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Los libros

Un brindis por el impulso

  • Simón nos presenta, de la mano de un agudo narrador, el paso de la infancia a la madurez de un niño que crece en el bar de sus padre
  • Como la Barcelona olímpica, el personaje de Miqui Otero cree en un futuro esperanzador y, también como ella, perderá la confianza en los sueños

Mònica Vidiella
Publicada el 19/03/2021 a las 06:00

Simón
Miqui Otero
Blackie Books
Barcelona
2020

“A menudo olvidamos que para entender quiénes somos deberíamos saber no solo de dónde venimos sino cómo hemos llegado hasta aquí”. Este es el mapa del tesoro y en Simón, la última novela de Miqui Otero (Barcelona 1980) publicada en Blackie Books y premio Ojo Crítico de narrativa 2020, todos los personajes acaban por descubrir que es el mapa y no el tesoro lo que verdaderamente importa.

La novela nos presenta, de la mano de un lúcido y agudo narrador omnisciente, el paso de la infancia a la madurez de Simón, un niño que crece en el bar de sus padres y que, como la Barcelona olímpica de su infancia, cree en un futuro esperanzador y que, también como ella, perderá la confianza en los sueños.

Simón, el héroe entrecomillado con tintes de pícaro barojiano, cuyo patrimonio, como el de Scaramouche, es el don de la risa y la intuición de que el mundo está loco, caminará por su infancia y su adolescencia fascinado tras la sombra de Rico, su primo hermano, que desaparecerá —sin desaparecer— a principios de la novela y de quién heredará libros subrayados y la necesidad de encontrarse. A lo largo de su periplo por el mundo en busca de su identidad, deberá descubrir que la realidad no es una bola de billar blanca que puede romper el color y empezar la partida. Y como telón de fondo una Barcelona post olímpica, corrupta, gentrificada, cuyo desencanto en la novela culminará en los atentados de agosto de 2017. Esta Barcelona, en la que cada fortuna esconde un crimen, le descubrirá a Simón la predeterminación de clase y le hará reconstruirse a partir de la realidad.

Además de Simón y Rico pueblan la novela unos personajes que sin salir apenas de un bar enmarcado por tres relojes estropeados que parecen detener el tiempo, “fiando toda su vida a la textura de su cotidianidad y sus nostalgias”, exhiben una fuerza y una ternura que acrecientan la fuerza y la ternura del protagonista. Simón es una novela tierna en la que todos los personajes, a pesar de la sordidez que los rodea, muestran, en muchas ocasiones sin saber cómo hacerlo, su afecto por los que como ellos deben lidiar con sus derrotas.

A pesar de las más de 400 páginas que tiene la novela, en Simón lo que no se dice es casi tan importante como lo que se dice: porque es una novela de huidas silenciosas y de regresos silenciosos, con la única seguridad de que regresar a casa es un olor y hay ocasiones en las que no hace falta hablar.

Simón presenta inicialmente una estructura de novela clásica y se transforma al ir avanzando con trucos que el mismo narrador anticipa, pero los lectores cómplices sabemos “que solo los aburridos piensan en el truco”. Con ecos del universo de Juan Marsé o de Francisco Casavella, enriquece la nómina de novelas que nos hacen coger de la mano a los protagonistas y salir volando, para desde la montaña de Montjuïc, desde el Monte Carmelo o desde una azotea del Raval, mirarnos el mundo con sus ojos.

La novela del escritor barcelonés es también un canto a los libros. Simón vive en los libros de aventuras; los “libros libres” son una promesa; Estela, la niña del pelo verde, reivindica lo que aprende en “los libros que hablan de cosas”; en un mercado de libros de segunda mano se aprende la diferencia entre el precio y el valor; en una biblioteca o en una librería se esconden las vidas que los protagonistas quieren vivir.

Miqui Otero chasquea sus dedos y nos ofrece la magia de una novela que nos hace sentir vivos, más vivos que si no la hubiésemos leído. Un brindis, pues, por el impulso.

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Mònica Vidiella es profesora de Literatura.

 

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