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Una poesía divertida

  • Incorrecta y elocuente, la poesía de José María Álvarez fascina por lo mismo que lo hace lo bello y excesivo a un tiempo, lo atrayente y prohibido
  • En una cosa parecen estar de acuerdo casi todos los críticos que han elogiado su poesía: su capacidad de entusiasmar, que es tanto como crear en sus lectores una gozosa adicción

Publicada el 18/12/2020 a las 06:00

Puertas de oro. Itinerario poético
José María Álvarez
Edición de Alfredo Rodríguez
Ars Poética
Oviedo
2020

En una cosa parecen estar de acuerdo casi todos los críticos que han elogiado la poesía de José María Álvarez (Cartagena, 1942): su capacidad de entusiasmar, que es tanto como crear en sus lectores una gozosa adicción. No parece difícil enumerar los factores que contribuyen a ello. Por ejemplo, el hecho de que la mayor parte de los poemas que forman Museo de cera (1960-2002), el cuerpo central de su obra, y los libros exentos que ha ido publicando desde 2006 hasta hoy, tengan carácter monologal –ya sea bajo la voz poética del autor o en boca de diversos personajes– y suelan presentarse como elocuentes alegatos a favor de una concepción de la vida, del arte e incluso de las relaciones humanas a cuyo evidente encanto el lector desprejuiciado no puede dejar de sucumbir.

Los elementos que integran ese mundo poético están presentes en toda la obra del autor: desde el “dancing canalla” que encontramos casi nada más abrir el libro, a la predilección por los grandes escenarios de cultura (Roma, Venecia, Alejandría, Grecia...), la profusión de citas –y no sólo en los largos títulos y su acompañamiento referencial, sino también en el cuerpo del poema– y el denuesto de la rala modernidad… Se advierte cierta evolución, no obstante, entre el uso que el autor hacía de esos elementos en los poemas más antiguos y el que hace a partir, digamos, de los sucesivos añadidos al primer Museo de cera y los libros posteriores. Si al principio cabía pensar que estábamos simplemente ante una lograda y sugerente puesta en escena, en los poemas de madurez ya no cabe dudar de que esa estética presupone una moral de vida e incluso un código de resistencia, explícito ya, por ejemplo, en el magnífico poema de 1979 que enigmáticamente lleva el título de la novela de Emily Brontë “Wuthering Heights” (Cumbres borrascosas) y que no es sino el monólogo de alguien que opta por encerrarse con sus libros, su música y su perro “mientras populacho y soldadesca / con fin de igual vileza se acuchillan”, dando la espalda a un mundo abocado a la ruina por haber renunciado a la belleza y a la moral aparejada a las altas formas de cultura... En otros poemas Álvarez deja claro que ese denostado mundo es el de la democracia y el igualitarismo modernos; aunque también que su ejercicio de incorrección va más allá de lo político y se extiende, igualmente a contracorriente, a un palpable gusto –acentuado incluso en los poemas más recientes– por las escenas prostibularias, los alardes de voyeurismo y una desenfadada idea del amor venal.

Incorrecta y elocuente, la poesía de Álvarez fascina por lo mismo que lo hace lo bello y excesivo a un tiempo, lo atrayente y prohibido, lo que desmiente el estirado conformismo del intelectual al uso… Quiero decir que esta poesía, espléndidamente representada en esta antología, es básicamente “divertida”, en el sentido que daba a esa palabra otro autor singular, Gabriel Ferrater, y que a muy pocos poetas cabe aplicar.

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José Manuel Benítez Ariza es escritor. Su último libro es Realidad (La Isla de Siltolá, 2020).

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