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Inestable sentir

  • Cuando se recorre la travesía de Trinidad Gan llama la atención la fidelidad de la escritora a un reducto de núcleos temáticos que, una y otra vez, acude con fuerza a los poemas
  • La nave roja culmina y cierra su trilogía dedicada al amor y concede a la continuidad de casi dos décadas de quehacer poético un sentido inmediato y profundo

Publicada el 22/05/2020 a las 06:00 Actualizada el 22/05/2020 a las 11:19

La nave roja
Trinidad Gan
Juancaballos de Poesía
Úbeda
2020

Cuando se recorre la travesía de Trinidad Gan (Granada, 1960) llama la atención la fidelidad de la escritora a un reducto de núcleos temáticos que, una y otra vez, acude con fuerza a los poemas. Y acaso el ámbito más vehemente en la razón poética de Trinidad Gan, por la magnitud, de su inventario temático, sea el amor, ese inestable sentir que nunca supera su tantear aleatorio. El amor se visualiza en una amplia pradera de matices, desde la plenitud y el deseo auroral hasta las grietas del desamparo, que constatan la distancia ilusoria que separan los sentimientos de la realidad contingente.

Estas fases del recorrido amoroso han generado las entregas Caja de fotos (2008), Fin de fuga (2009) y la colección de poemas que ahora nos convoca, La nave roja. El trabajo culmina y cierra la trilogía y concede a la continuidad de casi dos décadas de quehacer poético un sentido inmediato y profundo.

La mirada de Emily Dickinson sirve de pórtico al preámbulo lírico "Fragmento de naufragio". La elocuencia de la expresión no ofrece dudas sobre el punto de vista del acercamiento. Quien enuncia es consciente del áspero silencio del fracaso. No hubo puerto y la singladura existencial se convirtió en una incontenible dispersión de ilusiones. El mapa del pasado modifica la percepción habitable del presente y el sentido de la realidad descubierta; queda en las manos una suma de recuerdos sobre la que sobrevuela, aún firme, el empeño de seguir; el avance entre la alternancia de claros y sombras.

Poliédrico y moldeable, el amor colecciona destellos. Conecta sensaciones con la incertidumbre. Extravía afectos y hace de la reflexión una continua herramienta de aprendizaje para la inevitable soledad. Desde el apartado inicial "Del amor, del deseo (mosaico)" comienza el deambular de las relaciones que arroja luz sobre la identidad del otro. El discurrir acumula la intensa lumbre de la pasión. Es oleaje que convulsiona, y en su discurrir cumple un trayecto que detiene el paso frente a un horizonte de ceniza. Se hace protagonista de un patrimonio inestable que fragmenta la calma y hace añicos la luminosa esperanza inicial. Casi sin advertirlo, quien ama encalla en la melancolía y busca en la evocación el mínimo rescate de los cuerpos, esa cartografía de la piel que guarda la memoria y da voz a las palabras.

El imaginario de lo perdido es la tenaz materia prima de la escritura onírica. En las composiciones de "Los sueños de la ahogada" crece con terquedad el desamparo. La ausencia golpea la memoria, dejando la necesidad de la rememoración en permanente vigilia; la angustia sobrevuela la percepción del entorno y compone cuadros sentimentales en los que se asimila la identidad del amor como una nave roja y lejana que emprende su viaje a la deriva. Desde esa metáfora crecen los versos de poemas centrales como "Sabías que la vida era juego". Aquellos primeros instantes de la felicidad dejan un retrato cálido del otro, todavía sin máscaras, como si el trayecto común solo propiciara emociones diáfanas. Pero el tiempo conspira para expulsar del paraíso y llena de grietas aquella estación dichosa. La plenitud perdida solo admite ahora esa metáfora de ser un terco cangilón de noria que busca agua y transparencia, que trasvasa al otro el mismo deseo y la sed que no se apaga, que se vierte desde la misma herida.

Solo un poema configura el apartado final, "Relojes rotos", que recurre a una cita de Javier Egea: "Qué luz extraña, dime, / hay en la soledad y en la memoria". Llega el alba y camina silencioso hasta el ocaso, haciendo de su recorrido un hemisferio de nostalgia en el que vibran tercos los recuerdos. Lo vivido parece un lejano espejismo, agua fría y liviana que no apacigua la aspereza del labio.

La nave roja habla con voz crepuscular de la consumación amorosa. Se acerca con tristeza a los avatares de un legado que acentúa la conciencia de la pérdida y que expande, comprensivo, los escenarios de la memoria con excelentes poemas evocativos. Nace así un discurrir poético reflexivo, de cuidadas imágenes, en las que se propaga la fragilidad de los sentimientos. Quien se mira en el espejo del poema sabe que nunca pierde su condición de náufrago. Pero mantiene, con sostenida entereza, la estela intacta de la travesía.

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José Luis Morante es poeta. Su último libro es Ahora que es tarde (La Garúa, 2020). 

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