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El rincón de los lectores

La historia se escribe con 'p' minúscula

  • En El peón, Paco Cerdà hace un repaso a esos peones que desde la parte más recóndita de sus propias biografías han ayudado a construir a lo grande la historia
  • Cuando la dictadura franquista había amortizado la influencia del campeón español de ajedrez Arturo Pomar, se lo quitó de encima en un plisplás

Publicada el 09/10/2020 a las 06:00 Actualizada el 22/10/2020 a las 14:01

El ajedrez es para mí como un jeroglífico chino. O como los que aparecen en las tumbas faraónicas del Valle de los Reyes. Nunca fui capaz de indagar en sus movimientos y aún menos de hacerme con un plano eficaz para dominar sus estrategias. Rien de rien. Admiro a quienes se sientan delante de un tablero blanco y negro y ven cómo transcurre el tiempo a paso de tortuga, sin que se les note en las cejas el más mínimo rastro de alegría o de desvalimiento. Me los veo, desde esa admiración llena de envidia, como a Buster Keaton poniendo cara de que no pasa nada, aunque esté cayendo la de dios es cristo en medio de su impasible cocorota.

Cuando leo o veo en algún sitio que uno de los dos contendientes dice jaque mate es como si fueran a sacar las navajas para acuchillar no sólo al enemigo sino también a quienes simplemente pasaban por allí: la violencia que acaba con la impasibilidad del juego, el acabose cuando la paz, cumplida en la parsimonia inquietante del reloj en un lado de la mesa, se convierte en un auténtico y nada metafórico campo de batalla. Jaque mate, se dice, y sin embargo no pasa nada. Quién gana al final. No lo sé. A veces alguien dice tablas. Y sigue sin pasar nada. La contención emocional ha conseguido que la sangre no llegue al río. El cerebro de quienes se enfrentan en pos de la victoria burbujea como el elixir que bulle en los alambiques del doctor Jekyll y el señor Hyde. Fin de la contienda. Habrá ganado alguien, aunque la cosa acabe en empate técnico. Digo yo.

No sé si al final, como en las películas o en la vida (tantas veces una misma cosa), habrá habido una distribución de los papeles protagonistas: el bueno y el malo. Lo digo porque no sé si en la partida que jugaron en Estocolmo el campeón español Arturo Pomar y el estadounidense Bobby Fischer hubo ese reparto de perfiles. También lo digo porque esa partida es el centro total de un libro excelente: El peón (editorial Pepitas de calabaza). Lo ha escrito Paco Cerdà (Genovés, Valencia, 1985), un periodista valenciano que había publicado, hace unos años, otro texto de campeonato: Los últimos. Voces de la Laponia española, una estupenda crónica de la despoblación muy alejada de la fanfarria de otros parecidos, impunemente aupados por el mercado y los amantes de la escritura pálida. En su último libro hace un repaso a esos peones que desde la parte más recóndita de sus propias biografías han ayudado a construir a lo grande la historia. La gloria se la llevan los jefes. Las hostias —que casi siempre las hay— se las llevan los peones. Algunas veces esos peones disfrutaron de su tiempo glorioso. Y acabaron apartados en el desván donde van a parar los trastos inservibles. El niño Arturito Pomar fue un prodigio del ajedrez cuando el franquismo necesitaba héroes populares que no necesitaran vestir el uniforme fascista para llegar a la gente. Cuando creció y fue perdiendo fuelle, ese mismo franquismo lo dejó tirado sin contemplaciones. El viaje a Estocolmo y la estancia para jugar el Torneo Interzonal de Ajedrez se los pagó de su bolsillo. Y hubo de pedir un permiso sin sueldo en Correos —donde era funcionario— para poder hacer ese viaje. Cuando la dictadura había amortizado su influencia, se lo quitó de encima en un plisplás. Más o menos, también eso hicieron en EEUU con el máximo campeón Bobby Fischer. Lo usaron cuando la Guerra Gría y después comida para buitres. En aquella partida, Pomar tenía poco más de treinta años y el americano apenas había llegado a los dieciocho. Al final, hubo empate. Tablas. Un triunfo para el español si tenemos en cuenta a quién se enfrentaba. Después, la cuesta abajo, como en el tango de Gardel y Alfredo Le Pera. El olvido de los nadie. ¿Sabe usted con quién está hablando? Sí, con un peón. O sea…

En sus momentos de esplendor, las fotos del niño Arturito Pomar con Franco llenaban las revistas y el NO-DO. Era la imagen amable de la dictadura, una dictadura que detenía ese mismo año de 1962 a Julián Grimau y al año siguiente lo asesinaba. Cuando en ese mismo año se convertía Marcos Ana en el preso más longevo de esa dictadura. Cuando la minería asturiana se levantaba en huelga y la escritora Dolores Medio y otras mujeres daban la cara en favor de esa lucha. Cuando Joselito, Marisol y Pablito Calvo eran usados por el régimen con una desfachatez que retrata a la perfección hasta dónde llegan las crueldades del fascismo. Más o menos lo mismo pasaba en el extranjero. Los peones han existido en todas partes. El patetismo de Marilyn Monroe cuando le canta a Kennedy que sea feliz mientras ella está a punto de tragarse una farmacia de somníferos: “El juguete de Hollywood, icono de un sistema, ha ejecutado su último y más recordado número en el Madison Square Garden, el teatro de los sueños, escenario de hazañas, mitos y leyendas. Ha durado un minuto y medio. Faltan menos de tres meses para que el juguete aparezca roto, sin colorín ni destellos, en la más extraña soledad. Era la dama de un nimio peón”.

El tablero en blanco y negro que nos presenta Paco Cerdà es el tablero en blanco y negro de la vida. De cómo sean jugadas las piezas en ese tablero dependerá que esa vida sea una cosa o su contraria. Cómo está escrito un libro —en tiempos de literatura acomodada— es la única defensa que quien lo escribe tiene para que nadie lo avergüence en su lectura. El rigor —histórico y literario— con que El peón está construido habla a las claras de cómo se plantea su autor un oficio que tantas veces es como un desfile de famoseo por las pasarelas de la fanfarria literaria. Siempre es un gozo grande encontrarte con libros como este. Seguro que ustedes tienen en la memoria sus peones preferidos: al fin y al cabo, a ellos les debemos casi siempre y principalmente lo que somos en la vida. Si leen este libro, podrán añadir unos cuantos peones más a su lista particular. Y, sobre todo: podrán disfrutar un buen rato de una literatura que, como dije antes, no avergüenza a quien la escribe, ni a quien la lee. Palabra de lector, que es, en medio del riesgo que eso supone, la única firma que me avala ante ustedes. Suerte en la lectura. Que disfruten.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es Claudio, mira (Piel de Zapa).

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2 Comentarios
  • Coronel Dax Coronel Dax 11/10/20 11:01

    El ajedrez es, sin duda, el juego más fascinante creado por el ser humano. Hubo un tiempo, ya lejano en el que lo practiqué, durante mi juventud, a partir de que alguien me regaló un libro de aprendizaje al que le tuve mucho cariño. El maestro Alekhine era el más citado y admirado en ese libro, donde se describían sus partidas más memorables.

    Arturito Pomar labró su fama cuando, con solo doce años consiguió hacer tablas con Alekhine. Como bien nos cuenta Alfons, fue utilizado por el régimen de Franco mientras le fue útil, valga la redundancia.

    Si me permiten una pequeña anécdota, que no habla bien precisamente de mi familia, y delata los siglos de intolerancia que ha padecido España, de pequeño me contaban que Arturo Pomar y su familia eran muy conocidos de mi familia paterna, la cual procede de Mallorca. Pero esa relación no podía ser sino superficial: La razón estriba en que los Pomar eran una familia “xueta” (judía). No convenía mezclarse con ellos.

    https://ca.wikipedia.org/wiki/Xuetes

    Un saludo.

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  • Concha Monserrat Concha Monserrat 09/10/20 11:18

    Un libro magnífico, lo he leído con reposo y avidez. Historias sabidas por por una generación, revisitadas con otra mirada. Yo diría que imprescindible.

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