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Los diablos azules

Historias de la Norteamérica profunda

  • El mapa de los afectos, de Ana Merino, es una novela coral en la que las historias van entrelazándose y, con ellas, las vidas de los personajes
  • Es destacable la exaltación que se hace de la bondad, del hecho de hacer el bien, tantas veces negada como materia literaria por los escritores

Publicada el 20/03/2020 a las 06:00

El mapa de los afectos (Destino) es la primera novela de Ana Merino, una autora que ya había destacado como poeta, tras ganar en 1994 el Premio Adonais, además de ser experta en cómics (añoramos su sección en la revista Leer). Merino también ha cultivado el teatro y ejercido la docencia en los talleres de escritura de la Universidad de Iowa. En el 2009, asimismo, publicó una novela juvenil El hombre de los dos corazones, por lo que tampoco puede decirse que no tenga experiencia en la escritura de la narración en prosa. 

El mapa de los afectos ha sido premiado con el Nadal, como antes lo fueron Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. Se trata de una narración con múltiples logros, desde su concepción general, la estructura (compuesta por 22 capítulos titulados con acierto, un epílogo y unos "Agradecimientos"), hasta el mismo título, pasando por la sutileza en el tratamiento del paso del tiempo, con la sabia utilización de la elipsis, la construcción de los personajes y cómo, en muy poco espacio, les confiere a varios de ellos una personalidad propia, aparte de la entidad de las voces a las que un narrador en tercera persona les cede el protagonismo. Además, construye de manera adecuada el espacio y la escenografía de los episodios y, a su vez, destaca en la novela el ritmo de la prosa, sin que por ello se ahogue en el lirismo y deje de ser narrativa.

Es destacable la exaltación que se hace de la bondad, del hecho de hacer el bien (incluso en los "Agradecimientos" aparecen incluidas "las buenas personas"), tantas veces negada como materia literaria por los escritores, aunque nosotros podamos citar algunos antecedentes que me vienen a la memoria, como un relato sobre la Guerra Civil ("Pesadilla", de los Cuentos sobre Alicante y Albatera, de Jorge Campos), las novelas de Álvaro Pombo y los trabajos del ensayista Mauricio Wiesenthal, quien ha reflexionado sobre el asunto. 

Las citas iniciales que lleva la narración, de la poeta uruguaya Idea Vilariño y del autor y editor de cómics norteamericano Stan Lee, tan admirado por Sheldon Cooper y sus amigos, se comentan en la entrevista que concedió la autora a El placer de la lectura. El mapa de los afectos es una novela coral en la que las historias van entrelazándose y, con ellas, las vidas de los personajes, de las cuales solo conocemos algunos fragmentos que transcurren casi siempre en el Medio Oeste americano, donde la autora ha vivido varios años (llegó a los Estados Unidos en 1995), mientras van cruzándose hasta recomponer las piezas de ese mosaico y formar diversas parcelas de existencia. 

Hay también cuatro episodios que en parte transcurren en España: el fracasado viaje de novios de Valeria y Paul; los avatares de Diana P., hija de la generosa Rita, la periodista a la que despiden las feministas que ahora dirigen su periódico para contratar a sus propias amigas; el viaje de Heather, ahijada de Rita, en busca de documentación para sus cómics; y los días de permiso que el soldado James pasa en Cádiz. Podría decirse que se trata de otra variante del mecanismo de composición de La ronda, de Arthur Schnitzler, La colmena, de Cela, o la extraordinaria Sur, de Antonio Soler, en las cuales los personajes salen a escena, desaparecen para, en algunos casos, volverlos a encontrar. Sin que por ello se pierda la atmósfera y las peculiaridades de hechos y personajes que podríamos emparentar —por ejemplo— con los de las películas de los hermanos Cohen. Sea como fuere, casi todos ellos deben superar alguna prueba, lo que no siempre consiguen.

Entre los numerosos personajes, en su mayoría héroes del fracaso, por utilizar un concepto de Luis Mateo Díez, pero que en algunos casos consiguen rehacer sus vidas (mejor que reinventarse), la misma autora ha destacado tres: Valeria, la joven maestra que mantiene una apasionada y secreta relación amorosa con Tom, 30 años mayor que ella, luego mal casada con Paul, consiguiendo equilibrar su existencia entre Algeciras y Tarifa, donde se reencontrará con Adam, su antiguo alumno, 15 años después; Rita, quien acoge en su granja a numerosos gatos y a dos galgos corredores cojos, pero que dará cobijo también a Aurora cuando más lo necesite; y el niño Samuel (alumno de Valeria y testigo furtivo de sus amores), con quien arranca la novela, aunque en el capítulo 19, cuando se acerque a la treintena, trabaja en un supermercado, al mismo tiempo que ayuda a Rita en la granja. 

Podrían añadirse otros seres cuyas historias nos conmueven, como ocurre con Greg, el mujeriego pero falso culpable; su esposa Gina, la dentista celosa, hasta el punto de llegar a perpetrar un violento crimen por un mero malentendido; la señora Dolan, que regenta un restaurante al que suelen acudir los personajes; su hija, Lilian, madre de James y Adam, víctima de los celos, cuyo asesinato queda impune; Marcus, su marido, quien anda en la guerra de Irán, mientras que uno de sus chicos, James, se empeña en ser soldado como su padre y su abuelo, tras haber luchado este último en Vietnam. Como otro galgo más, James volverá de la guerra mutilado, amparándolo su abuela. O Emily, pues había sido "miss niña de pueblo", aunque ahora trabajara como striper y se hubiera prostituido y enganchado a la heroína ("llevaba ya una década en este negocio del contoneo y el sexo de pago", y se dedicaba a "follar para drogarse, qué ecuación tan tremenda. Prostituirse para ser feliz unos instantes", dice expresivamente la narradora), si bien consigue luego rehacer su vida como crupier en uno de los barcos que surcan el Misisipi; la tiránica señora Claire, la anciana que se aprovecha de la emigrante Marcela Sánchez y "una de las peores madrastas" para su sobrina Irene; Aurora Altano, la española a quien su empresa, de energías renovables, traslada a Des Moines, en Iowa, donde trabajará entre el 2012 y el 2017. A todos ellos los vemos cambiar, evolucionar, en el transcurso de la narración. Así, sabemos, por ejemplo, que Greg es un faldero, pero no un asesino; que Alfredo, el camarero que trabaja con Emily, la compadece y ayuda (el diálogo entre ambos, a comienzos de la página 74, parece sacado del peor folletín), aunque será ella al fin y a la postre quien acabe salvándolo a él.     

Son historias —todas ellas, la primera está datada en el verano del 2002 y la más reciente en el 2017— en las que priman los sentimientos, las emociones; en suma, los afectos que se anuncian en el título. El amor y el desamor, la curiosidad, los celos, el asesinato y la violación desempeñan, así, un importante protagonismo, pero también —lo hemos anticipado— la generosidad y la bondad, a la manera cervantina. 

Entre los numerosos episodios destacaría el relato de la muerte de Tom, a los 61 años; la imagen de las naranjas en la nieve que se le presenta al viejo Curtis, quien carga con el alzhéimer y había ayudado a Marcela cediéndole una casita de su propiedad; todo el capítulo 12, con la historia de Aurora Altano, el tornado que la persigue y la protección de Rita, ese ángel de la guarda; la justicia poética con la que concluye el capítulo 13, con la naturaleza ensañándose con el cura violador, de la que vuelve a echar mano al comienzo del capítulo 16, tras presentarse "la suerte como una energía invisible y salvadora", al arder el club de alterne en el que trabajan Emily y Alfredo, frecuentado por Greg y que será su perdición. Y podría seguir.  

La reflexión sobre la memoria ("Parecía una caja de herramientas desordenada en la que buscas una cosa, aparece otra"); la fascinación de Adam, el hijo de Lilian y Marcus, por la ciencia-ficción; el homenaje a los cómics, en las historias de Heather y Samuel, lector en la infancia de Los cuatro fantásticos, de la casa Marvel; o el tornado, real y metafórico, que aparece en diversas historias, son también otros aspectos destacados de la narración. Pero, a la vez, la autora se muestra muy certera y precisa en su crítica a los vuelos en avión ("Habían deshumanizado a los viajeros y ya no era agradable volar. Ahora les daban de comer porquería y los trataban como si fueran presuntos delicuentes"); los curas rijosos e impunes; y la apuesta más arriesgada: la crítica al falso feminismo, en el episodio de Diana, lo que me ha hecho pensar, en esencia, en cómo prescindieron de la autora en el diario El País. Pero es, desde luego, la guerra a la que unos van para ganarse la vida y otros, los más jóvenes, obligados, quien nos proporciona los trágicos límites de la existencia humana, en la soledad, la violencia y el terror. 

El mapa de los afectos es una muy buena primera novela, además de un excelente premio Nadal, aunque sorprende que en una prosa tan cuidada se cuelen anglicismos (empatizar, empatía, por complicidad; negatividad, imágenes de odio; emocional), galicismos (mascota, el que lo haya aceptado la Academia no lo hace menos cursi e impostado), mexicanismos (tomarse un trago, o jugo por zumo, y un trago de jugo, por un sorbo de zumo), expresiones a la moda del día (adjetivos como tóxico, ilusionante, o palabras como parámetro, policial), la conjugación de un verbo reflexivo como si no lo fuera (enfrentar, por enfrentarse), o expresiones que me parecen inapropiadas, poco precisas, como "quitarse la sensación de arcada", "ansiedad existencial", el uso de parar por frenar, o afirmar que recogió de la calle a una gata golpeada (¿por qué no maltratada?). Muchos de ellos son moneda corriente en los medios de comunicación, en las llamadas redes sociales y en los trabajos de los estudiantes universitarios, por lo que no sé si el problema tiene mucho arreglo, a pesar de la encomiable labor que desarrolla Fundéu, Magí Camps en La Vanguardia o Álex Grijelmo en El País. En suma, nada que no pudiera haber solucionado un buen corrector de estilo, una figura imprescindible, para las editoriales y la prensa, que parece haber desaparecido, si nos atenemos a los resultados.

No quiero acabar así, sino augurándole a Ana Merino una brillante carrera como narradora, pues sus historias y su voz, que proceden de las mejores de siempre, me parecen nuevas y distintas.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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