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"No se reprocha a la rosa que haya nacido entre espinas"

  • El libro compilado por Juan Pedro Aparicio casi solo recoge fragmentos de obras mayores, lo que venimos llamando narraciones intertextuales
  • Una de las mayores virtudes de esta antología es que puede observarse en ella la evolución de la prosa castellana a lo largo de los siglos

Publicada el 21/02/2020 a las 06:00

Cien relatos cuánticos de la literatura clásica española
Juan Pedro Aparicio
Prólogos de Natalia Álvarez Méndez y del autor
Eolas
León
2019

El compilador de este volumen ha publicado tres libros de microrrelatos (La mitad del diablo, 2006; El juego del diábolo, 2008; y London Calling, 2015) y ha teorizado sobre el género, vinculándolo con la física cuántica. Además, su narrativa brevísima aparece recogida en las mejores antologías de esta forma genérica. Y junto a Antonio Pereira, José María Merino y Luis Mateo Díez, ha recorrido casi medio mundo representando un neofilandón, con la lectura de textos narrativos brevísimos, para deleite de los oyentes. Y puedo afirmarlo porque he tenido la fortuna de gozar de esa escenificación —más que lectura— en varias ocasiones. Para Aparicio, por último, cuántico es el nombre que le da al microrrelato, aunque me pregunto por qué recurrir a la ciencia (¿acaso no hay vida intelectual fuera de esta?) cuando en España utilizamos un concepto que proviene de la tradición narrativa.

La otra singularidad inicial del libro es que casi solo recoge fragmentos de obras mayores, lo que venimos llamando narraciones intertextuales, vulgarmente conocidas como recortes. Aparicio los denomina, con fortuna, textos integrados. Claro que esa práctica la iniciaron nada menos que Borges y Bioy Casares en su antología de Cuentos breves y extraordinarios. Pero no debería olvidarse que data de 1955, cuando no había conciencia alguna de lo que podría ser el microrrelato, aunque sí un afán de los escritores argentinos por llamar la atención sobre las posibilidades narrativas de la prosa brevísima, como cincuenta años antes había hecho Juan Ramón Jiménez, empeñado en insuflarle movimiento, cambio, al estatismo del poema en prosa. Con todo, tenemos que situarnos mucho más adelante, en 1990, para ver surgir esa conciencia de género, en torno a la aparición de la antología de Antonio Fernández Ferrer, La mano de la hormiga, o las varias posteriores de los argentinos Raúl Brasca y Luis Chitarroni, por solo destacar algunas de las más notables.

La recopilación de Aparicio que ahora nos ocupa arranca en el siglo XI, con un texto extraído de la Disciplina Clericalis, de Pedro Alfonso, y concluye con unos microrrelatos de Max Aub, casi todos ellos de sus Crímenes ejemplares. Y entre el pasado remoto y mediados del siglo XX, va recorriendo toda la historia literaria, algunos de sus nombres más notables, mientras extrae fragmentos de sus obras, como puedan ser Don Juan Manuel (¿no hubiera quedado mejor titular el texto de la p. 36 “El alma aventurera”?), el Arcipreste de Hita, Fernando de Rojas, Bernal Díaz del Castillo, el desconocido autor del Lazarillo, Mateo Alemán, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, Tirso de Molina, Quevedo, María de Zayas, Feijóo, Cadalso, Jovellanos, L.F. de Moratín, Espronceda, Larra, Bécquer, Galdós, Pardo Bazán, Clarín, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna y Lorca, por no hacer una lista interminable, que esta ya lo es. Quizá podría haber acabado con Ana María Matute e Ignacio Aldecoa.

En la mayoría de los casos, los textos no sé si serán cuánticos, pero no son microrrelatos, tal y como entendemos el género hoy, pues carecen de la intensidad y depuración imprescindible. Además, en dos ocasiones, al menos, unos versos de Góngora y Espronceda han sido prosificados (pp. 116 y 170). Siento tener que repetir que no me convence la idea de lo cuántico, pues me parece un concepto ineficaz que solo introduce confusión en un género que está todavía en pañales; ni tampoco creo en la eficacia literaria de extraer fragmentos de un conjunto mayor cuando se trata de un género en vías de consolidación en el sistema literario. Considero que los microrrelatos deben ser textos concebidos ex profeso como tales, cuando la historia, por mínima que sea, no puede contarse mejor con otra precisión e intensidad y, por tanto, en otra dimensión. Pero, claro, los escritores pueden hacer lo que mejor les parezca y los críticos, ponernos tiquismiquis, además de reflexionar sobre lo que se publica.

Algunos de estos textos, sobre todo los más antiguos, poseen un claro componente didáctico que los sitúa más cerca de la narrativa folklórica que de la literaria moderna (en el mismo sentido que se viene afirmando que el cuento literario moderno aparece con Edgar Allan Poe), y se leen más bien como consejas, fábulas, casos, parábolas.... Si nos detenemos —por ejemplo— en el texto titulado “Las noches de Penélope”, que proviene de la Cárcel de amor (1492), novela sentimental de Diego de San Pedro, se observa que el procedimiento que utiliza se halla en las antípodas del tratamiento que los microrrelatos le dan hoy a las historias de ficción conocidas, pues su objetivo consiste en trastocarlas al releerlas, reescribirlas. En otras muchas ocasiones, en las que conocemos las obras, pues casi siempre son clásicas, no podemos dejar de pensar en el conjunto, impidiendo que el fragmento, aunque esté bien escogido y singularizado, consiga que olvidemos el total de la obra, que es lo que ocurre, por ejemplo, en “La corazonada”, de La Regenta (pp. 202 y 203). O también puede ocurrir, es el caso de “El sepulturero”, de Las noches lúgubres, de Cadalso, que para entenderlo bien nos falte contexto, que quien conozca la obra sobre todo, echará de menos (pp. 158 y 159).

Pero al fin y a la postre lo único que importa es que el resultado sea atractivo, que los textos nos interesen y que se lean con placer. Como ocurre, por ejemplo, con: “Los pensamientos de Filis”, de Diego Hurtado de Mendoza (p. 72); “El galeote que escribía”, de Cervantes (pp. 103 y 104); “La muerte eres tú”, de Quevedo (pp. 134 y 135); la carta de Jovellanos a Lord Holland (pp. 162 y 163); “Lo que debemos al gallo”, de Moratín (pp. 166 y 167), texto del que —a su vez— podría desgajarse una greguería: “El gallo [es] trompeta de la mañana”; “La Natividad”, de Pardo Bazán (pp. 193-194); “La sima”, de Unamuno (p. 210), y de este mismo autor también nos ha llamado la atención “El primer cuento del doctor Montarco”, pues se trata de una poética (pp. 208 y 209); y “El recto” y “La niña”, de Juan Ramón Jiménez (pp. 226 y 230). Sea como fuere, no hubiera estado de más citar los textos por las ediciones más fiables, hecho que no ocurre con los microrrelatos de Gómez de la Serna o Lorca (las ediciones de Luis López Molina y Encarna Alonso en Menoscuarto, respectivamente), sin que por ello dejen de serlo las que Aparicio maneja.

Una de las mayores virtudes de esta antología es que puede observarse en ella la evolución de la prosa castellana a lo largo de los siglos: cómo el relato folklórico y didáctico se convierte en literatura moderna, según la concebimos —sobre todo— a partir del Romanticismo. A pesar de todo, algunas de aquellas características que hemos aducido más arriba las cumple esta recopilación de Aparicio, por lo que como apunta la autora del prólogo podría ser —además— un útil instrumento para la enseñanza, para conquistar nuevos lectores. En fin, si en la Disciplina clericalis se afirma que “No se reprocha a la rosa que haya nacido entre espinas”, tampoco nosotros debiéramos reprocharle hoy a Aparicio que nos proporcione una muestra de microrrelatos intertextuales, tras la que se aprecian muchas y muy atentas lecturas, sin que ello nos impida dejar constancia de nuestra opinión.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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