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Los libros

El libro perdido de Marsé

  • Viaje al sur tendría que haber aparecido en 1964, fecha en que el régimen celebraba los XXV años de paz, pero nunca vio la luz
  • El viaje por Sevilla, Cádiz y Málaga se realizó a lo largo de un mes, entre septiembre y octubre de 1962, acompañado del fotógrafo Ripoll Guspi

Publicada el 06/11/2020 a las 06:00

Viaje al sur
Juan Marsé
Lumen
Barcelona
2020

Teníamos noticia de la existencia de este libro (en el prólogo a mi edición de Ronda del Guinardó, 2005, en la editorial Crítica, doy los datos básicos), que fue un encargo que Ruedo Ibérico le hizo a Marsé en 1962, pero lo dábamos por perdido porque así lo consideraba su autor, a quien le habíamos preguntado en diversas ocasiones. El caso es que este Viaje al sur en el que iba a colaborar también Antonio Pérez, quien acabó abandonando el proyecto, tendría que haber aparecido en 1964, fecha en que el régimen celebraba los XXV años de paz, pero nunca vio la luz. Marsé parecía haberse olvidado de él al no lograr publicarlo en su momento, cuando su lectura hubiera tenido pleno sentido.

Ahora, por el empeño de Andreu Jaume, podemos por fin leerlo tal y como lo concibió, aunque si queremos entenderlo y calibrar su valor debemos relacionarlo con una tradición de libros de viajes por España, sobre todo de aquellos relatos que optaron por la estética del realismo social, predominante en los cincuenta y sesenta del pasado siglo, una de cuyas características principales fue el testimonio crítico, su valor documental, pues texto y fotos se complementaban. El género tuvo un par de notables antecedentes: Viaje en autobús (1942), de Josep Pla, escrito en castellano, y el más influyente, pues acabó convirtiéndose en referencia ineludible para todos los libros de viajes posteriores, Viaje a la Alcarria (1948), de Camilo José Cela.

Además, entre 1953 y 1962, Ignacio Aldecoa publicó varios relatos de viajes por Álava, Almería, las islas Canarias y el País Vasco. A estas narraciones habría que sumar el Nuevo viaje de España (1955), de Víctor de la Serna, y el Viaje a las Castillas (1957), de Gaspar Gómez de la Serna. Aunque más en sintonía con lo escrito por Marsé se encontraban Caminando por las Hurdes (1960), de Armando López Salinas y Antonio Ferres, autor también, este último, de Tierra de olivos (1964), basado en un viaje por Córdoba y Jaén; Campos de Níjar (1960) y La Chanca (1962), de Juan Goytisolo; e incluso otro de los que me parecen mejores: Donde las Hurdes se llaman Cabrera (1965), de Ramón Carnicer. Marsé se aleja de estos lugares (Las Hurdes, Córdoba, Jaén y Almería) y se decanta por un recorrido por otras provincias andaluzas, como Sevilla, Cádiz y Málaga. Pero por lo que comenta en la correspondencia con la gente de Ruedo Ibérico, nos da la impresión de no estar muy al tanto de las aportaciones al género (p. 328).

Deberíamos considerar que nos encontramos en la prehistoria de Marsé como escritor. Tenía 29 años cuando contaba ya con un par de cuentos publicados en Ínsula, el Premio Sésamo y con una primera novela, Encerrados con un solo juguete (1960); por entonces, había gozado, además, de una pequeña beca en París, donde se marchó en junio de 1961, al que seguiría un nuevo viaje a París, tras entregar a Seix Barral su segunda novela, Esta cara de la luna (1962), que nunca quiso reeditar. En la capital francesa, Marsé se relaciona con los exiliados antifranquistas, con Jorge Semprún, a cuyas clases privadas asiste, afiliándose al PC, y con las gentes de Ruedo Ibérico, sobre todo con su fundador José Martínez y con Antonio Pérez, colaborador de la casa, quien le sugirió el nombre de su personaje más famoso: Pijoaparte. Allí trabajó en el Instituto Pasteur y le dio clases de español a Thérèse, la hija del pianista Robert Casadesús, que le servirá de inspiración (junto a Helena Valentí y Rosa Regás, entre otras jóvenes atractivas de entonces, según confesión del propio autor) para su personaje de Teresa Serrat. A comienzos de los sesenta Marsé dejó su trabajo en la joyería, confesando que pasaba apuros económicos y que necesitaba ganarse la vida con la escritura.

El libro se compone de tres partes claramente diferenciadas: la Introducción esclarecedora y las útiles notas de Andreu Jaume, el cuerpo del texto y el Apéndice, compuesto por la correspondencia que generó el libro, con José Martínez, Elena Romo y un desconocido Á. González, que no parece que fuera el célebre poeta, aunque estuviera vinculado entonces a Ruedo Ibérico; no en vano, obtuvo el premio de poesía que concedía la editorial. Sea quien fuere, a comienzos de enero de 1965 le pide a Marsé que colabore en un volumen de cuentos de escritores españoles que preparaba la editorial, si bien tampoco llegó a publicarse. A todo ello debe añadirse los titulares de prensa que Marsé volvería a utilizar en los volúmenes que una década después compuso para Difusora Internacional (dirigida, en distintos niveles, por Carlos Barral y Antonio Rabinad), y las excelentes fotos intercaladas.

El viaje se realizó a lo largo de un mes, entre septiembre y octubre de 1962, acompañándolo el fotógrafo Ripoll Guspi y el citado Antonio Pérez. El escritor Alfonso Grosso, quien también estaba iniciándose como narrador, los esperó en Sevilla y debió acompañarlos en alguna etapa del viaje porque creo que es quien aparece en una foto tomada en El Zapal (barrio de chabolas de Barbate, en la provincia de Cádiz, semejante a La Chanca almeriense), rodeado de niños (p. 210). Estaba previsto que Grosso colaborara en el libro, pero la idea tampoco cuajó (p. 331).

En el prólogo de 1963, Marsé anuncia que va a centrarse en dos aspectos: los socioeconómicos y los tipos humanos y el paisaje. Sin embargo, el primero solo tendrá una presencia episódica (las referencias a Luis Bello, a Los latifundios en España, de Pascual Carrión, y a Hugh Thomas), más allá de la repetida convicción de que “los ricos son distintos a nosotros” (pp. 285 y 295), predominando los restantes. Así, destaca la creación de personajes, como Ana María, y el retrato y la conversación de El Niño del Lunar (p. 99), con ecos de Valle-Inclán, de la misma forma que el Chato nos recuerda a algunos de los personajes más jóvenes de los cuentos de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos o Daniel Sueiro.

Confiesa Marsé que los libros se escriben por diversión o por resentimiento, pero que en su caso “lo segundo me ha servido de percutor tanto o más que lo primero” (p. 74). Uno de los pocos elogios que encontramos se lo lleva la plaza de toros de Ronda (p. 262), a la vez que sorprende que nada diga de la estancia de Rilke en la localidad. Se centra el autor en lo que hay de mito, leyenda y realidad, en el subdesarrollo, la miseria y la sordidez de los desfavorecidos, así como en la estulticia y la ignorancia de los privilegiados. Se muestra muy crítico con Marisol y Joselito (pp. 256 y 257), dos fenómenos de la canción infantil alentados por el régimen, y con algunos poetas andaluces: Pemán, Manuel Ríos Ruiz, Manuel Barbadillo (a quien le atribuye un Premio Nadal que nunca obtuvo) y José Luis Tejada. E incluso, como sartreano que debía ser, cuestiona a Albert Camus. No faltan las escenas divertidas, como el diálogo que mantienen con un jesuita en El Puerto de Santa María, quien emite una pintoresca teoría sobre Alberti, aunque tenga uno la impresión de que los viajeros acaban como burladores burlados... (p. 156).

El libro de Marsé, leído hoy, podría decirse que resulta toscamente antifranquista, aunque con el tiempo, sin dejar de ser crítico con el régimen, se mostraría mucho más sutil en Últimas tardes con Teresa (1966), Si te dicen que caí (1973) o Ronda del Guinardó (1984), por solo recordar unos pocos ejemplos notables. Según Marsé, “todo el mundo aquí espera (me refiero a los que están en el ajo literario […]) que este libro sea una especie de innovación en el género” (p. 335). En ese mismo sentido, en una carta de 1962 a Elena Romo le comenta: “lo que intentamos hacer no es un libro de viajes o impresiones al modo que viene haciéndose, anecdótico y con visión muy personal, sino algo con más hondura; en fin, distinto” (p. 328). Pero desde el punto de vista formal, la única novedad consiste en la referencia a los titulares de la prensa (las inundaciones del Vallés, en 1962; la crisis de los misiles en Cuba; el problema de la integración racial en los Estados Unidos; los ataques al régimen en el extranjero, bien de los jóvenes libertarios en Milán, bien en el llamado Contubernio de Múnich; los efectos del Plan de Estabilización; la emigración de trabajadores a Europa, sobre todo a Alemania; y los inicios de la eclosión del turismo, p. 45), pues las fotos ya eran habituales en las cubiertas de Seix Barral, en algunos de los libros de viajes que hemos citado, o en la colección Palabra e imagen de Lumen, que apareció en 1961.

Otra de las virtudes de este relato, llama la atención sobre ello Andreu Jaume, es que algunos lugares, personajes y episodios aparecen desarrollados en Últimas tardes con Teresa, cuya escritura simultaneó con la de este viaje. A ello podría añadirse la comparación con el Somorrostro, de Barcelona (p. 95), o ciertas expresiones convertidas en motivo recurrente en sus narraciones posteriores, como la referencia a “las rodillas sucias de polvo” o simplemente a “las rodillas sucias” (pp. 155 y 256), transformadas luego –en novelas como La oscura historia de la prima Montse (1970), Si te dicen que caí o Ronda del Guinardó— en un detalle en el que se fija el narrador: el “polvo de reclinatorio en las rodillas” de las huérfanas de la Casa de Acogida.

Contaba Marsé con la ventaja de que el libro iba a publicarse en París, firmado con un seudónimo (Manolo Reyes, como el protagonista de su novela de 1966), porque dado el tono crítico en que estaba escrito, la censura no lo hubiera permitido. Véase, por ejemplo, la burla de los falangistas (p. 281) o la opinión sobre “la nulidad cultural y artística y la corrupción, el mal gusto y la más pura memez de la radiodifusión española” (p. 173). A cambio, el libro fue compuesto con total libertad, como si no existiera la censura, aunque luego ello dificultara su circulación en España.

Es probable que al sopesar ventajas e inconvenientes, los responsables de Ruedo Ibérico decidieran no publicarlo, pero tampoco lo hizo Seix Barral, a pesar de que Marsé comenta en una carta que Carlos Barral, su editor, estaba encantado con el resultado (p. 28), quizá por las razones ya aducidas, a no ser que el autor hubiera estado dispuesto a cepillar los pasajes más críticos, que no eran pocos. Sea como fuere, el libro cayó en el olvido y acabó perdiéndose.

El título fue variando hasta llegar al más sobrio y atinado Viaje al sur, tras descartar otros menos afortunados, como Andalucía, mon amour y Andalucía, perdido amor. El texto lo compuso Marsé a partir de los apuntes que tomó durante el viaje y de los recuerdos que le proporcionaban las fotos. Marsé, siempre escéptico, más realista que optimista, a diferencia de la mayoría de los exiliados españoles en París, no creía que fuera a producirse pronto un cambio de régimen. La mirada de Marsé resulta poco piadosa (p. 47), pues se regodea en los aspectos más tremendistas de la realidad, ya que su primer objetivo era la crítica al franquismo. A veces, la actitud de superioridad del narrador resulta irritante.

La edición es modélica, en su concepción y realización, por lo que hay que felicitar a Lumen y a Andreu Jaume y, sin embargo, echo de menos un Índice de nombres y se cuelan algunos errores (“barata de precio”, p. 134) y erratas que podrían haberse evitado (en los titulares de prensa, pp. 283 y 296), además de repeticiones innecesarias (pp. 207 y 274), coloquialismos (“las chicas se dan difíciles”, p. 223) e imprecisiones (“imperalismo [sic] hotelero”, p. 288). Sabedor de ello, en diciembre de 1964 le comenta a Pepe Martínez, el editor, que si finalmente se decide a publicar el libro “me gustaría hacer ciertas reformas de estilo” (p. 352), buena prueba de su temprana exigencia y de la conciencia que tenía de no estar del todo satisfecho con el resultado. El libro, asimismo, concluye de manera abrupta, dándonos la impresión de no estar acabado del todo. Y, sin embargo, parece ser que lo revisó en el tramo final de su vida. Por último, el cuento que Marsé presentó al Gran Premio Triunfo de Narraciones 1962-1962 se titulaba “La mayor parte del día”, y aparece recogido en sus Cuentos completos (2002), en la edición de Enrique Turpin, y no como se dice en la nota 17 de la p. 332.

Este Viaje al sur, leído hoy, poco aporta al género de los libros de viajes, aunque nos aclare aspectos de la posterior obra del escritor, así como de su biografía. No me parece poco, de ahí que los lectores de Marsé no deberían perdérselo.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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