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Los diablos azules

Un libro para el confinamiento

  • Si en estos momentos ustedes ponen en el espejo las tres o cuatro páginas de Casa tomada, verán como les sale exactamente lo que nos está pasando 
  • Recluidos en la casa, nos sentimos los reyes del mambo. La casa es nuestra caja fuerte. Sólo nosotros tenemos la llave. Sólo nosotros conocemos sus estancias

Publicada el 03/04/2020 a las 06:00
El escritor Julio Cortázar en la calle San Martín, en Buenos Aires, en diciembre de 1983.

El escritor Julio Cortázar en la calle San Martín, en Buenos Aires, en diciembre de 1983.

Dani Yako

Tercer viernes de confinamiento por la crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Para que no flaqueen las fuerzas, los colaboradores de Los diablos azules vuelven a proponer lecturas que sirvan de compañía durante la cuarentena. Aquí puedes leer todas las recomendaciones de este número y aquí, los contenidos de números anteriores.
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El amor en los tiempos del cólera. La literatura en los tiempos del confinamiento. Lo que llena el tiempo cuando algo perturba profundamente lo que nos pasa, el sitio que habitamos, las relaciones que mantenemos con ese sitio y con la gente que lo habita con nosotros.

Qué pasa cuando la seguridad que suponía ese sitio para sus habitantes se convierte en una amenaza. Qué pasa con la tranquilidad, con las certezas, con los hábitos que nos convertían en imbatibles en medio de la confusión exterior. Todo el peligro para los otros. La coraza que nos aísla del mundo exterior, para nosotros.

Recluidos en la casa, nos sentimos los reyes del mambo. La casa es nuestra caja fuerte. Sólo nosotros tenemos la llave de esa casa. Sólo nosotros conocemos sus estancias, la distribución de esas estancias, los mejores caminos para no extraviarse por sus inextricables laberintos. La presencia del minotauro no nos quita el sueño porque es el monstruo uno de los nuestros, encerrado en nuestra conciencia, sometido a nuestra costumbre cotidiana: el horror ha sido asimilado, sometido a nuestra voluntad de supervivientes felices.

Un hombre y una mujer viven en esa casa grande, casi más grande que el mundo de afuera. El afuera no existe para los habitantes de la casa. Sólo de vez en cuando, el hombre sale a buscar libros de literatura francesa: extranjera, por lo tanto, si se piensa que el espacio del relato es la ciudad de Buenos Aires, o Argentina, al menos. Sólo sale para eso, y regresa a la casa. Imaginamos que sin hablar con nadie, si acaso con la gente de la librería: o a lo mejor ni eso. Regresa a casa rápido, no vaya a ensuciarse en alguna pared, o en la barra del bus urbano, o en la rozadura con algún otro usuario de la calle.

De pronto, la casa empieza a cambiar, unos ruidos extraños se escuchan en alguna de las estancias. El hombre cierra la puerta de bronce, la más decisiva de la casa. La que aísla. La que comunica. La que lo es todo para afinar la seguridad. La casa está tomada, dice a su compañera: hermana, esposa, amante, a saber qué son la mujer y el hombre protagonistas del relato.

Poco a poco lo "intruso" va tomando todo, cerca sin tregua la casa entera, expulsa a sus habitantes al exterior, los deja al solo amparo de la intemperie de pronto convertida en otra seguridad, en una manera distinta de estar en el mundo.

Quienes ganaron la casa se sentirán a gusto en su nuevo orden conquistado, en el poder que les confiera la conquista. Y los expulsados cerrarán la puerta y echarán la llave para que el paraíso sea ahora una nueva manera de encarar el futuro. ¿Salvados o condenados de por vida en ese exterior que nunca consideraron cosa suya, de su clase social, de esa relación que los mantenía a resguardo de otras relaciones seguramente turbadoras?: como si la suya no lo fuera, al menos para quien lee este fantástico relato. Fantástico en los dos sentidos: en el de magistral y en el que una vez más —Casa tomada fue de los primeros— asienta lo imaginado en esa portentosa obra maestra —toda ella, incluidas aquellas que no llegan a cubrir las expectativas más exigentes— que es la de Julio Cortázar.

Las interpretaciones de este relato dan para un millón de tesis. Yo no entro ahí, en esa marabunta de análisis que ocupan las reflexiones sobre ese cuento de enormes dimensiones literarias. Sólo lo he recuperado porque —junto a Sola y su alma— representa uno de los ejemplos más claros para meternos en vena una explicación sencilla de lo que puede ser el confinamiento que vivimos ahora mismo. Y de cómo la realidad y la ficción no están tan alejadas como a veces pensamos.

Si no han leído Sola y su alma, pueden hacerlo ahora. Es un relato de apenas cinco o seis líneas: o no tanto, a lo mejor. Está en la antología de literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Y también en internet es facilísimo de encontrar.

En todo caso, y como conclusión: si en estos momentos ustedes ponen en el espejo las tres o cuatro páginas de Casa tomada, verán como les sale exactamente —bueno, más o menos— lo que nos está pasando ahora mismo. El mundo al revés, como en un espejo. O sea, el mismo.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es Claudio, mira (Piel de Zapa, 2020).

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