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Los diablos azules

La luz que necesitas: los cuentos de Javier Morales

  • Sean quienes sean el narrador o la narradora de los cuentos de La moneda de Carver, hay una mirada común en todos ellos, con una parte cervantina y otra melancólica
  • Uno de los protagonistas de Javier Morales siente vergüenza de que sus compañeros de clase sepan que compra la leche a granel en la vaquería del pueblo. Aún no sabe que será escritor

Publicada el 22/01/2021 a las 06:00

La moneda de Carver
Javier Morales
Reino de Cordelia
Madrid
2020

Portada de La moneda de Carver, de Javier Morales.La lectura de La moneda de Carver (Reino de Cordelia, 2020), el estupendo último libro de cuentos de Javier Morales, me ha hecho recordar algunas cosas que escribí para La caja de alegría. Los personajes de algunos de estos cuentos y las familias de caseros de la Huerta de San Vicente comparten un mundo parecido. El padre del protagonista de “El tiempo del tabaco”, el cuento que abre el libro, es mediero, es decir, va a medias con el dueño en la explotación de una finca. Igual que sucedía en los años cincuenta con los guardeses de la que fue casa de verano de Federico García Lorca.

Me contó Francisco Correal historias de aquel mundo rural de la posguerra civil en la vega de Granada. Las dejé fuera del libro, porque se produjeron no en la Huerta de San Vicente, sino en la vecina Huerta del Tamarit, aunque el paisaje y el paisanaje son los mismos. En aquellos años los hijos de los guardeses no podían ir a la escuela, obligados a faenar desde muy pequeños junto con los mayores. Temían especialmente el momento de la plantación del tabaco. Al principio les divertía, pues los surcos se cubrían por completo con el agua que bajaba de las acequias y los niños entraban en ellos con los pies descalzos, como si entrasen en un pequeño río. Pero como no había dinero para comprar estiércol de vaca, los guardeses acudían a vertederos de las afueras de la ciudad para conseguir una especie de materia orgánica barata hecha en parte de mezclas de residuos urbanos, incluidos trozos de cristales. Los niños avanzaban por los surcos uno al lado del otro e iban pintando el tabaco, es decir, el primero dejaba la señal donde plantar las semillas, a la misma distancia una de otra, y el segundo hacía con el almocafre el agujero correspondiente. Jugaban a adivinar el momento de la herida. Era cuestión de tiempo que los pies se pinchasen con los cristales escondidos.

El protagonista del cuento de Javier Morales siente vergüenza de que sus compañeros de clase sepan que compra la leche a granel en la vaquería del pueblo. También siente vergüenza de que no haya balcones en el edificio donde vive. Aún no sabe que será escritor, y aunque a la vez admira y desdeña a su padre —conoce su fibra moral y su vasta sabiduría campesina, pero también su incapacidad para dejar de ser pobre—, aprecia que aprecie tanto el valor de la educación para sus hijos, los estudios, la posibilidad de que los hijos vayan a la universidad.

“El tiempo del tabaco” tiene un temblor emocional que lo hace memorable, que es lo mejor que se puede decir de un cuento. Me seduce su aparente sencillez de factura clásica, la clara manera como se engarzan las dos historias de Piglia (los robos del bocadillo como macguffin mientras por debajo van asomando la relación con el padre y con la vida campesina y con la pobreza que lo avergüenza) y el chejoviano/carveriano final cortado. Me gustan sus gallinas alborotadas, el pan desmigado, la desidia del cigarrillo a punto de caerse en la boca del encargado, las amistades contenidas y los respetos medidos, el corazón acatarrado del tractor, las plantas de tabaco que cuando se cortan caen ligeras como una cabellera, la nostalgia anticipada del narrador, su tristeza preventiva ante la rememoración de un mundo que odia, del que quiere huir y que a la vez está dispuesto a añorar, pues sabe de su inminente desaparición, de la desaparición de los veranos de la adolescencia, como el escritor que ya es.

Solo por “El tiempo del tabaco” vale la pena este libro. Pero hay, claro, mucho más. Imágenes que retiene también la memoria, como esa moneda de Carver que se queda prendida en la mano de la narradora del cuento homónimo, una especie de réplica a las “Tres rosas amarillas” que Carver reimaginó a propósito de los últimos días de Chéjov. O la manera contenida y delicada como se narra la irrupción de la pasión por la literatura en el alma del protagonista de “Cementerio alemán”. O los homenajes a esos otros escritores truncados (Ángel Campos Pámpano, José Antonio Gabriel y Galán) que ha dado la tierra extremeña.

Van sucediéndose los cuentos con una cadencia medida, nunca estridente, y un puñado de temas: el tema del padre a medias rechazado, o su sustituto, el mentor idolatrado, es decir, el adulto de más edad que se te cruza en la vida y hace que te conviertas en quien eres. El gusto por las analogías y las señales. Los círculos que se abren y se cierran. Los objetos como amuletos mágicos, los encuentros decisivos, las encrucijadas que marcan una vida.

Sean quienes sean el narrador o la narradora de los cuentos, hay una mirada común en todos ellos, con una parte cervantina y otra melancólica. Lo cervantino viene de esa genuina compasión por todos los personajes, sin excepción, exenta de sentimentalismo y de saña. Lo melancólico tiene que ver con el aire suavemente elegíaco que impregna el libro. Y, siempre, y por encima de todo, una celebración de la pasión por la literatura. Pasión contagiosa y estimulante, pues La moneda de Carver es un libro que contiene en sí mismo todo un taller de escritura de cuentos: la luz que necesitas para ponerte a escribir.

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Jesús Ortega es escritor. Su último libro es La caja de alegría. Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente (Comares, 2020).

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