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Los libros

Ser escritora, ser independiente

  • En La insumisa, Cristina Peri Rossi habla de la niña precoz que fue, redicha, curiosa, y nada complaciente, y de una infancia poco convencional
  • Dado el interés y la calidad literaria de esta primera entrega, ojalá tenga fuerzas para seguir contando el transcurrir de su existencia

Publicada el 18/09/2020 a las 06:00

La insumisa
Cristina Peri Rossi
Menoscuarto
Palencia
2020

Lo primero que me he preguntado al acabar de leer este libro es por qué se titula La insumisa y no, por ejemplo, La rebelde. La autora ha confesado en diversas ocasiones la gran importancia que le concede a los títulos. Según el DRAE, insumisa es la rebelde, la poco obediente; mientras que rebelde define a quien se subleva o rebela. No parece haber grandes diferencias entre uno y otro concepto si nos atenemos al diccionario. Pero en España, hace un par de décadas, se llamaba insumisos a quienes se negaron a hacer el servicio militar, siendo perseguidos por la ley. La rebeldía presenta diversos grados, algunos conllevan escasas repercusiones personales o sociales. Creo, por tanto, que la autora ha elegido bien el título, que además es hoy una palabra menos trillada, con más carga ideológica.

Quizá la siguiente pregunta que se hagan algunos lectores sea sobre el género del libro. La mayoría de los escritores suele repetir hoy que no cree en los géneros, acaso porque aquellos que son narrativos casi siempre les parezcan novelas. Pero quizá podríamos hilar un poco más fino y distinguir entre diversas modalidades, pues creo que ni todas las formas narrativas son iguales, ni pertenecen a la misma tradición. En nuestro caso se dice en la contracubierta que se trata de una novela autobiográfica, aunque a mi entender tenga mucho más de autobiografía que de novela. A Cristina Peri Rossi no le gusta establecer una división clara entre los géneros (para ella, microrrelato y cuento, por ejemplo, son lo mismo), si bien los lectores solemos decantarnos por una categoría u otra, al considerar que los textos se entienden mejor insertados en una historia, en una tradición genérica. No cabe duda de que, a este respecto, podrían aducirse excepciones, entre otras, las de aquellos textos narrativos de difícil adscripción, o que podrían insertarse en varias tradiciones diferentes. Pero no es el caso de este libro.

El volumen se compone de 18 capítulos, cuyos títulos —en cierta forma— sintetizan el contenido: en el primero y el octavo se ocupa del "Primer amor", su madre, y del "Segundo amor", llamada Mabel, mientras que el capítulo titulado "Las anormales", más enigmático, podría haber llevado el título de "Tercer amor", el que comparte con Elsa, aunque el procedimiento hubiera pecado entonces de mecánico. Por su parte, en el tercer capítulo se ocupa de "Mi padre" y en el duodécimo de "Mi tío", el familiarmente conocido como tío Tito, llamado Carlos Romeo Rossi, gran lector y aficionado al juego. Además, los dos capítulos con los que cierra el libro resultan especialmente significativos y se titulan "El besos" y "Nena querida". Este último remite al cuento que le proporciona título a un libro de William Saroyan, muy apreciado por la autora. En él comenta la dedicatoria que Saroyan le puso al libro, destinada a Carol, su mujer, para que esta supiera quién había sido antes de conocerse, y el papel que ese cuento ha tenido en algunas de las historias amorosas de la autora.

Respecto a la estructura, a la que siempre le ha prestado especial atención, si bien no suele trabajar con un plan previo, pues no quiere saber dónde va a desembocar su historia, se compone de capítulos con un cierto grado de independencia que van armándose conforme avanza el relato, en los que los comienzos y finales, también los del conjunto del libro, suelen ser significativos. Los dos últimos forman, de hecho, un díptico con una cierta unidad.

El libro trata de la niña precoz que fue, redicha, curiosa y nada complaciente, y de una infancia poco convencional; de las relaciones familiares, con sus padres, sobre todo, así como con el resto de la familia, en especial con su tío Tito, quien tenía una nutrida biblioteca tanto de libros clásicos como contemporáneos (p. 178), además de buenos discos con los que se formó el gusto musical de la joven Cristina, sobre todo en el terreno de la música clásica, la ópera y el jazz (p. 173). Pero también de los orígenes italianos, genoveses, de su familia; de la sintonía con el entorno (el barrio de El Reducto, en Montevideo, en donde vivió, y las estancias en el campo), con el paisaje y los animales, y de su empeño por entender las palabras, los conceptos que los adultos manejaban, pero que ella entonces no entendía, junto con el descubrimiento de las convenciones y normas, y la lucha por superarlas. Y, claro, del deseo, el amor y el descubrimiento del cuerpo, del lesbianismo. Y, en general, de la fascinación por los libros y por la música, aunque todavía no por la pintura, a pesar de que comente de manera crítica un célebre cuadro de Manet, Desayuno en la hierba, donde —por cierto— aparece una segunda mujer al fondo, a la que no se refiere, y la temprana vocación como escritora (p. 201).

Pero la esencia de esta vida contada quizás esté en que la niña que fue Cristina, digamos que entre los 5 y los 14 años, quería casarse con su madre, quien a su vez tendría que haberse casado con su propio hermano, el tío Tito, y que este hubiera sido el padre de la chica; y ser adoptada por sus tíos de Casupá, con los que vivió un tiempo en el interior del país, en la estación de tren que dirigía su tío. Luego, sus relaciones amorosas tempranas la convierten en una criatura "torturada, infeliz a la vez que soñadora, imaginativa y desdichada", y muy preguntona, como le reprocha su madre.

El libro puede leerse como el autorretrato de la niña, la joven que fue, algunos de cuyos rasgos ha cultivado a lo largo de toda su vida. Y, en suma, como el deseo temprano de ser independiente, cuestionando con sus preguntas el prototipo de mujer sumisa, socialmente aceptado. Junto con el de mostrar unas emociones poco comunes para que puedan entenderse mejor. Los personajes principales no son positivos en distinto grado, ni sus padres (presenta al padre como agresivo y alcohólico y a la madre, como demasiado complaciente con las convenciones sociales) ni su tío Tito. La parte más grata es la del tiempo que vive en Casupá, un pequeño pueblo ganadero, destacando aquí la figura del peón Santa Rosa que se encarga de cuidarla, o en la casona de la abuela.

Volvamos a una de las dudas del principio. En el caso de La insumisa, mi impresión como lector es que se trata de una autobiografía de infancia y primera juventud, aun cuando algunos de los episodios estén ficcionalizados, como el viaje que emprendieron sus bisabuelos maternos de Génova a Montevideo, pues disponía de unos pocos datos, y que compara con el suyo de 1972, hasta llegar a Barcelona, siendo algo habitual o no atípico del todo en el género. La identificación de la autora con la potente voz que narra, imponiéndose sobre todas las demás posibles, es absoluta. Aunque a veces, dicha voz aparezca resaltada por la cursiva, en esencia no aprecio una diferencia significativa entre ambas, o se dirija directamente al padre, para increparlo, en el capítulo "Alerta". En suma, el que algunos episodios estén ficcionalizados no considero que convierta el libro en novela, ni siquiera en novela autobiográfica, puesto que podría decirse que —en alguna medida— todas lo son.

Me sobran los desdoblamientos (pp. 34, 36, 60, 61, 63 y 219) que unas veces se activan y otras —por fortuna— no, y en las próximas ediciones, que las habrá, deberían evitarse algunos errores: el presidente de la Generalitat de Cataluña que traicionó a la República española se llamaba Lluís Companys, no Josep (p. 91); el primer traductor de Freud al castellano fue Luis López-Ballesteros (tradujo gran parte de los 17 volúmenes de la Obras completas, entre 1922 y 1934, para Revista de Occidente), quien murió en Madrid en 1938, sin exiliarse (p. 157); el autor de las bachianas es Heitor Villa-Lobos, no Héctor Villalobos (p. 173); el director de orquesta Otto Kemper, creo que debe ser Kemplerer (p. 175); y el título de Lorca es Poeta en Nueva York, sin el artículo al inicio (p. 232).

Libro atípico en el conjunto de los suyos, pues no se sustenta en la imaginación, sino en la realidad pasada por el cedazo de la memoria, por muy traicionera que esta pueda llegar a ser, se trata de un relato de sus primeros años conscientes y de las primeras batallas para conseguir una habitación propia y poder gozar del cuerpo, tal y como ella deseaba, que no era la imperante, ni la socialmente aceptada. Cabe considerarlo, pues, como un relato que me parece verdadero, sin que falten episodios violentos (como la violación del enfermero), ni tampoco ribetes líricos, tal y como suele ser la vida. En caso de que Cristina Peri Rossi haya querido contarnos cómo llegó a ser quién es, al menos en sus primeros trazos, lo ha conseguido. Dado el interés y la calidad literaria de esta primera entrega, ojalá tenga fuerzas para seguir contando el transcurrir de su existencia, los años universitarios en Montevideo, la publicación de sus primeros libros, el exilio en Barcelona, su consolidación como escritora.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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