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Los libros

'Feria', la memoria fértil

  • La palabra estirpe casi siempre se asocia con la nobleza, pero Ana Iris Simón trasmite orgullo de estirpe que en su caso es también orgullo de clase, de clase trabajadora
  • El saber mirar de la autora viene de atrás,pero es también muy moderno si por moderno entendemos aquello que tiene que ver con nuestro tiempo

Teresa Aranguren
Publicada el 12/03/2021 a las 06:00

Feria es un libro sorprendente, muy divertido y muy bello. Es también difícilmente clasificable porque, aunque está escrito en primera persona, y esa persona con su nombre y apellidos, Ana Iris Simón, es la autora, y todos los personajes que pueblan su historia no son personajes sino personas que existen o han existido o siguen existiendo pese a que hayan muerto, porque su presencia está muy viva en la memoria de la autora y en las páginas de un relato que versa sobre el entorno familiar y las vivencias de quien lo escribe, no es una autobiografía. Diría más bien que es una mirada, la mirada desacomplejada e inteligente de una chica de pueblo, de estirpe de feriantes por parte de madre y de campesinos comunistas, los Simón o los simones, por parte de padre. La palabra estirpe casi siempre se asocia con la nobleza , el pueblo llano no tiene estirpe, como mucho tiene familia y a veces ni eso, pero Ana Iris Simón reivindica su origen pueblerino y trasmite orgullo de estirpe que en su caso es también orgullo de clase, de clase trabajadora, se entiende. “Lo que hay en su mirada cuando mueve la mano para despedirte se llama serenidad y se llama orgullo. Y no hay nada más bello que el orgullo que se permiten los humildes”.

Debo decir que he sentido envidia de ese mundo de familia-clan, tíos, primos, abuelos, abuelas, un bisabuelo que ya murió pero que fue quien inauguró la tradición comunista que continuaron los simones hasta el padre de la autora que además de comunista es “ateo monoteísta”. Quizás esta sana envidia tiene que ver con la necesidad de pertenencia que se agudiza, como un bien perdido y añorado, en nuestras modernas sociedades donde prima el individualismo y la exaltación de la diferencia.

Ana Iris Simón mira a su familia con amor y algo parecido al agradecimiento, esa es la clave de su historia. La conciencia de que ella es quien es por lo que ha recibido, lo que ha mamado de todos ellos: el tío Hilario que recitaba versos de García Lorca y Miguel Hernández, la abuela María Solo que era muy supersticiosa y después de muerta solía “aparecerse, su padre que cree que siempre debe decirle la verdad a su hija y “vive en los relatos”, su madre la AnaMari que “es como el Universo: se expande” según definición de su ya exmarido, porque los padres de la autora se separaron cuando esta tenía 12 años y ese hecho está contado sin darle especial relevancia, sin que dé penita ni sugiera un posible trauma en la niña que ella era entonces. Los niños de entonces no tenían traumas. Claro que ese entonces se refiere a una época que abarca tiempos que la niña Ana Iris no vivió pero que vivieron los suyos y por eso son también suyos. Tiempo antiguo, formas de vida antiguas, virtudes antiguas que desaparecen y alguien tiene que molestarse en recordar. Hay una cierta reivindicación de lo antiguo en la mirada de Ana Iris Simón. Y una sutil y afilada crítica a la modernez de una supuesta izquierda que habla una jerga pseudocientífica y tan alejada de lo real que ni siquiera sabe cómo nombrarlo. No hay complacencia ni sentimentalismo en esta especie de crónica vital de una chica de pueblo que ha estudiado en Madrid y, cumpliendo con lo esperado, ha logrado ser “mileniun”. La ironía que despliega en su visión de la modernidad de “la España de la rotonda” o “la competición de plañideras” en la que se ha convertido nuestra vida social, no es hiriente ni amarga, es más bien la constatación de que las cosas cambian y de que el mundo que puebla su historia está en proceso de extinción por no decir que ya se ha extinguido. No es una visión nostálgica sino más bien de afirmación: de ahí vengo, ese es mi legado. Y mi reivindicación.

Hay mucha ironía y mucha agudeza crítica pero ninguna mala leche, lo cual es un signo de madurez sin duda.

Además de la familia , los vecinos, las amigas y todo un universo de seres humanos descritos siempre a través de algo que hicieron o dijeron o les ocurrió y de animales como el Roly “que dormía en el patio y siempre estaba en el patio, nunca en casa, porque era un perro, no una mascota”, la otra gran presencia que habita estas páginas es La Mancha, ese mar de esparto que se define por la ausencia total de relieve y donde “si uno alza la vista comprende que igual es sobria y austera en el suelo porque robar protagonismo a esos cielos no sería de ley y para comprender eso también hace falta valor y saber mirar, concretamente hacia arriba, más allá de uno mismo”.

El saber mirar de la autora viene de atrás, tiene raíces, por eso la tierra importa, pero es también muy moderno si por moderno entendemos aquello que tiene que ver con nuestro tiempo y ayuda a comprenderlo mejor, y por eso, aunque habla de una España que fue y ya no es si no es en forma de huella y memoria, es actual. Se abra por donde se abra este libro, uno encuentra una observación inteligente, una reflexión original, una descripción extrañamente poética o el relato de una anécdota sin importancia pero capaz de revelar la belleza de un instante. Y su fugacidad .

Ana Iris Simón se expresa en un castellano sencillo, con resonancias populares, potente y sin artificio. Hay un notable desparpajo en su estilo narrativo, como si su escritura fluyese naturalmente, sin especial reflexión ni cuidado. No es así. Creo que, al igual que en el caso de la interpretación —todo buen actor sabe que la mejor improvisación es la que se ha ensayado al milímetro—, la escritura de Ana Iris Simón, su aparente facilidad, surge de lo minuciosamente trabajado y analizado y procesado. Y también de un bagaje cultural muy amplio e inusual en una persona tan joven que menciona a Ezra Pound o a Pasolini o a Sylvia Plath o al Quijote con la naturalidad de lo bien asimilado porque sus lecturas, que uno intuye que son muchas y variadas, no son un adorno o un alarde erudito sino que forman parte de su personalidad y de su manera de estar en el mundo. Y de verlo.

El inesperado éxito de este libro publicado en vísperas de la pandemia, sin campaña de lanzamiento ni el aval de una firma famosa, es un dato reconfortante y significativo; indica que, más allá del marketing y el cálculo de los ingredientes necesarios para cocinar un best-seller, hay vida en la literatura y lectores que confían en el consejo de otros lectores, y editoriales como Círculo de Tiza con criterio para detectar lo valioso. Y eso es Feria, algo valioso, una pequeña joya.

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Teresa Aranguren es periodista y escritora.

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