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  • En West End se nos cuenta un drama familiar oculto detrás de otro individual: la enfermedad mental del abuelo materno, un episodio del que nadie habla
  • La ficción de José Morella es un grito contra la discriminación que sufren los enfermos mentales, no solo en la historia reciente, sino en la actualidad
 

Publicada el 20/03/2020 a las 06:00

West End
José Morella
Siruela
Madrid
2020

El escritor José Morella debutaba en 2009 con una curiosa novela, Asuntos propios, un relato que ponía de relieve algunos problemas cotidianos a través de una trama centrada en personajes corrientes, como Roberto, un traductor jubilado septuagenario que se enamora de Jacinta, la asistenta centroafricana que le cuida la casa. La situación peculiar provocará que su hija, alentada por las habladurías de los vecinos de su padre, aproveche un pequeño accidente doméstico para llevárselo a vivir con ella y alejarlo, según su opinión, de un serio peligro. El argumento se sostiene porque se reflexiona sobre el fenómeno de la inmigración, sobre las transformaciones a la hora de abordar cuestiones sociales, ciertos resabios de racismo que persisten en la sociedad española contemporánea, el problema de las jubilaciones y de la tercera edad, el día a día de un anciano todavía en buena forma, el cambio generacional, las nuevas formas de discriminación social, los prejuicios interclasistas, o la xenofobia que aún vivimos y, sobre todo, las ocultas manifestaciones de esa tremenda lacra: la violencia de género. Para su siguiente novela, Como caminos en la niebla (2016), se inspiraba en un personaje real: Otto Gross, un psiquiatra y psicoanalista de ideología anarquista, cuya locura le llevarían a unos excesos devastadores, una historia en la que el propio Morella no ofrece a su personaje ninguna solución o salvación, y convierte el relato en la tragedia personal de Gross y de esa visión colectiva que inconscientemente se va fraguando en su mundo.

José Morella consigue con West End (2019) el prestigioso Premio de Novela Café Gijón. Para escribir este texto se sometió, según se desprende y ha manifestado públicamente, a un riguroso aprendizaje sobre las enfermedades mentales, y una vez conseguido ese proceso de conocimiento, y escrito su relato, nunca ha dejado de tener dudas respecto a la salud de su personaje, o la forma de tratamiento que, como él, soportan quienes padecen ese tipo de afecciones, ejemplificado en el protagonista, el abuelo Nicomedes. Para contar esta historia, Morella recurrirá a una suerte de autoficción que, como se espera de la buena literatura, contiene idéntica cantidad de invención, parábola y de una edificante realidad, porque se nos cuenta un drama familiar oculto detrás de otro individual: la enfermedad mental de Nicomedes Miranda, el abuelo materno, un episodio del que, como sabremos, nadie habla. Su frágil salud mental es llevadera mientras vive en la calma y tranquilidad del pequeño pueblo andaluz del que casi nunca sale en 50 años. Por eso, cuando su familia, campesina e iletrada, se traslada a Ibiza, en pleno auge de la industria del turismo y durante la última época del franquismo, su suerte queda echada: su lucidez se pierde para siempre y, paralelamente, nace un tabú alrededor de su extraña condición o conducta psicótica. En el West End, donde se asienta la familia, no hay nada para el abuelo, cuatro estridentes calles en Sant Antoni de Portmany, llenas de clubes nocturnos y de bares de copas para turistas, una auténtica tierra de nadie para los propios  ibicencos. 

Para el narrador, en la pérdida de la lucidez de Nicomedes Miranda tuvo mucho que ver también el haloperidol, el medicamento antidelirante que hizo desaparecer sus manifestaciones psicóticas más aparatosas, incluso su capacidad para hablar, para tragar saliva, y finalmente para expresarse, porque Nicomedes ya nunca volvió hablar. Y ese estado ausente anuló la relación con sus hijos y normalizó en sus nietos el hecho de que, sencillamente, el abuelo no se comunicaba con ellos de ninguna manera porque tampoco le habían conocido antes de que se le suministrara el medicamento; un drama familiar que todo el mundo callaba con respecto a la locura del anciano, un tabú doloroso. Quizá por eso, Morella convierte su relato en una obra colectiva,: intentará averiguar la verdad sobre su abuelo con los testimonios de su madre y de sus tíos, como ocurre cuando su tío revive la historia de cómo llevó a Nicomedes a un hospital psiquiátrico y de la culpa posterior que sintió porque no estaba seguro de hacer lo más correcto, y se convirtió en el dolor de una familia que pasado el tiempo logró desenterrar una historia que se convirtió al mismo tiempo una auténtica liberación colectiva. 

Lo mejor de West End es que nos habla del control físico y psíquico que se ejerce sobre las personas. Pero, de alguna manera, una vez constatada esta certeza supone una liberación que, en la novela, queda condicionada en esa voluntad de huir de la miseria y del silencio obligatorio que nos cuesta a veces la vida entera, aunque también trae consigo una alegría inmensa, la preciosa experiencia de alcanzar un espacio para el concepto humano genuino, para la verdadera cercanía con los demás. Con este relato, el autor constata cómo el poder político, durante el franquismo, se apropió de la psiquiatría, resulta más que evidente en el repetido nombre de Vallejo Nájera, conocido como el Mengele español, pero lo que no es tan evidente es lo que pasa en la actualidad, puesto que parece que se siguen apropiando de ella, y en términos muy parecidos. El tema de la psiquiatría es uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad, todos lo callan como si fuese una vergüenza, y esos brotes psicóticos de los enfermos son asumidos por las familias. La demanda de Morella en West End es esa necesidad de escuchar a los enfermos mentales, porque esta ficción, en resumen, es un grito contra la discriminación que sufren esas personas, no solo en la historia reciente, sino también en la actualidad. 

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Pedro M. Domene es escritor.

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