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Los libros

Medio siglo después

  • Enero no era solo el arranque de una potente voz narrativa, sino un tratamiento directo de la violación, el embarazo y el aborto desde la mirada de la víctima
  • La prosa de Sara Gallardo es frondosa, profunda, desasosegante, y sugiere más la ciénaga y el bosque que los anchos paisajes argentinos

Publicada el 28/02/2020 a las 06:00 Actualizada el 27/02/2020 a las 20:37
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Enero
Sara Gallardo
Malas Tierras
Madrid
2019

"Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio —piensa Nefer—; todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar". La cosecha que plantea Sara Gallardo (Buenos aires, 1931-1988) en Enero, ya se intuye, es doble. La del campo argentino de la primera mitad del siglo XX, la que se gesta en el vientre de la protagonista. La primera, una bendición, la segunda, un pecado, obra del demonio, un abismo. "Porque no se puede volver atrás, el tiempo viene y todo crece, y después de crecer viene la muerte. Pero para atrás no se puede andar", escribe Gallardo. Escribió: la novela estuvo terminada a mediados de los cincuenta y se publicó por primera ven en 1958. En España, la editorial Malas Tierras la ha publicado por primera vez en 2019. En la propia Argentina, estuvo descatalogada hasta hace un par de años. 

La prosa de Enero es frondosa, profunda, desasosegante, y sugiere más la ciénaga y el bosque que los anchos paisajes argentinos. La voz narradora, en tercera persona, apenas se aleja de su protagonista, y la sigue en su desazón, en su silencio, en la certeza de que contar lo que pasa supone aceptar que su vida está arruinada para siempre, en los intentos vanos de huir (¿a dónde?), de renunciar a esa cosecha maldita (¿cómo?). La primera novela de Sara Gallardo, publicada a sus 27 años, tiene una cadencia lenta y constante, como el paso de un caballo, que la acerca quizás más al relato largo que a la novela corta. Sus aperturas formales —esa falsa tercera persona, la inclusión de un habla campesina desterrada de la literatura, una narración puesta al servicio de imágenes densas y fragantes— se ensancharían luego en la que es, para la crítica, su mejor obra, Eisejuaz (1971), la historia de un mataco que se piensa emisario de dios y que también ha recuperado Malas Tierras. 

El viernes 6 de marzo se estrena en España el documental La ola verde (Que sea ley), que retrata el movimiento argentino por el derecho al aborto desde que la propuesta de ley pasa el Congreso hasta que se estrella después en el Senado. Su director, Juan Solanas, entrevista a 200 personas, que en el documental quedan en una decena. Se cuentan, entre los testimonios: mujeres que tratan de provocarse un aborto con una aguja de coser; mujeres que lo hacen con tallos de perejil; mujeres que acuden al hospital después de haberse sometido a una interrupción del embarazo clandestina y son maltratadas por el personal médico; mujeres que sufren infecciones después de un aborto clandestino y que mueren porque no se les practica un legrado a tiempo; mujeres que acuden a un médico temiendo por sus vidas y que son denunciadas por haber intentado interrumpir su embarazo; niñas a las que se les impide abortar aunque el embarazo haya sido fruto de una violación. 

"Sesenta años después", escribe Selva Almada, "seguimos discutiendo sobre el mismo asunto: el derecho a abortar de manera libre, segura y gratuita. Las pobres se mueren, las ricas abortan en la clandestinidad". Más de medio siglo. Escribió Sara Gallardo: "Las ricas son otra cosa. Piensa en Luisa, que a esta hora se sentaría en el comedor de la estancia. Su madre había dicho: 'Estas son todas así, se revuelcan con cualquiera pero nadie se entera. Se las saben arreglar". En última instancia, serán las señoras de la hacienda las que decidan el futuro de Nefer, las que arreglen ese pequeño contratiempo con el espíritu asistencialista y salvador de la clase alta. Clase alta rural a la que pertenecía Gallardo, que en esta primera novela decidió no ocuparse de los asuntos de sus pares, sino mirar hacia el campo, hacia su propia familia, hacia esos trabajadores a los que gobernaban con una mano de madre superiora y una de general. 

Enero no era solo la primera prueba de una potente voz narrativa, sino el tratamiento literario directo —y no por eso menos bello— de la violación, el embarazo y el aborto, y las consecuencias que tienen para la mujer en una sociedad conservadora, desde el punto de vista de la víctima. Enero es también la denuncia de una rígida estructura social en la que la clase dominante trata a los campesinos como a la tierra que trabajan, lo que afecta especialmente al destino de las mujeres, últimas entre los últimos. Hace más de medio siglo. Quién lo diría. 

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