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La punzada de la infancia

  • Temporada de avispas, de Elisa Ferrer, arranca cuando la protagonista recibe una llamada: su verdadero padre, del que perdió el rastro, está en la UCI 
  • El recuerdo de la niñez convive con el de una adolescencia difícil y un desafortunado presente, como consecuencia de una vida de zozobras

Publicada el 26/06/2020 a las 06:00

Temporada de avispas
Elisa Ferrer
Premios Tusquets
Tusquets
Barcelona
2019

Las manías: esas costumbres y conductas que se repiten a menudo a lo largo de la infancia, y ayudan al niño a controlar algunos acontecimientos y sucesos externos, aunque a medida que este va creciendo estas rutinas suelen mantenerse y se refuerzan. Otras desaparecen, ya que las manías que duran demasiado tiempo, o las que se intensifican, pueden empezar a interferir en su vida diaria normal, convertirse en obsesiones que se traducen en pensamientos repetitivos, inquietantes, desagradables, nunca deseados. Surgen reiteradamente, de forma incontrolable en su mente, causándole un temor persistente y, por añadidura, un alto grado de ansiedad. Las conductas obsesivo-compulsivas pueden manifestarse en cualquier edad, y se prolongan incluso en la época adulta.

El argumento de Temporada de avispas (2019), de Elisa Ferrer (L'Alcudia de Crespins, Valencia, 1983), comienza cuando la protagonista, Nuria, que trabaja de dibujante en una revista satírica, se queda sin empleo a causa de los recortes de la empresa. Casi al mismo tiempo, una llamada telefónica le comunica que su verdadero padre, del que ella y su hermano Raúl perdieron el rastro hace años, está muy enfermo e ingresado en la UCI. Vuelve entonces a la memoria de la joven una infancia luminosa con él, los encontronazos con su madre, y sobre todo, su miedo a las avispas, un terror que Nuria conjura dibujándolas obsesivamente. Las vivencias emergen con fuerza, y surge el contraste con su vida presente, insegura y precaria, al tiempo que la protagonista irá descubriendo por fin la historia oculta de su progenitor, los motivos por los que este abandonó a la familia, y a lo largo del relato aún intentará darse una segunda oportunidad cuando plante cara a los últimos avisperos del jardín.

Nuria revisa su vida desde la niñez, que convive con el complejo recuerdo de una adolescencia difícil y un desafortunado presente como consecuencia de una vida de zozobras personales y profesionales. Solo una circunstancia funciona como ese eficaz elemento de intriga hasta el final de la historia y estimulará el recuerdo de los más diversos episodios de su vida, una inesperada noticia, un desconcertante aviso que enlazará dos aspectos que relacionan la vida de la joven, su infancia y su extraño concepto de familia. Este y no otro será el motivo para que Elisa Ferrer explore ese territorio de la experiencia infantil, una etapa vital delicada; la narradora valenciana utilizará toda una conjunción de anécdotas concretas vividas que condicionarán su futuro como persona adulta, no siempre con los resultados esperados. Enriquece su relato con muchos momentos de especial relevancia: los escasos recuerdos felices con el padre; los continuos enfrentamientos con la madre, su relación fallida con Juan; frecuentes desencuentros, pese a estar muy unidos, con el hermano; la aparición en la familia de Javier, "un señor", sustituto del padre; y ese no menos curioso encuentro con Laura, todo un auténtico entramado narrativo que sostiene la historia que nos pretende contar la autora. Sobresale el ensimismamiento de una niña cavilosa que, en su soledad, se aficiona a la lectura y al dibujo, y vuelca su arte dejando por todos lados diminutas avispas en las más disparatadas situaciones. Ese vacío infantil lo compensará viviendo un mundo paralelo en los cómics, sobre todo en el héroe de Batman, figura redentora que le lleva a inventarse su propia superheroína. Las oscuras asechanzas virtuales de la vida tienen correspondencia en el mundo real con su exagerado miedo a las avispas, que, iremos descubriendo, exorciza dibujándolas de mil formas.

Nuria ha convivido a lo largo de su vida con cierta inestabilidad emocional, sustentada con toda una suerte de mentiras, porque conoceremos los engaños del padre, incluso de la madre que, en cierto modo, traumatizarán a sus dos hijos, y tanta profusión de lío familiar con una hermana ignorada, una pareja del padre desconocida, un progenitor embustero con una larga lista de amantes y vida paralela. Todo esto supondrá un duro aprendizaje de la incómoda vida, que provoca el dolor y el desequilibrio mental en la joven, y que, por supuesto, genera esa rabia en el personaje que el lector percibirá a lo largo de las páginas de esta novela.

La narradora Ferrer complementa en Temporada de avispas una suerte de intimismo medido con toda una sucesiva batería de aspectos humanos tan curiosos como anecdóticos, las polémicas con el hermano, los tensos encuentros con la recién conocida hermanastra y las relajantes o tormentosas relaciones con los amigos y compañeros de la revista, cuando se van de copas. Esto añade una sólida base argumental a un relato que, desde el punto de vista psicológico, resulta lo suficientemente animado como para invitarnos a ir pasando sus páginas y terminar el libro.

Elisa Ferrer, tremendamente cautelosa, plantea una estructura narrativa que no ofrece complicaciones técnicas, porque el relato se desarrolla de una forma lineal, aunque, eso sí, vuelve una y otra vez al pasado con la misma sensación de naturalidad. La prosa, tan precisa como concreta, favorece la veracidad de una escritora que calcula sus posibilidades con el lenguaje, sobre todo porque la suya es una primera y acertada incursión en el género novela, aunque sus intenciones vayan mucho más allá. La historia quedará redonda con el añadido de un curioso simbolismo, las avispas, insecto himenóptero que suma algo de misterio, o quizá una dimensión trascendente, a lo que pudiera parecernos la estampa de una atormentada infancia, y una no menos insegura primera madurez.

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Pedro M. Domene es escritor.
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