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Descenso a los infiernos

  • Nuria Barrios cuenta los esfuerzos de un joven para encontrar a su hermana, enganchada al crack y la heroína, en un poblado chabolista de Madrid
  • La historia se desarrolla entre el atardecer y el amanecer: Lolo se adentra en la miseria convencido de que podrá salvar a Lena de su oscuro futuro

Publicada el 17/04/2020 a las 06:00

Todo arde
Nuria Barrios
Alfaguara
Madrid
2020
Año

La nueva novela de Nuria Barrios (Madrid, 1962) cuenta, en esencia, la búsqueda de una hermana, enganchada al crack y la heroína, que un joven realiza en un poblado chabolista cercano a Madrid, y es así como Todo arde se convierte en un estremecedor descenso a los infiernos cuya trama nos recuerda a un Orfeo en su viaje al inframundo en busca de Eurídice. Los protagonistas de esta historia, son Lolo, un adolescente de 16 años, y su hermana mayor, Lena, que, como sabremos a lo largo del relato, ha vivido los duros momentos de la crisis, ha rechazado varias terapias y, tiempo atrás, ha dejado el domicilio familiar. Durante el día merodea por el aeropuerto de Barajas, donde lleva a cabo pequeños robos para costearse sus dosis; por la noche, se instala en el poblado chabolista. Hasta allí la acompaña Lolo tras dar con ella e intentar que vuelva con él a casa, y allí permanece a lo largo de toda una noche, sacudido entre su empeño por salvar a Lena y los sucesos que van sobreviniendo, algunos derivados de la simplicidad de la vida cotidiana y anodina que transcurre en el poblado, otros que se parecen a una intriga con un evidente final trágico pero cuyos resortes ninguno de los dos protagonistas ha desencadenado.

La historia, narrada en tercera persona, se desarrolla entre el atardecer y el amanecer, porque Lolo ha entrado en el poblado de chozas grises y de miseria convencido de que podrá salvar a su hermana Lena del oscuro futuro que tiene ante sus ojos, cuando esta le promete que volverá con él y dejará su adicción. Entre los encuentros que va experimentando en su camino, uno de los agradables será con Fuga, una cachorra de pitbull que se encariña con él y lo sigue, pero lo esencial es que durante esa noche Lolo descubrirá las razones por las que su hermana necesita de ese lugar, de esa gente, y llegará a comprender los retorcidos hilos que sostienen a tantos enganchados que se atrincheran en un inexplicable vacío con la vista puesta en un presente de desenlace confuso. Durante toda la noche, Lolo intenta recuperar a su hermana para reconstruir una idea de casa y de familia, lejos de las mentiras, olvidándose de ese continuado silencio de los padres, de la oscuridad de una infancia dolorida, del miedo a pronunciar las palabras adecuadas, como queda plasmado a través de su tartamudez. Lolo quiere vislumbrar esa luz esperanzadora a toda costa, y cree que es posible un futuro para su hermana y para él, quiere pensar que la vida no puede terminarse en ese infierno. Pero a medida que se adentra en las fauces de aquel lugar entiende finalmente a su hermana: allí no importan esas costras que causa la droga, porque todos las tienen, allí nadie es raro porque el resto también lo es. Sin embargo, los argumentos y explicaciones de su hermana no le llevan a darse por vencido, y, perdido, deambula hasta volver a encontrarla.

Nuria Barrios ha sido capaz de mantener el pulso narrativo equilibrando esa alternancia entre el atractivo relato épico en su sentido más humano y la representación veraz del inquietante mundo del poblado, a través de pequeños episodios o cuadros protagonizados por un curioso y variado número de personajes que se reparten entre todas las edades y condiciones: Moja y Mikis, la gran Esma, los Culata y los Tiznaos, Noe y el Piojo, Popeye y el Tino, toda una galería de normalidad ante el desastre. La imagen que proyectan las hogueras en la oscuridad hace que esas tinieblas que envuelven al poblado se conviertan en un elemento destructor que conlleva cierta catarsis, porque uno y otro elemento van de la mano y brillan aún más en la oscuridad del relato. Las peripecias de los personajes se cuentan con moldes narrativos que por lo general se ajustan a la naturaleza de un mundo turbio y espeso, onírico e irreal que refleja, deformándola, la vida diurna y para ellos normal y, de manera especial, los lazos, las emociones, los sentimientos y los intereses que sostienen las relaciones humanas y familiares: desde el desprecio, el amor o la compasión hasta la tiranía o el abuso del poder hacia los más débiles.

La descripción del espacio y el ambiente es impecable, y seguir a Lolo resulta extenuante por momentos en esa evidente muestra de sordidez y de mezquindad de la atmósfera ambiental. La variedad de tipos, a quienes vamos conociendo a través de los sucesivos momentos de una curiosa intriga, impulsa y acelera la acción, y no menos asombroso y apreciable es el adecuado léxico que los define y caracteriza por la condición social y el perfil psicológico que les ha adjudicado la narradora. La autora dosifica la información, transmitiéndola a su debido momento, por lo que, aunque la obra tenga un ritmo pausado y los capítulos sean largos, el lector nunca deja de perder el interés en ninguno de ellos. Es destacable cómo la intriga se eleva desde el prosaísmo inicial hasta el presunto trágico desenlace, que resulta un acierto, porque se preserva la sugerencia del relato.

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Pedro M. Domene es escritor.

 

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