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Otras geografías del cuerpo

  • En treinta breves textos recorre el autor las diferentes partes del cuerpo, troceándolas, pues a cada una le dedica un capítulo, de la piel al alma
  • Anatomía sensible no es un libro menor, sino singular, distinto, sutil, propio de un escritor inquieto que siempre anda buscando cuestionar la realidad

Publicada el 31/01/2020 a las 06:00
Portada de Anatomía sensible, de Andrés Neuman.

Portada de Anatomía sensible, de Andrés Neuman.

Anatomía sensible
Andrés Neuman
Páginas de Espuma
Madrid
2019

En treinta breves textos titulados recorre el autor las diferentes partes del cuerpo, troceándolas, pues a cada una le dedica un capítulo, de la piel al alma. No se trata de una obra narrativa, ni de ficción, sino de impresiones que, a veces, se convierten en reflexiones hilvanadas, que pueden ser líricas (algunos fragmentos tienen las hechuras propias del poema en prosa) o ensayísticas, paradójicas o sorprendentes, sin que escasee la tendencia al aforismo, ni tampoco la sátira, la ironía y el humor. Son textos, por tanto, al margen de los géneros tradicionales, pues Neuman ha procurado a menudo jugar tanto con el lenguaje como con las ideas, como ocurre —por ejemplo— en algunos de los libros de Cortázar, un autor al que me parece que nunca pierde de vista. También baraja la idea de que el cuerpo, tal y como lo consideramos y mostramos, es una mera construcción social que debe ser cuestionada.

Neuman se detiene en las partes más obvias (la cabeza, las piernas, que desdobla en la "pierna par" y el "pie", la espalda o la mano), sin olvidar las más íntimas (la vagina, el pene o el ano) o las —digamos— menos nobles (las muelas, los talones...), y a todas ellas les saca partido, deteniéndose en peculiaridades en las que no siempre habíamos reparado. Si tuviera que destacar alguno de estos textos, me decantaría por los que dedica a la espalda y la axila.

No se trata de un libro culturalista, pero Neuman cita a escritores (Robert Walser y Simone Weil), científicos (Hipócrates y Galeno) y escultores y pintores (Praxíteles, Rubens, Paul Klee, David Hockney y Jasper Johns). Por lo demás, me ha llamado la atención que cuando se ocupa de la piel no recuerde a Oscar Wilde ("Lo más profundo es la piel"), o no aluda a los tatuajes, convertidos ya en una moda degradada, hortera. Tampoco parece erizarse nunca esa piel. ¿Por qué? O que cuando hable de las cabezas, no traiga a colación las disparatas ideas del doctor Lombroso, en su momento tan de moda. Y ello por no recordar la función de los dedos o la mano como peine, o los extravagantes rapados que se llevan, bien se trate de flequillos a lo Tintín o cortes sioux, o esos teñidos femeninos, con mechas de colores. Todo ello no resulta ya menos impostado que la belleza de plastilina que aparece en el Phototoshop. O que cuando se ocupa de la mandíbula, no aluda a la de cristal, tan grave en los boxeadores. En fin, basta de chincherías.

Casi todas las partes del cuerpo se prestan a ser descompuestas y clasificadas, como si Neuman fuera un Linneo del cuerpo humano. Así, por ejemplo, el pecho femenino (los amantes de los políticamente correcto deben saltarse estas líneas) puede ser: alargado, introvertido, redondo, de alfiler, liso, materno, blando, repostero, firme o quirúrgico. Fíjense, además, en los títulos de los textos, pues cada uno de ellos responde a un mecanismo de composición distinto; y en la manera en que concluyen. Respecto al último del libro, dedicado al alma (no puedo dejar de recordar aquí la reciente Historia del alma, de Guillermo Serés), se cierra utilizando el mecanismo de la diseminación recolección, que analizó Carlos Bousoño en la poesía, pues vuelve a traer a colación todas las partes del cuerpo en las que se había ido deteniendo a lo largo del libro.

También los paratextos resultan significativos, pues tanto las tres citas iniciales como el colofón generan sus propios significados, como no podía ser de otra forma. Si no, para qué incluirlos. La cita de Cynthia Ozick nos vuelve a la realidad de lo cotidiano, a la ropa sucia que generamos a diario. Y en el colofón, que debe ser obra del autor, nos recuerda que el libro acabó de imprimirse en el aniversario del fallecimiento de los poetas Wilhem Müller, que Neuman tradujo, y a quien se alude en su novela El viajero del siglo, y Anna Swirszczynska, "que resistió en la guerra y escribió sobre el cuerpo". En la foto del autor que aparece en la solapa, obra de Antonia Ortega Urbano, se impone un Neuman piloso, al que apenas se le ve el rostro. Y en la cubierta del libro se reproduce la foto de una espalda, con su hendidura marcada y oscurecida, y en la parte baja encontramos un ojo grabado en la piel, escoltado por dos pecas.

Este es, en suma, un libro contra la representación convencional del cuerpo que encontramos en el cine, la publicidad o las redes sociales. Por ello, el autor se detiene en otras partes menos convencionales (la barriga prominente, el ombligo, el codo, las canas, las estrías o las patas de gallo) y nos las muestra desde perspectivas poco habituales.

Sí, nuestra anatomía es peculiar, llena de protuberancias, recovecos y cicatrices, y algunas partes pueden ser muy sensibles, Andrés Neuman nos lo recuerda y las recrea en este libro, para cuestionar esa idea que nos han inculcado sobre la perfección física. No se trata, por tanto, de un libro menor, sino singular, distinto, sutil, propio de un escritor inquieto que siempre anda buscando cuestionar la realidad.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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