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Sobrevivir en el bosque

  • Humo, la última novela de José Ovejero, habla de la incomunicación, de la fragilidad humana y de su fortaleza para hacer frente a un entorno hostil
  • Lejos de trazar una idealización de la naturaleza, muestra una fuerza nada complaciente que impone su ley por mucho que se la intente doblegar

Publicada el 16/04/2021 a las 06:00

Humo
José Ovejero
Galaxia Gutenberg
Barcelona
2021

Si algo sorprende de la prosa de José Ovejero (Madrid, 1958) es el deseo de unir literatura y vida como un trayecto único, tal vez porque, de otro modo, este mundo no tendría una explicación posible. La galería de personajes de sus historias anteriores ya habían decidido transformar el universo desde la ficción misma, como si de la esencia última de la materia se tratara, sin duda porque en un relato se determina lo significativo, aquello que se cuenta sobre una base estricta, en la medida de lo necesario, de lo imprescindible, una condensación que actúa siempre en favor de la intensidad, como elementos sustanciales de un género que, como afirmaba el argentino Cortázar, “todo debe conducir a una especie de fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo más grande”. Y si, además, algo turba nuestra existencia, aun en los momentos y situaciones más comunes, o incluso en aquellos aspectos en que la cotidianidad se convierte en rutina y nuestra vida se levanta sobre un muro de silencios. Quizá por este motivo el narrador madrileño ensaya en sus novelas el arte de las relaciones humanas con una rabiosa actualidad como trasfondo, en una amplísima diversidad temática, y así Humo (2021), la nueva novela de Ovejero, funciona también como una acertada metáfora de un concepto de vida, aunque esta historia tan intensa como sorprendente se va apoderando de un curioso lector que encontrará su sentido a medida que la narración vaya cobrando fuerza y de alguna manera se vaya expandiendo hasta invadir todo el espacio ficción-realidad.

Los protagonistas: una mujer cuyo pasado desconocemos, un niño que aparece de la nada, con quien no tiene parentesco alguno y apenas habla, una gata, Miss Daisy, y una cabaña situada en un bosque fuera del tiempo, en mitad de una naturaleza que enseguida ofrece una imagen tan ciega como brutal, incomprensible y sin sentido como se vislumbra la propia vida humana, como descubriremos en esos instantes. No sabemos ni de dónde vienen ni por qué están ahí, y tampoco sabemos cómo es el mundo fuera de ese bosque salvo por las visitas de un hombre que les lleva unas exiguas provisiones de vez en cuando, un visitante misterioso como la única pista para saber que el mundo no se ha extinguido por completo, que la vida sigue aunque se intuya que algo grave ha pasado, la comida escasea y se percibe que no es fácil conseguirla. La mujer y el niño tratan de sobrevivir juntos en ese entorno hostil, y las amenazas a las que se enfrentan, las primeras imágenes de un enjambre de abejas que atacan la cabaña son impactantes, el humo de un incendio cercano o las incursiones de algunos visitantes agresivos les harán elegir entre la bondad y la supervivencia, o ese otro hombre, el intruso, que tiene una presencia, desde el principio, absolutamente violenta, y pretende establecer una situación de dominio y de utilización de la mujer y del niño, hechos que provocarán en ellos reacciones que nunca hubieran sospechado. Además, a medida que vamos pasando las páginas, el narrador dibuja un presente desalentador, un pasado desvaído y un futuro incierto que no evitarán esa permanente huida hacia delante de los protagonistas, ya sea por iniciativa propia o por inercia, y que no impedirán la creación de unos lazos basados en la ternura, o en el cariño.

Humo habla de la incomunicación, de la fragilidad humana y de su fortaleza para hacer frente a un entorno hostil y tratar de salir adelante, incluye escenas de sexo y de violencia, pero al mismo tiempo subyacen el amor y la ternura en muchos momentos. Y, como es habitual en Ovejero, relatado con una prosa tremendamente sensorial en la que la naturaleza marca los diferentes tiempos y en la que se conjugan con acierto el ritmo y la belleza de las descripciones en mitad del entorno mismo, y ese ritmo narrativo se refuerza en la cadencia de las frases, precisas y cortantes, evocadoras y sugerentes según lo requiera la situación, y nos va desvelando esa singular muestra en el viaje al interior de su protagonista que, al mismo tiempo, es la propia narradora que, curiosamente, cuenta su historia en presente porque así se contribuye a que los lectores formen parte de la situación de los personajes.

El autor ha renunciado para contarnos su historia a cualquier adorno o detalle no indispensable que pueda distraernos de lo verdaderamente importante en su relato, por eso los personajes no tienen nombre —se dice uno en la primeras páginas, Andrea, pero enseguida se advierte cómo tan solo es uno que le gusta a la mujer, y enseguida se añade que da igual cómo se llame—, tampoco sabemos dónde ni cuándo transcurre la acción, ni siquiera llegamos a conocer quiénes son en realidad. Así, sin contexto ni referencias, desde un espacio geográfico concreto, un bosque y sus inmediaciones, el lector se enfrenta a una historia de personajes que no tienen más horizonte que seguir vivos, y que irán acostumbrándose a vivir en una incertidumbre continua, porque, de alguna manera, persiste esa constante pregunta si las sociedades evolucionadas han perdido de vista algunos aspectos esenciales de la vida. Los esfuerzos de esta mujer por sobrevivir ponen de manifiesto que la lejanía del hombre con la naturaleza resulta cada vez mayor, se menosprecia el medioambiente y cuanto podemos encontrar en este medio natural y rico, y esa distancia en una situación como la que viven los personajes nos haría completamente inútiles, aunque Ovejero, lejos de trazar una idealización amable de la naturaleza, muestra un medio violento, destructivo, brutal, una fuerza nada complaciente que impone siempre su ley por mucho que se la intente doblegar. Para reforzar su visión sobre el hombre, profundiza en cómo los afectos nos hacen vulnerables, pero a la vez se muestran necesarios e incluso inevitables, quizá por todo esto la protagonista trata de no sentir apego por el niño y para ello tendrá que reprimir sus sentimientos, aunque subyace esa idea constante y de tremenda actualidad que sostiene si es posible vivir sin estar sometido a un orden social y si necesitamos a los demás para sobrevivir.

Esta novela, como cualquier obra literaria, tiene varias lecturas, en una primera instancia con esos posibles significados que le otorgaría cualquier lector, otro no menos significativo le dispensaría el placer de adentrarse en un mundo con sus propios ecos, con una atmósfera singular y tan propia que prescinde del detalle pero envuelve, con un lenguaje que contribuye a corroborar e intensificar dicha atmósfera. Por otro lado, y en definitiva, se puede leer como cualquier obra, en su contexto temporal, y en ese sentido como toda obra de ficción que contribuye a trazar, en su justa proporción, el mapa de la realidad en la que vivimos.

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Pedro M. Domene es escritor.
 
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