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Los auténticos

  • En Los últimos románticos, Txani Rodríguez se fija en el espíritu de esas personas que defienden lo que merece la pena, las cosas por las que hay que luchar
  • La novela carece de excesos narrativos, no se pierde en palabros ni en frases magníficas. La autora utiliza la sencillez como recurso y el resultado es bueno

Begoña Curiel (El libro durmiente)
Publicada el 17/07/2020 a las 06:00

Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a contacta@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.
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El libro durmiente comenzó su andadura como club de lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura ha dado lugar a la creación de un foro literario donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.

Los últimos románticos
Txani Rodríguez
Seix Barral
Barcelona
2020

Veo más lo auténtico que lo romántico, como señala el título. La novela cuenta de alguna forma el espíritu de esas personas que defienden lo que merece la pena, las cosas por las que hay que luchar. Valores sencillos y sin embargo fundamentales que Txani Rodríguez transmite a través de Irune para que no caigan en el olvido. Es una mujer anodina y solitaria que parece vagar más que vivir, pero a la que veremos crecer por la suma de determinadas circunstancias. A la par que la protagonista, la novela va cogiendo poco a poco fuerza e intensidad. Escribir sencillo pero con enjundia es una tarea realmente difícil y este es el mayor mérito de Los últimos románticos.

La primera impresión sobre Irune deja mucho que desear: es sosa, insegura, sin lazos familiares o de amistad que den vidilla a sus días. Estos son tan repetitivos como su agenda: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Se gana la vida en una fábrica de papel en un pueblo industrial cercano a Bilbao. Un problema de salud inesperado hace saltar las alarmas de su rutina, alterada también por un conflicto laboral y los problemas de una vecina.

Irune es ese tipo de personas que pasan desapercibidas en su entorno. No porque no tenga opiniones propias o intención de actuar. De hecho, a veces tiene salidas que chocan, pero precisamente por ese carácter suyo tan apático. Menos mal que ese vegetar que parece dominar su existencia se va difuminando y comienza a mostrar a la Irune que estaba callada. Y sinceramente, qué ganas tenía... En la lectura de forma inconsciente me hartaba y le decía: "vamos hija, Irune; adelante; eso es; no pares".

Aquí no existe el vértigo ni nada que se le parezca. No hay aspavientos ni giros narrativos de ningún tipo, pero la nueva vereda que transita Irune parece caminar hacia lo que llamaría la Luz que hasta entonces dormitaba en su interior. Descubrimos quién es la protagonista en realidad:

— Una mujer comprometida, que –aunque no sepa cómo– se mete a protestona en el trabajo cuando ya no parece llevarse lo de gritar por causas justas en la calle (obviemos el momento actual con la pandemia; la inacción en el terreno de la lucha obrera se ha instalado de forma lamentable).

— Una vecina que dice basta enfrentándose al silencio cómplice, tantas veces culpable indirecto de tragedias que se ocultan tras las paredes.

Y, por supuesto, cómo olvidar esa historia que al principio me pareció deprimente porque simboliza la soledad de la insulsa Irune: llama habitualmente a Renfe preguntando por billetes de tren que nunca cogerá. Siempre busca al mismo interlocutor concreto que al otro lado del hilo telefónico parece aliviar a la protagonista. Me pareció tan triste, tan desolador... Y sin embargo esta pequeña subtrama me ha ido enamorando.

¿Servirán todos estos ingredientes para cambiar a Irune, y cómo? Tendrán que leer Los últimos románticos, una novela que carece de excesos narrativos, sin adornos lingüísticos, que no se pierde en palabros ni en frases magníficas. Txani Rodríguez utiliza la sencillez como recurso y el resultado es bueno. Los últimos románticos es un guiso lento donde se escucha y se siente el chup-chup de la narración. Tanto es así que el reposo, como ocurre en la cocina, ha mejorado mi percepción inicial de la novela.

Pese a hablar tanto de lentitud, reposo, apatía, no crean, la novela además de ser breve se lee muy, muy rápido. Con sus capítulos cortos que ayudan a la fluidez, se me fue en dos tardes mal contadas.

Por cierto, me encantan las dedicatorias del libro. Especialmente la que dice así: "Y a todas las personas que fueron amables alguna vez conmigo". Precioso. Una bella apología del agradecimiento y la amabilidad. De nuevo... algo sencillo. Y sin embargo, potente.

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