinsón, naúfragos y colonos, felices propietarios de islas que, aunque ahora nos parezca mentira, siempre estuvieron desiertas una vez.

Y por el camino que trazó Miguel, hablando sola, he llegado esta mañana a tener el privilegio de hablar para ustedes.

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Almudena Grandes es escritora. El 4 de febrero se publica su próxima novela, La madre de Frankenstein (Tusquets), quinto volumen de la saga Episodios de una guerra interminable

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1 Comentarios
  • subeChico subeChico 24/01/20 08:19

    ! Qué Grandes eres, Almudena!

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