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Los diablos azules

Martín Caparrós: "El cambio ha sido abducido por la técnica, no tenemos una propuesta política"

  • El escritor y periodista imagina en Sinfín, su última novela, un futuro donde la tecnología ha hecho posible la existencia de la vida eterna
  • "Qué va a pasar con el trabajo es el gran tema de las próximas décadas", asegura, "y la primera forma que esto toma es la renta universal"

Publicada el 20/03/2020 a las 06:00
El periodista y escritor Martín Caparrós.

El periodista y escritor Martín Caparrós.

Álvaro Delgado

Sinfín, la última novela de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), es una crónica del futuro. Pero esta conversación parece venir de un pasado remoto —aunque tuviera lugar hace pocos días—, porque se mantuvo antes del estallido de la crisis sanitaria. Obviamente, en el 2060 que imagina el escritor y periodista, uno de los referentes de la crónica latinoamericana, no figura el coronavirus ni se tienen recuerdos de esta pandemia mundial. Pero hay otras líneas que nos hacen arquear la ceja: la influencia geopolítica de China, una potencia mundial que hace posible nada menos que la vida eterna. 

Porque de eso va el ejercicio especulativo de Caparrós: Sinfín es el fin de la muerte. Una nueva tecnología hace posible que los humanos se descarguen en una especie de programa que les permite vivir una prórroga virtual eterna a su limitada existencia terrenal —algo en realidad parecido a lo propuesto en otras obras de ficción, como Matrix o Years and years—. En China, el sistema se conoce como tsian, que significa paraíso, un pictograma que salpica el libro aquí y allá, como un enigma. Aquellos que se lo pueden permitir, se diseñan a medida vidas virtuales complejas, mientras que los menos afortunados se conforman con vidas programadas con extrema simpleza. Y esto, que aún no ha sucedido, lo cuenta Caparrós mediante un género que suele servir para contar lo que sucedió: la crónica. 

Pregunta. ¿Por qué contar ficción con las herramientas de la no ficción?

Respuesta. Este libro empezó porque yo tenía ganas de reírme de mí mismo y de ese género que supuestamente practico y que algunos llaman crónica, quería jugar a desmitificar un formato que está muy subido a la parra últimamente. Después, poco a poco, el tema y lo que estaba contando se me hizo mucho más importante que la mera voluntad de reírme de la crónica. 

P. ¿Entonces la decisión de situar la trama en el futuro era una forma de forzar más ese mecanismo de ese género periodístico?

R. Claro, para eso lo hice, porque iba a ser indudable que esa pretendida no ficción era ficción. En vez de ser una novela sin ficción, como dicen tan a menudo, es una ficción sin novela. Es una ficción donde se sustituyen las formas de la novela por las formas de la crónica. Y después, claro, empecé a pensar: cómo será el futuro. Ahí llegué a todo ese aparataje ideológico y técnico del tsian y la posibilidad de la vida eterna. 

P. Usa mecanismos de la crónica, y por lo tanto se necesita a un narrador, a un cronista. Pero aquí el narrador no es Martín Caparrós. 

R.  No quería insistir mucho en el personaje de la narradora, y de hecho doy muy pocos datos sobre ella: no quería que tuviera un rol importante porque, en general, no me parece que en las crónicas el narrador tenga que tenerlo. Uno de los peores errores que cometen los cronistas es confundir la idea de narrar en primera persona con narrar sobre la primera persona. Es una confusión muchas veces fatal y no quería caer en ella. La conocemos más por lo que cuenta que por lo que dice de sí. 

P. En la rueda de prensa del anuncio del Premio Herralde por Los Living decía que en el fondo la muerte está presente en todas sus obras. Me preguntaba qué había ahí. 

R. Yo también me pregunto qué hay ahí. He publicado unas 15 novelas, y me doy cuenta mirando para atrás que una proporción obscena de ellas tiene que ver con el tema de la muerte. Y, efectivamente, hace un tiempito empecé a preguntarme por qué. No lo sé. La hipótesis más boba es que cuando era jovencito, entre los 13 y 18 años, en los primeros setenta en la Argentina, militaba en un movimiento de izquierdas en una época muy convulsa. Y a muchos de mis amigos los mataron. Tuve una relación muy cercana con la muerte desde que era muy chico… Pero decir que tiene que ver con eso es como de psicólogo de barrio, da como vergüenza, parece la caricatura de un argentino. 

P. Da la sensación, cuando se escucha hablar a los magnates de la tecnología —en el libro hay alguna referencia velada a Elon Musk— sobre sus proyectos para llegar a Marte o sobre los viajes espaciales privados, que sus preocupaciones no son, desde luego, las nuestras. ¿Si nos plantearan la posibilidad de la vida eterna, pasaría igual?

R. Me impresiona cómo estos muchachos han ganado tanto dinero y tienen unas vidas tan maravillosas que no tienen ganas de que se acaben. No está mal. Creo que hay una mezcla de desconfianza y miedo con respecto a las novedades muy extremas. Ahora en el tren iba leyendo un libro, y se recordaba algo que me hizo mucha gracia: en el año 1920 el New York Times sacó un artículo riéndose de un científico de esa época llamado Robert Goddard, el gran pionero de la construcción de cohetes, diciendo poco menos que era un tonto, que en el espacio exterior no podía avanzar nada porque había vacío… Me parece que pidieron disculpas 49 años después. El ser humano se retrae ante las novedades.

P. Pero Sinfín nos recuerda que ni siquiera la inmortalidad sería igual para todos. 

R. No, desde luego, y en la actualidad sus equivalentes ya no lo son. Vivimos en sociedades infinitamente desiguales: escribí un libro sobre el hambre donde me quedó muy claro que mientras nosotros estamos saciados y tiramos entre un tercio y la mitad de los alimentos, hay casi mil millones de personas que no comen lo suficiente. En el mismo mundo, a unos kilómetros de distancia. No hay ninguna razón para pensar que si hubiera un desarrollo técnico como este, que permitiera por medios artificiales hacer infinita la vida, fuera a estar al alcance de todos. Pero lo que se cuenta en Sinfín es que, si muchos supusieran que algunos tienen la vida eterna, querrían tenerla también, y por lo tanto harían lo posible por hacerse con ella. Lo cual es cierto, pero tampoco tanto: es muy atractivo comer todos los días, y sigue habiendo mil millones de personas que no solo no lo logran, sino que no se rebelan de esa situación, o no de una manera eficaz. 

P. Otra pregunta que plantea el libro es si esa especie de prórroga artificial que se propone, una especie de simulación repetitiva que se vende como la vida eterna, es realmente la vida. 

R. Eso se puede discutir, claro. Pero no es tan repetitiva: depende del dinero que tenga uno. A mí me gusta ese que pide una vida en la que haya errores, cosas que salen mal. Y entonces le ofrecen distintos porcentajes de error: con el 15% de error vas a estar tranquilo, con el 50% de error va a ser como la vida, con el 80% de error vas a apreciar realmente las cosas que salgan bien… Hay posibilidades de que esa vida eterna no sea monótona. Pero, como todo, requiere dinero. 

P. ¿Ha pensado en qué tipo de vida eterna elegiría?

R. Sí… Yo supongo que la de este hombre, pero con un porcentaje de error bajo. Un 25% lo puedo negociar, pero más no, ¿para qué? 

P. Justamente ahora se habla mucho de cuál va a ser nuestro futuro colectivo, por asuntos como el cambio climático, la tecnología, la inteligencia artificial… Después de un tiempo en el que parecía estar cegado —el famoso fin de la historia—, ¿hay un interés renovado en el futuro?

R. No lo llamaría interés renovado, sino un cambio de formato del futuro. Nuestra era es una de esas épocas que hay de vez en cuando en la historia en la que la sociedad no consigue imaginar un futuro que desea, que quiere construir. Hace 30 o 40 años había una idea de un futuro posible: se llamaba socialismo y funcionó mal. Esas ideas de futuro eran, en general, políticas. Ahora, cuando pensamos en el futuro, pensamos en tecnología o en amenazas —ecológica, poblacional…—: el cambio ha sido abducido por la técnica, no tenemos una propuesta política. Porque cuando pensamos en el futuro no pensamos en qué forma de Gobierno vamos a tener, en qué modo de producción… Por eso en Sinfín hago, de alguna manera, una caricatura de la idea de que el cambio es solo técnico.

P. En Sinfín, lo laboral tiene su importancia: el fin del trabajo como lo conocemos explica la aparición del deseo de vida eterna. ¿Por qué la propuesta política de la novela tiene tanto que ver con el empleo?

R. Qué va a pasar con el trabajo es el gran tema político de las próximas décadas. Ha habido cambios técnicos que hacen cada vez más innecesaria la participación humana, y eso quiere decir que hay trabajadores que se convierten en extrabajadores, pero que van a querer una parte de la plusvalía que producen las máquinas. Y el tema va a estar en la pelea por esa plusvalía entre los dueños de las máquinas y los extrabajadores. La primera forma que esto toma es la renta universal: los Estados tienen que redistribuir las ganancias de esos patrones entre los que habrían sido sus empleados. Es un gran conflicto distributivo. 

P. En el libro se menciona el pronóstico de la jornada laboral de 15 horas semanales que, según Keynes, se implantaría para 2030. Si en lo tecnológico no nos creemos los pronósticos, ¿en lo político pronosticamos avances que no somos capaces de conseguir?

R. Sí, no sé… ¿En qué estaría pensando Keynes cuando dijo eso? ¿Pensaría en un avance técnico que hiciera innecesaria una larga jornada laboral? Probablemente. Pero ¿en qué modelo político estaría pensando? Esa es la clave. 

P. Aunque Sinfín sea una crítica a nuestra forma de pensar en el futuro, es también un ejercicio de imaginación. ¿Cree que la ficción puede abrir otras formas de pensar lo que nos espera, en lo que queremos?

R. Creo que esta novela solo dice: van a pasar cosas, piensa tú en qué crees que va a suceder. Lo único que se propone es darte ganas de pensar en el futuro. ¿Cómo este idiota dice que Estados Unidos va a estar en decadencia...? Y por oposición o acuerdo te vas armando tu propio mapa del 2060. Me parece que es un juego atractivo. 

P. Hay una tendencia a situar la ficción especulativa, tradicionalmente llamada ciencia ficción, bien en el cajón de lo utópico, bien en el de lo distópico. ¿Cuando escribía Sinfín, pensaba en estos términos?

R. La verdad es que no lo pensé ni como utopía ni como distopía. Luego los editores se empeñaron en hablar de distopía. Y yo en los últimos días estoy divirtiéndome diciendo que es una utopía. Si inventan la vida eterna por una módica suma, no está mal, ¿no? Por supuesto, tiene sus problemas y sus costados oscuros, pero ¿qué no lo tiene?

P. De lo que propone en el libro, si tuviera el poder de hacer que algo se cumpliera, y que algo se evitara, ¿qué sería? 

R. Quizás querría que se cumpliera la catástrofe final que acaba con las religiones. No nos vendría mal. Y si tuviera que elegir algo que no sucediera, sería ese poder omnímodo de China, que seguramente se dé de cualquier forma, pero espero que no de manera tan brutal. Porque a lo largo de toda la historia China ha sido el país más poderoso, exceptuando estos 300 años de confusión. Y va a volver a serlo. En América Latina siempre jodió la presencia norteamericana, pero cuando lleguen los chinos en serio... quizás vamos a empezar a extrañar a los gringos. 

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