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Los diablos azules

Eduardo Mendicutti: "La memoria, como el humor, es un instrumento para la resistencia"

  • La última novela del escritor está protagonizada por Isabel, un personaje basado en la prostituta con la que se encontró Marcos Ana tras salir de la cárcel, su primer amor
  • Mendicutti conversa con Almudena Grandes sobre Para que vuelvas hoy, un libro que se quedó confinado en las librerías con el estado de alarma

Almudena Grandes
Publicada el 19/06/2020 a las 06:00
El escritor gaditano, Eduardo Mendicutti.

El escritor Eduardo Mendicutti.

EP

Eduardo Mendicutti iba a presentar a la prensa su última novela, Para que vuelvas hoy (Tusquets), el 19 de marzo. Ya sabemos que no pudo ser. Como tantos otros, este libro se quedó encerrado en las librerías mientras los lectores se quedaban encerrados en sus casas. Y era, precisamente, la historia de una liberación: la de Fernando, que después de más de veinte años encarcelado por la dictadura se decide a pasar la noche con Isabel, una prostituta que será también su primer amor. A quien le suene, le suena con razón: está basada en lo que narraba en su autobiografía Marcos Ana, militante antifranquista, de su primera relación con una mujer. Pero esta vez es ella quien cuenta la historia. Para rescatar aquella noche, la memoria común que reside en ella, y también la novela que la pone en pie, Mendicutti conversa con la escritora Almudena Grandes.

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Almudena Grandes. Tu última novela, Para que vuelvas hoy, podría parecer a simple vista una propuesta innovadora en una obra narrativa que se caracteriza por su cohesión y su coherencia. A mí no me lo parece. Creo que Isabel Peñalber es un personaje cien por cien Mendicutti, con la frágil fortaleza, la ternura callada y la concentrada intensidad que caracterizan a tus protagonistas masculinos. Pero como he tenido que responder muchas veces a la pregunta inversa, te preguntaré, aun sabiendo de antemano la respuesta… ¿Cómo te has sentido al encarnarte en la piel y la voz de una mujer?

Eduardo Mendicutti. Ha sido una experiencia narrativa muy cómoda, muy natural, nada forzada. Una vez que decido contar una historia desde la voz en primera persona de un personaje determinado, hombre o mujer, lo primero que hago es construirle, a grandes rasgos, una biografía, y eso incluye naturalmente decidir la edad desde la que habla, y asumir su clase social, su infancia y su entorno familiar, su cultura, su sexualidad, su temperamento vital y, por descontado, sus recursos verbales, una manera de hablar coherente con todo eso. Creo que ahí, en la manera de hablar del personaje, está la clave de todo. Y eso sirve lo mismo para los diálogos convencionales con la participación de hombre y mujeres, de niños y adultos, de homosexuales y heterosexuales. Así que su voz, su lenguaje, me fueron llevando a la memoria, al corazón, a la piel de Isabel Peñalber. Y así ocurre siempre. Si en ese proceso de la escritura algo me chirría entre la manera de expresarse y lo que cuenta un personaje es que en algo importante me he equivocado. Tendré que revisar lo escrito y corregir o, lo que es peor, suprimir cosas que incluso podían resultarme brillantes, pero inadecuadas. Yo no llegué a ser Isabel hasta que estuve seguro de haber conseguido la armonía entre todos los elementos narrativos y expresivos en juego. Y a partir de ahí ya empiezan a funcionar las artimañas de la memoria y sus emociones, que ya son, por supuesto y en todo momento, la memoria y las emociones de Isabel.

Por lo demás, creo que tienes toda la razón: Para que vuelvas hoy es una novela muy mía. Isabel Peñalber tiene todas las características de casi todos los personajes principales que llevan la narración en mis novelas anteriores: esa mezcla de fuerza y fragilidad, de humor y dolor, de memoria herida y celebración de los recuerdos felices, de ganas de vivir y el empeño en sobrevivir. Y no importa que sean hombres homosexuales o, en este caso, una mujer heterosexual. No creo que ningún lector se sienta desconcertado o frustrado por la novedad o la diferencia.

A.G. Para que vuelvas hoy es una novela de ficción inspirada en un hecho real o, más exactamente, una ficción completa elaborada alrededor de una sugerencia de la realidad. Para tus lectores, que sabemos cómo has sido capaz de inventarte de cabo a rabo tu propio pueblo, el coto de Doñana y hasta el mismísimo Guadalquivir, esto no es nada nuevo. Sin embargo, el Fernando que amó y fue amado por Isabel —sin que ninguno de los dos fueran reyes, ni mucho menos católicos— fue, además de una persona, todo un personaje público, un símbolo de la lucha antifranquista, un poeta prestigioso, un icono de la izquierda española. La experiencia de crear de nuevo a Marcos Ana, un Marcos juvenil, inseguro, tan distinto del que conocimos, ¿en qué se ha parecido y en qué se ha distinguido de la creación de otros personajes de ficción inspirados en tu propia biografía o en la de personas anónimas?

E.M. Ese Marcos Ana, ese Fernando, en realidad, no lo creo yo, lo crea Isabel Peñalber. Es el Fernando con el que ella estuvo aquella noche, el que ella recuerda, cuya vida anterior ella imagina o él le cuenta en apenas unas horas, el que una huella tan honda le dejó en el corazón a Isabel, ese Fernando que ella conoció y en el que creyó, sin adherencias externas, sin influencia de la devoción política y el afecto que despertaba en otros que sabíamos quién era, quién había sido Marcos Ana, el seudónimo literario de Fernando Macarro. A Marcos Ana yo, al menos, lo conocí ya muy mayor. Un hombre encantador y admirable. Cuanto tuve el impulso irresistible de contar de nuevo la historia del amor de aquella noche entre ambos, de la primera experiencia sexual de aquel hombre de 42 años con una muchacha que ejercía la prostitución, pero desde el punto de vista de la mujer de la que yo no sabía absolutamente nada, salvo el nombre, y lo que Marcos Ana había contado en apenas una página de sus memorias, comprendí que a aquella historia tan emocionante le faltaba el punto de vista de la muchacha, así que me la inventé a ella, me inventé su vida y su memoria, su amor invencible y también su resentimiento, su humor y su dolor, y me tuve que inventar al Fernando que ella conoció y, sobre todo, al que ella recordó, enamorada, toda su vida.

Ese tipo de personajes, con un pie en la realidad y otro en la ficción, han sido siempre mis favoritos. Esa mezcla provoca equívocos notables en algunos lectores que conocen mi vida o a los personajes que aparecen en mis libros. Pero ese terreno resbaladizo entre realidad y ficción es el que yo necesito casi siempre para contar una historia. Es tierra movediza, pero a mí me da seguridad y me estimula.

A. G. La memoria es uno de los pilares de tu literatura. Las agridulces evocaciones infantiles, los imprecisos enamoramientos adolescentes, el descubrimiento del cuerpo propio y de los cuerpos de los otros, la conciencia de la homosexualidad como una fuente de gozo primero, una trinchera de combate después, marcan todos tus libros con una impronta de autenticidad testimonial que se convierte en una virtud literaria, pero también moral. Aquello a lo que nos referimos como memoria histórica no ha estado nunca ausente de tu obra, pero en esta novela adquiere una importancia capital. ¿Por qué?

E. M. La memoria es otra manera de inventar, pero la memoria, como el humor, es también un instrumento para la resistencia. Y siempre prefiero, para mi vida y para mis personajes, celebrar lo vivido, aunque sean experiencias tristes y dolorosas, que lamentar lo perdido. La que vamos llamando memoria histórica está compuesta tanto por recuerdos colectivos como por recuerdos individuales. Es un compromiso moral defender la memoria histórica colectiva, y es un compromiso emocional recuperar la memoria de los individuos integrada en cada momento histórico. Sobre todo, la memoria de los más desamparados, de los más marginados, de los más perseguidos, de los más olvidados. La memoria histórica es solidaria o no es. Para eso es imprescindible también la Literatura. Porque la Historia la escriben siempre los vencedores y los poderosos. Los escritores y las escritoras tenemos en nuestras manos, desde el testimonio o desde la ficción, completar la narración oficial de la Historia con las vidas y las experiencias de hombres y mujeres que no contaron nunca con el apoyo y el altavoz del poder.

Personalmente, no hago más que reclamar, en algunas intervenciones públicas y, desde luego, en mis libros, que quienes pertenecemos al colectivo LGTB no olvidemos nunca de dónde venimos, cuál ha sido nuestra lucha y la lucha de quienes nos precedieron, el dolor y el coraje de tantos hombres, mujeres, niños, adolescentes, ancianos y ancianas. Por mucho que ahora estemos instalados en la dichosa aceptación, no hay que tratar de sepultar tiempos peores ni pensar que todo está conseguido, a nuestro alrededor y en todas partes.

Isabel Peñalber, la narradora de mi novela, fue una prostituta. Una mujer pobre en tiempos difíciles. Sobrevivió como pudo. Y ahora tiene memoria, tiene a veces mal genio cuando recuerda y sentido del humor, y tiene derecho a utilizar su memoria a su favor. En ese sentido, su memoria, como la de todos, es compasiva.

Indagando sobre Isabel, me di cuenta de que el propio Marcos Ana daba, en su libro o en entrevistas periodísticas, detalles diferentes sobre aquella noche y sobre aquella muchacha y sobre cómo se desarrollaron los hechos. A partir de esa comprobación, me sentí totalmente legitimado para que Isabel lo recordara todo a su manera. Y el resto de su propia vida. La memoria tiene esa extraordinaria virtud, se adapta siempre a quienes recuerdan incluso los mismos acontecimientos.

A.G. Para que vuelvas hoy sucede en la España de ahora mismísimo. Su protagonista es una anciana que vive en su casa, una mujer que depende de una cuidadora, Sandi, y recibe a diario a una voluntaria, Marta, que le hace compañía y le da conversación. Marta es, de hecho, la destinataria aparente de los recuerdos de Isabel, la custodia de su esplendoroso recuerdo de una sola noche de amor. Durante el confinamiento de todos los españoles, que arrancó casi al mismo tiempo que la forzosamente frustrada promoción de tu novela, me he acordado mucho de la vida confinada de Isabel Peñalber. Creo que la desgarrada vitalidad de esta anciana, que adora a un nieto que la visita mucho menos de lo que le gustaría y rellena su soledad con palabras, es uno de los grandes aciertos del libro.

E.M. Su nieto es, por fin, un firme anclaje emocional en su vida, aparte del recuerdo de Fernando. Por eso protesta si él alguna semana no va a verla, siempre por motivos más que justificados. Pero ella quiere acaparar lo más posible ese cariño. Isabel quizás no lo parezca, pero es emocionalmente muy frágil.

Por otra parte, cuando empezó el confinamiento la novela estaba recién distribuida. Y así se quedó, confinada, encerrada. Sin promoción apenas. Todo hubo que cancelarlo. Como he dicho, la memoria puede ser un instrumento de resistencia. Pero, a diferencia de Isabel, la novela no ha tenido apenas quien la escuchase. Algunos lectores la compraron por internet. Lo que tú calificas como uno de los grandes aciertos del libro ha estado prácticamente desactivado durante todo este tiempo. La vitalidad desgarrada de Isabel no ha decaído durante todas estas semanas, claro, pero las palabras con las que debía llegar a los lectores esa vitalidad tan especial casi no han encontrado destinatarios. Ojalá esa memoria enamorada de Isabel, esas palabras que abarrotan de recuerdos felices, de momentos desdichados de una vida los sucesivos soliloquios de Isabel, sus charlas con Marta, tengan ahora, cuando todo se normalice más o menos, ojos lectores para compartirlos.

A.G. Has escrito, sin duda, lo que se entiende como una novela de amor. No es la primera, pero a diferencia de otras, como por ejemplo Otra vida para vivirla contigo, Para que vuelvas hoy es casi un bolero, una exaltación radical del amor romántico. Una sola noche de amor, tan pura y verdadera que no puede pagarse con dinero, basta para darle sentido a una vida entera. La mujer que afirma esto una y otra vez es al mismo tiempo una puta feliz, que eligió dedicarse a la prostitución por su propia voluntad y la ha ejercido alegremente durante muchos años, sin sentirse humillada, explotada o despreciada. ¿Crees que esta combinación explosiva es posible en el mundo real?

E.M. Siempre he creído y confiado en los amores breves, incluso fugaces. Con esto no quiero decir que me parezcan mejores que los amores largos y estables, pero tampoco peores. Hace poco, alguien me preguntó cuál de mis amores me habría gustado prolongar, si las condiciones hubieran sido más favorables, y dije que el primero: aquel amor quinceañero entre dos colegiales guapos, listos, peleones. Sé que con el tiempo habría sido un desastre, pero creo que un primer amor siempre lo idealizas. El último amor que tienes la oportunidad de vivir lo proteges todo lo que puedes. Por lo que cuenta Marcos Ana en sus memorias respecto a su extraordinaria noche de amor con Isabel, aquel fue, sin duda, un primer amor, pero también fue el primer y más importante amor para ella. ¿Tuvo algo que ver con eso el que ella fuera prostituta? Ella cuenta en la novela que intentó otros amores, incluso que disfrutó a partir de cierto momento de su vida de una relación apacible y protectora. Pero nada que ver con el recuerdo tenaz del primero. Creo que en eso Isabel no es diferente a nadie que se haya enamorado alguna vez.

Alguien me ha preguntado también qué hago yo contando la vida de una prostituta. Creo que en realidad quería preguntarme cuántas prostitutas he conocido en mi vida, La respuesta es: suficientes. Nada más llegar a Madrid, recalé en un hostal cercano a la calle Ballesta. Allí había bastantes prostitutas que trabajaban en bares de alterne de la zona. Entre ellas, una muchacha muy joven, preciosa, de Málaga. Creo que es la chica con la que más me he reído en mi vida. Siempre procuraba coincidir con ella a la hora de la comida, y los domingos ella libraba y nos íbamos juntos a la piscina El Lago, la de la avenida de Valladolid. Esa chica era un festival constante y me ha servido de modelo para Isabel. Después, he conocido y tratado a otras. Algunas parecían más contentas o más tristes, más parlanchinas o más taciturnas, más o menos defensoras y orgullosas de su oficio, más o menos reivindicativas. Y he conocido a las prostitutas del colectivo Hetaira, con las que he colaborado algunas veces, y que luchan por el reconocimiento de sus derechos laborales, incluido el derecho a ejercer su oficio con seguridad y dignidad. Por supuesto, nunca se me pasó por la cabeza echarle a ninguna un discurso redentorista: sus cuerpos eran suyos, y su decisión, y su dignidad. Sólo hay que ayudarlas sin pedirles a cambio que ejerzan oficios también miserables, y peor pagados.

Por supuesto, también ellas tienen derecho a dulcificar sus recuerdos para sobrevivir. Isabel Peñalver, en un momento de la novela, reconoce que lo hace. No todos los hombres con los que tuvo que ocuparse fueron ejemplares masculinos fantásticos. Y el dolor y las carencias –el hijo que la repudia por ser puta, la misma imposibilidad de enamorarse de nadie que no fuera Fernando– están ahí, no lo olvida. Yo soy gay y nunca he consentido que nadie me señale cómo debo comportarme con mi cuerpo. El mundo real es explosivo por naturaleza. Hay que protegerse contra él lo mejor que cada cual sepa.

Desde luego, no estoy hablando del tráfico organizado de mujeres para dedicarlas a la prostitución. Contra eso es contra lo que hay que luchar. Y no parece fácil. Como casi siempre, es más sencillo pelear contra el sector más débil y más desorganizado de la prostitución y contra sus clientes menos poderosos.

A.G. Esta novela es demasiado buena como para merecer que le haya caído encima una pandemia. No voy a preguntarte por la angustia que habrás sentido al comprobar que el confinamiento la condenaba a la clandestinidad, porque imagino a la perfección cómo te habrás sentido. Pero, ahora que han vuelto a abrir las librerías… ¿Cómo es tu relación con ella?

E.M. Ahora va mejorando adecuadamente. Durante el confinamiento la relación era rara. Sentía que le estaba fallando. Con otras novelas anteriores he hecho todo lo que me han pedido para promocionarla, y los resultados de la promoción habrán sido mejores o peores. Ahora no podían pedirme casi nada. Otros autores en las mismas circunstancias se las han apañado para promocionar sus obras en las redes sociales. Yo no tengo Twitter ni Instagram ni Facebook. Hay amigos que han intentado ayudarme, han intentado ayudar a la novela, lo estáis intentando, y bien que lo agradezco. También desde la editorial. Pero yo tengo la sensación muy incómoda de no haber sabido hacer nada por Para que vuelvas hoy. Ojalá sepa ayudarle a partir de ahora todo lo que pueda.

A fin de cuentas, la novela está ahí, en las librerías ya abiertas. La novela está viva, intacta, la pandemia no la ha estropeado. No voy a ser modesto, porque sería otra manera de perjudicarla. Sé que tiene virtudes para atrapar a buenos lectores desde que la hojeen en una librería. La novela no se limita a contar, desde la memoria de una mujer singular, la "esplendorosa noche de amor" con un hombre singular. La huella de esplendor de aquella noche permanece, contra viento y marea, en la memoria y el corazón de Isabel, a lo largo de los años.Pero la novela se esponja, recorre toda la vida de Isabel Peñalber al hilo de la España de su tiempo, al hilo de la España que tanto ha cambiado. Las librerías abiertas le darán muchas oportunidades. Las librerías deberían ser intocables.

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Almudena Grandes es escritora. Su último libro es La madre de Frankenstein (Tusquets, 2020). 

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2 Comentarios
  • Auri1947 Auri1947 19/06/20 11:48

    Yo la lei según salió, a principios del confinamiwnto. Me pareció estupenda, llena de sensibilidad, humor que no ocultan lo descarnado de la vida de esta mujer.

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  • grammaticuslatinus grammaticuslatinus 18/06/20 23:02

    He tenido la fortuna de leer hace unos días esta novela plena de sensibilidad, sutilidad y trágicamente descarnada como corresponde a todos los protagonistas: los que están presentes en el desarrollo físico de la novela y el gran ausente, que sólo se aparece al principio y al final. Creo que es una obra imprescindible y es lógico que alguien también excepcional como Almudena Grandes se haya dado cuenta

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