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Los libros

De los ritos antiguos a la vida nueva

  • Vicente Valero se ocupa de los enfermos antiguos, aquellos pacientes de otro tiempo, de las visitas que se les hacían, como una de las obras de misericordia
  • Diría que se trata de un libro de recuerdos, que posee más el aire de unas memorias fragmentarias, sin que por ello falte la fabulación propia del género

Publicada el 24/04/2020 a las 06:00

Enfermos antiguos
Vicente Valero
Periférica
Cáceres
2020
 

Con este libro en apariencia sencillo, en el que Vicente Valero cuenta episodios de su juventud como si se tratara de fragmentos de una fábula mayor, compone un peculiar relato de formación. Diría que se trata de un libro de recuerdos, que posee más el aire de unas memorias fragmentarias, sin que por ello falte la fabulación propia del género, que las hechuras habituales de la novela; no en vano, en un momento dado el narrador reconoce su "efervescente imaginación". El título me parece que remeda el concepto alemán de alte Meister, maestros antiguos, que a veces se ha calcado en castellano para referirse a los grandes pintores del mundo clásico. Y a este respecto, no olvidemos que Thomas Bernhard publicó una novela con el título de Maestros antiguos (1985) que ha sido llevada al teatro.

En nuestra narración no parece haber distinción alguna entre el autor y el narrador, pues aquel le cede a este sus vivencias para que las relate y fabule siempre que lo considere necesario para proporcionarle consistencia y matices a la narración. Vicente Valero se ocupa de los enfermos antiguos, aquellos pacientes de otro tiempo, de las visitas que se les hacían, como una de las obras de misericordia, y del alivio que solían traer consigo los médicos de cabecera, que cuando había niños en la familia y las atenciones resultaban frecuentes, en cierta forma se los consideraba como uno más de la familia. Se trata de visitas que el mismo autor debió de realizar en su infancia, acompañando a su madre, y que quizá lo llevaron a pensar en ser médico. En fin, todos los que tenemos ya una edad hemos cultivado ese rito en otros lugares de España, aunque haya sido como meros acompañantes de las personas mayores, visitas que tenían también algo de tertulia privada, como aquí se pone de manifiesto. Además, estrechamente ligada a la enfermedad aparece la convalecencia, que tantas vocaciones literarias ha generado entre nosotros a lo largo de los dos últimos siglos.

Pero no solo enfermaban entonces las gentes, sino también las casas y los libros, tal y como recuerda Vicente Valero. Así, enfermó Franco y el papa, entonces Pablo VI; enferma su amigo Guillaume, e incluso el mismo narrador padece asma, por lo que las metáforas de la enfermedad resultan ser muchas y variadas, afectando a casi todos los ámbitos y estamentos de la existencia. A la visita a los enfermos, se suma en esta narración el peso de la herencia familiar, por lo que se refiere al carácter de los progenitores; la vida en la isla de Ibiza en los primeros años setenta, y las transformaciones que sufrió con el paso del tiempo, la llegada del turismo, la instalación definitiva de extranjeros, o del regreso de los exiliados republicanos, al empezar a imponerse otras maneras de vivir y de entender el mundo. Y ello por no recordar el tralado de los jóvenes a Barcelona o Madrid, de donde regresarían, tras acabar los estudios, siendo otros. Ese contraste entre la tradición y la novedad, entre un mundo clausurado y una vida nueva y quizá más libre, está en la sustancia del relato. Se trata, en suma, de un capítulo más que debe añadirse a lo que ya nos había contado en algunos de sus libros anteriores, como Los extraños (2014) o Las transiciones (2016), para mostrarnos cómo fue gestándose su carácter, sus gustos, llevándolo a ser quién es.

Este mundo de la Ibiza de los últimos años de la dictadura, no se entendería sin la aparición de toda una serie de personajes que, en un momento dado, ocuparon un lugar significativo en la vida del autor/narrador. Así ocurre con la familia de exiliados en Toulouse, quienes completan un viaje de ida y vuelta, pero que le proporciona al narrador su primer amigo extranjero, Guillaume/Guillermo, que como él cuenta 10 años, además de la visión de Jeaninne, su madre, desnuda, "una mujer muy guapa y joven", todo un rito de paso. Con Daniel Rubinfeld, el profesor de alemán, casado con Elsa Weiner que curaba mediante la imposición de manos. Ambos habían huido de Alemania en 1933. El caso es que cuando él muere, su esposa le regala al narrador, como un testimonio de amistad, una novela de Hermann Hesse, Peter Camenzind, la primera novela de su autor, publicada en 1904. Y con el doctor Gámez, su médico de cabecera favorito, bromista y fanfarrón. Pero también conserva recuerdos de la centenaria doña Jacinta, cuya enfermedad solo era la vejez, y de una de sus descendientes, la muy purilinda Paula (en el castellano de Tucumán, donde había vivido la señora), de la que el narrador quedó prendado; de don Sebastián, que había sido marino mercante, y cuya biografía merecería un cuento independiente; o de la farmaceútica Adelina “que siempre decía lo que pensaba“, por lo que apostilla el narrador, con leve pero efectiva sorna que campa por todo el libro: "ya se ha dicho que no era de la isla".

De cada uno de estos episodios podría haberse hecho un relato, sobre todo del que se ocupa de aquel maestro sustituto, llamado Fermín Valbuena, o mejor: don Deneb, un hippie de familia noble que presumía de estar en conexión con las estrellas, quien los incitó a subirse a los árboles –como en la novela de Calvino y en la película de Fellini— para ver el mundo desde arriba, en un episodio sobresaliente. Pero Vicente Valero, quería decir, ha optado por otro procedimiento, por un tipo de estructura diferente, tratando los sucesivos episodios como fragmentos de la memoria, y así, como tales, funcionan a la perfección.

El libro se cierra –aun tratándose de una estructura abierta en la que podrían caber más historias— con una curiosa clasificación de los enfermos, que valdría casi lo mismo para aquellos que gozan de salud: los quejosos, los enfermos gustosos, los traviesos, los tristes y callados, siempre encogidos en su butaca, y los sabelotodo. Pero bien está que la historia concluya con la visión del joven que habiendo abandonado la casa familiar, cuando regresa para visitar a sus padres se muestra algo altanero, como si ya estuviera por encima de aquel pequeño mundo que había abandonado. Así, el libro se cierra como empezó, con los enfermos y las visitas, aunque éstas sean de otro jaez, y al fin y a la postre todo se centre en la singular condición del isleño.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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